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Quien quiera saber si se puede hablar de normalidad en un contexto de terrorismo, que le pregunte a un ciudadano de Bamako. Una normalidad como nacer, casarse de blanco o, simplemente, hacer la compra. Malí ha sufrido este fin de semana la ofensiva más grave desde el año 2012 con unos atentados coordinados entre insurgencias yihadistas y tuaregs en varios puntos del centro y norte del país, así como en la capital. No ha sido un episodio menor: el ataque ha acabado con la vida del ministro de Defensa, ha herido de gravedad a otros dos altos cargos del Gobierno y ha supuesto la pérdida de Kidal, bastión del norte que había sido recuperado por las Fuerzas Armadas malienses (FAMA) y sus aliados rusos del grupo Wagner —ahora Africa Corps— hace apenas un par de años.



Cuenta el escritor bengalí Amitav Ghosh (69 años, Calcuta, India) que la ética del bote salvavidas es una teoría racista que señala que alguien que está en una barca de salvamento tiene derecho a impedir que otros se suban para evitar hundirse. Sin embargo, el autor de El palacio de cristal o La maldición de la nuez moscada, que vive en Nueva York y participó el día 24 en un acto en el CaixaForum de Madrid sobre la emergencia climática, considera que los países ricos cometerían un gran error si creen que pueden ponerse a resguardo del calentamiento del planeta y la actual policrisis dejando de lado al resto. En su nuevo ensayo, El gran delirio (Capitán Swing), Ghosh reflexiona sobre la actual falta de reacción ante el desastre y aporta un enfoque del cambio climático diferente al habitual, más allá de la visión de Occidente.



En 1913, Santiago Rusiñol definió Ibiza como la isla blanca, un apelativo que no solo describía el color de su arquitectura, sino también una idea: la de un lugar casi utópico, anclado en tradiciones ancestrales y alejado de la modernidad industrial. Poco después, el arquitecto Josep Lluís Sert encontró en esta misma isla —en sus construcciones encaladas dispersas entre pinos— el sentido de una arquitectura que marcaría su obra: blanca, cúbica, sin ornamento, en diálogo constante con el paisaje. Ibiza, entonces, era otra cosa: un territorio de costumbres ásperas, incluso violentas, según los relatos de viajeros, que fascinaba precisamente por su autenticidad y su desconexión del mundo moderno.
En la tercera temporada de ‘Euphoria’ el personaje que encarna la voluputosa y siempre ligeramente polémica Sydney Sweeney, Cassie, no solo inicia un OnlyFans desde su dormitorio de estilo tradwife de los años cincuenta. Además, se casa con Nate Jacobs, ese personaje encarnado por Jacob Elordi que representa al bro posesivo pero irrestible con el que secretamente todas sueñan. Este enlace abocado al fracaso desde el inicio es, a pesar de todo, uno de los grandes acontecimientos estéticos -fuera y dentro de la pantalla- de esta primavera. Los creadores de la serie lo saben y por eso han echado el resto en la creación de un vestido de novia que tenía que dar que hablar por todas las razones posibles. Una de ellas es, por supuesto, un escote balcón desacomplejado y dramático que deja ver esos pechos por lo que Sweeney hay dicho en múltiples ocasiones que no piensa pedir perdón. Entre las demás razones que han sostenido la expectación y viralidad del instante está también el morbo de ver a Elordi haciendo votos en un altar.