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Nuevo paso de Bruselas para evitar las consecuencias nocivas que las redes sociales y las plataformas tecnológicas pueden tener sobre los menores. La Comisión Europea ha abierto este miércoles una investigación sobre Meta por no “identificar, evaluar y mitigar [...] los riesgos que supone el acceso de menores de 13 años a sus servicios” en sus redes sociales Facebook e Instagram. El Ejecutivo de la UE añade que, a pesar de que “los propios términos y condiciones” de la empresa fijan los 13 años como edad mínima de acceso a estas plataformas, “las medidas” que adopta Meta para hacer cumplir estas restricciones “no parecen ser eficaces”.
Mario nunca tiene tiempo. Siempre anda corriendo, hacia la siguiente aventura. Cuando no debe salvar mundos, o a su querida Peach, esprinta con un coche, juega al tenis, cura pacientes o baila. “¡Es bueno en todos los deportes! Es fontanero, pero la verdad es que es un experto en todos los oficios”, se lee en su web. “Es muy positivo y siempre está alegre”, agrega el mismo texto. Un talento universal, como el amor que recibe: Nintendo calcula 452 millones de videojuegos vendidos, aunque hay estimaciones que llegan al doble. Una encuesta en EE UU concluyó en los noventa que era más famoso que Mickey Mouse. Un éxito descomunal, pero también agotador. De ahí que en algunos videojuegos, si el usuario deja el mando inmóvil, el protagonista aproveche para sentarse. Enseguida, se queda dormido y hasta empieza a roncar. Porque Mario es único y, a la vez, como cualquiera. Y por eso cualquiera le tiene cariño, al menos un poco. Más ahora que está de triple celebración. Sirva, pues, este reportaje como regalo.
Brenda Valverde Rubio
Ana Fernández y Ruth Benito
Ruth Benito
Fernando Anido y Alejandro Gallardo

Quien quiera saber si se puede hablar de normalidad en un contexto de terrorismo, que le pregunte a un ciudadano de Bamako. Una normalidad como nacer, casarse de blanco o, simplemente, hacer la compra. Malí ha sufrido este fin de semana la ofensiva más grave desde el año 2012 con unos atentados coordinados entre insurgencias yihadistas y tuaregs en varios puntos del centro y norte del país, así como en la capital. No ha sido un episodio menor: el ataque ha acabado con la vida del ministro de Defensa, ha herido de gravedad a otros dos altos cargos del Gobierno y ha supuesto la pérdida de Kidal, bastión del norte que había sido recuperado por las Fuerzas Armadas malienses (FAMA) y sus aliados rusos del grupo Wagner —ahora Africa Corps— hace apenas un par de años.



Cuenta el escritor bengalí Amitav Ghosh (69 años, Calcuta, India) que la ética del bote salvavidas es una teoría racista que señala que alguien que está en una barca de salvamento tiene derecho a impedir que otros se suban para evitar hundirse. Sin embargo, el autor de El palacio de cristal o La maldición de la nuez moscada, que vive en Nueva York y participó el día 24 en un acto en el CaixaForum de Madrid sobre la emergencia climática, considera que los países ricos cometerían un gran error si creen que pueden ponerse a resguardo del calentamiento del planeta y la actual policrisis dejando de lado al resto. En su nuevo ensayo, El gran delirio (Capitán Swing), Ghosh reflexiona sobre la actual falta de reacción ante el desastre y aporta un enfoque del cambio climático diferente al habitual, más allá de la visión de Occidente.



El reciente brote de peste porcina en Barcelona ha despertado interés en las cada vez mayores poblaciones de jabalíes. Este animal es conocido no solo por ser vector de dicha enfermedad, la cual se expande desde Europa del Este, sino por ser también el reservorio silvestre de la tuberculosis bovina. Estamos, por lo tanto, ante un debate que afecta en gran medida a dos de las tres cabañas ganaderas más importantes en términos de biomasa y producción. Si bien el aumento de tales vectores pone en alerta al sector ganadero industrial, corremos el peligro de obviar una problemática mucho más amplia. El jabalí no es el problema, es un síntoma.
En 1913, Santiago Rusiñol definió Ibiza como la isla blanca, un apelativo que no solo describía el color de su arquitectura, sino también una idea: la de un lugar casi utópico, anclado en tradiciones ancestrales y alejado de la modernidad industrial. Poco después, el arquitecto Josep Lluís Sert encontró en esta misma isla —en sus construcciones encaladas dispersas entre pinos— el sentido de una arquitectura que marcaría su obra: blanca, cúbica, sin ornamento, en diálogo constante con el paisaje. Ibiza, entonces, era otra cosa: un territorio de costumbres ásperas, incluso violentas, según los relatos de viajeros, que fascinaba precisamente por su autenticidad y su desconexión del mundo moderno.