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Resulta que Jessica Foster, una Tomb Raider en la guerra de Irán con camiseta de camuflaje ajustada, rubia y de ojos azules, era de mentira. Es una militar que apareció en Instagram, poniendo caritas y pidiendo un “me gusta” a “cada chico hetero a quien le guste una chica del ejército americano”. En cuatro meses tuvo un millón de seguidores, a quienes esta exhibición erótico-bélica debía de darles un subidón patriótico. La soldado Foster colgó fotos con Trump, con Zelenski, con un caza, en el desierto, en una nave (era raro que llevara tacones, pero bueno). Hasta que The Washington Post descubrió el pastel el otro día y dijo que esta señora no existía, era de inteligencia artificial. Dio igual, al rato ella puso una foto en un buque de guerra en el mismísimo estrecho de Ormuz. Como insistiendo, ya ven. Me recordó a otra Jessica, Jessica Rabbit, cuando dijo que no era culpa suya si la habían dibujado así.

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Larry Fink es la persona más poderosa del mercado financiero. Ese estatus se lo otorga BlackRock. Como presidente y consejero delegado de la mayor gestora de fondos del mundo administra 14 billones de dólares. Su tarjeta de visita abre cualquier puerta. Líderes políticos, banqueros centrales, supervisores o empresarios quieren escuchar a quien el escritor William D. Cohan comparó con el mago de Oz: “El hombre detrás de la cortina”. Su influencia es la más deseada: no se ve, pero está en todas partes. Fink (Van Nuys, California, 74 años) estuvo el pasado miércoles en Madrid dentro de una gira por Europa. Tras reunirse con clientes en el Hotel Santo Mauro, EL PAÍS le entrevistó en exclusiva en el club privado Monteverdi.
De las primeras semanas después de la invasión total de Ucrania por parte de Rusia, María Stepánova (Moscú, 53 años) recuerda las noches sin dormir pendiente de las noticias y las redes sociales. Se metía en Facebook en mitad de la noche y veía las lucecitas verdes de sus amigos que, como ella, no podían pegar ojo y se dedicaban a contemplar el horror que su Estado había desatado en su nombre en el país vecino. A las tres semanas, hizo la maleta y se fue a Nueva York a impartir un ciclo de conferencias en el Columbia Harriman Institute sobre literatura de la memoria en honor a su primer libro de prosa, En memoria de la memoria (Acantilado, 2022), en el que repasa la historia de su familia y el convulso siglo XX en Rusia. Entonces no lo sabía, pero ya no volvería a su casa de Moscú. Tras el curso se instaló con su familia en Berlín, donde sigue residiendo hoy y donde escribió su segunda novela, Desaparecer (Acantilado, 2026). En ese libro, la protagonista es M., que vive en la ciudad B., y recala en una pequeña localidad europea donde no conoce a nadie. Eso le sirve de motivo para despojarse de identidad y crear, al menos durante dos días, otra nueva. Una en la que no le pesa ni su idioma ruso materno, ni su país de origen ni los crímenes que está cometiendo la “bestia” en el país vecino. El nombre de Vladímir Putin no aparece escrito en ninguna página, pero queda claro que es de él y de los que le apoyan de quien habla cuando cita a la bestia, un animal sanguinario que requiere de sacrificios humanos. “La principal lección que he aprendido en estos últimos decenios, desde el comienzo de la era Putin, es que el mal tiene una capacidad asombrosa para generar más mal”, dice sentada en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), donde es la autora residente invitada de este año.