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La revista estadounidense The Cut anunciaba el año pasado, en un artículo firmado por la periodista Cat Zhang, que ser un hombre calvo era —finalmente— cool: “Justo cuando se volvió normal gastarse cinco cifras para tener una poblada mata de pelo, apareció una nueva vanguardia cultural que dijo: ‘A la mierda, somos calvos”, escribía Zhang.
Sobre el periodista guatemalteco José Rubén Zamora (Ciudad de Guatemala, 69 años), beneficiado la pasada semana con arresto domiciliario, pesa la posibilidad de volver a prisión después de que este martes la Fiscalía apelara la decisión del juez. Zamora recibe a este periódico en la sala silenciosa de su casa, en un barrio acomodado de la capital, un inmueble amplio y rodeado de vegetación que vuelve a ser su refugio tras dejar la celda de 12 metros —“bartolina”, la llama— que ocupó durante más de un año. Camina con alivio, pero también con cautela: sabe que el Ministerio Público, dirigido por la controvertida fiscal Consuelo Porras, lo mantiene en la mira y que su libertad es frágil.


Como tantas ciudades rodeadas de paisajes idílicos, quienes visitan Santa Marta no siempre se sumergen en sus históricas callejuelas de edificios bajos y monumentos coloniales. En lugar de hurgar en su pasado, muchos viajeros ponen rumbo a cualquiera de los fragmentos de cultura y naturaleza en torno a la capital del departamento del Magdalena, en la costa caribeña de Colombia. Santa Marta, sin embargo, desprende por sí misma un encanto que a veces se ha visto eclipsado por la exuberancia del parque natural Tayrona, Minca o la misteriosa Ciudad Perdida, antigua población de los indígenas de la región antes de su colapso hacia 1600.