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Los matemáticos saben que la paciencia es parte del juego. Hay teoremas que llevan días, semanas o hasta décadas sin resolver. Y ese es el encanto. Con esta misma paciencia, el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT) apuesta por su programa de alto rendimiento para formar a futuros investigadores desde que comienzan su carrera de grado. “Yo tenía pensado Física, me parece preciosa; de repente vi lo bonita que era la lógica y dije: ‘No la puedo dejar”, sonríe Justo Juan Salcedo Otero. Lleva en los puños de su camisa gemelos plateados en forma de escuadra y transportador. Se los regaló una amiga. El madrileño de 19 años fue uno de los cuatro estudiantes elegidos para la primera edición del Mathematics Intensive Program (MIP) el año pasado. El plazo para postularse a la segunda edición está ahora abierto hasta el 1 de mayo.



Son las 12.30 de un domingo y los pasillos de la academia de flamenco Amor de Dios, en pleno centro de Madrid, se parecen bastante a esas hileras nerviosas donde las hormigas se cruzan a lo loco sin chocarse nunca. Siempre hay gente en Amor de Dios, pero hoy huele a muchedumbre y un poco también a fervor. Imparte clase Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito para los amigos… del duende. O lo que es igual, el bailaor que muchos de los que saben de esto sitúan en la estirpe de los dioses del zapato veloz: Faíco, Farruco, Gades y él. Y eso, a pesar de que el interesado se encarga de rebajar la épica en torno a su nombre: “Yo nunca he sentido o he creído que haya estado dotado para bailar. Dudé muchísimas veces en el camino de si lo hacía bien o no, y sigo dudando. Cada día me levanto como si fuera un principiante, y creo que es algo sano, porque he conocido a otros compañeros a los que les ha jugado malas pasadas el hecho de pensar que ya habían llegado a la cima. Creo que me aburriría y me hartaría de llorar si un día sintiera que ya ha llegado. Ese día me quitaría de bailar por respeto a mí mismo y al público, sobre todo”.
Galicia tiene un legado textil preindustrial en torno al lino que no todo el mundo conoce, ni siquiera gallegos que generacionalmente están bastante cerca. A su prestigio actual en el ámbito de la moda, le precede un pasado en el que durante siglos, y hasta algo más de la mitad del XX, existió una producción doméstica para autoconsumo llevada a cabo por mujeres en el medio rural, en la que unas se encargaban de sembrar el lino, procesarlo e hilarlo para que otras pudieran tejer ropa de vestir o de hogar, algunas de ellas piezas con un alto valor artístico y creativo.
Si usas tu móvil desde hace unos años, probablemente te haya pasado en más de una ocasión: aparece un aviso diciendo que el almacenamiento está lleno. Fotos, vídeos, copias de seguridad de WhatsApp o archivos del trabajo terminan saturando rápidamente el espacio gratuito de servicios como Google Drive o iCloud. En ese momento llega la pregunta inevitable: ¿merece la pena pagar por almacenamiento en la nube?
Es posible que Bad Bunny presuma de ser el primer artista latino en los 68 años de historia de los premios Grammy en ganar en la categoría de Mejor Álbum del Año, pero es poco factible que presuma de otro galardón que le fue otorgado ante el revuelo que generaron las fotografías en las que posaba en calzoncillos para Calvin Klein. Unos boxers que, como indica en Yo siendo yo (Nuevos cuadernos Anagrama, 2026) Hans Laguna, “marcan unos genitales que se adivinan formidables”. Grindr señaló en su anual Grindr Unwrapped que el cantante tiene el “mejor paquete” del 2025. El artista también es considerado el rey del dwerking, término que Urban Dictionary define como “el acto de twerking, pero realizado por un hombre desnudo en el que el pene se mueve al ritmo del baile” (bajo un pantalón, por supuesto). Este tipo de baile, por supuesto, se ha hecho popular en Tiktok.