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El Imperio Romano era tan grande que tenía dos finales del mundo. Uno estaba en Hispania: es el Fisterra gallego, finis terrae de las tierras conocidas hasta 1492. El otro se ubicaba en el extremo occidental de la Galia y también era finis terrae. Es el actual Finistère, hoy departamento francés en la esquina oeste de la región de Bretaña. Como el gallego, este Finistère bretón es tierra de cultura celta, de cielos nubosos, de rías y mareas, de gran tradición marinera, de mucho marisco (aquí priman las ostras) y de una fuerte identidad, fruto del aislamiento.
Si lo más cerca que has estado de un haba seca –también conocidas como “de Aragón”– ha sido al morder una en el roscón de Reyes, te estás perdiendo muchas cosas. Entre ellas, estos michirones murcianos, un plato tradicional de esos capaces de convertir medio kilo de legumbres y algo de embutido en una comida contundente para ocho personas. Un guiso de los que huelen antes de entrar por la puerta, y aún podemos disfrutar hasta que el verano nos aplaste y diga lo contrario.

Hay dos ojos que han condicionado la vida de los venezolanos durante más de dos décadas. Unos ojos simbólicos, que estuvieron en las fachadas, en las camisetas, en las escaleras de la ciudad. Eran los ojos de Hugo Chávez: una mirada diseñada para sugerir autoridad, vigilancia, omnipresencia. Una mirada que, incluso después de su muerte en 2013, seguía allí, como si el poder no necesitara ya cuerpo, solo presencia. Hoy esos ojos apenas se perciben en las calles de Caracas, la capital de Venezuela. Su rastro se ha ido borrando en las fachadas como se diluyó el aura que envolvió al chavismo. Ahora parece que hay otros ojos. Otra mirada que no está pintada en muros, pero que atraviesa decisiones, expectativas, miedos. Una presencia no física, pero igual de implacable: la de Donald Trump. El país que fue observado desde dentro ahora se siente observado desde fuera. Y en ese cruce de miradas, Venezuela sigue viviendo como siempre: mientras tanto.


La economía española afronta las consecuencias del conflicto en Oriente Próximo en una situación más ventajosa de la que prevalece en otros países de su entorno. La inercia del ciclo expansivo, junto con la menor dependencia de los hidrocarburos, y un plus inesperado de turismo, garantizan un crecimiento del PIB relativamente vigoroso. Pero el propio dinamismo de la economía hace que el riesgo de inflación sea también mayor, y que el mix de políticas no deba coincidir con el que sería aconsejable en las otras grandes economías europeas.
El encarecimiento de las materias primas en los mercados internacionales empieza a trasladarse a la industria española. El índice de precios industriales elaborado por el INE se incrementó en marzo un 6,5%, quebrando la senda de estabilidad (en los doce meses anteriores, el indicador registró incluso un leve descenso, del 0,6%, en términos medios mensuales). Destaca la subida de los derivados de la energía y, en menor medida, de los metales basados en aluminio y de algunos productos químicos, afectados por la rarefacción del plástico y la escasez de hidrocarburos.