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Hay libros que enseñan a preparar platos y otros que te acompañan en la vida. El gran libro de Angelita Alfaro (Libros Cúpula, 2026) pertenece a la segunda categoría: además de un recetario, es una forma de entender la cocina como un acto cotidiano cargado de memoria, amor y una cierta resistencia al paso del tiempo. Un archivo doméstico de sabores reconocibles como resultado de toda una vida dedicada a transmitir un conocimiento que aspira a ser tan útil como emocional. “La responsable de esto fue mi tía Virginia, que en paz descanse”, cuenta Angelita Alfaro (Cervera del Río Alhama, 1941). “Me dijo que con lo que yo sabía, por qué no hacía un libro… mi madre dijo ‘no, calla, calla’, pero yo le hice caso y mira, ¡ya llevo 26!”, ríe desde el otro lado del teléfono.




Los matemáticos saben que la paciencia es parte del juego. Hay teoremas que llevan días, semanas o hasta décadas sin resolver. Y ese es el encanto. Con esta misma paciencia, el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT) apuesta por su programa de alto rendimiento para formar a futuros investigadores desde que comienzan su carrera de grado. “Yo tenía pensado Física, me parece preciosa; de repente vi lo bonita que era la lógica y dije: ‘No la puedo dejar”, sonríe Justo Juan Salcedo Otero. Lleva en los puños de su camisa gemelos plateados en forma de escuadra y transportador. Se los regaló una amiga. El madrileño de 19 años fue uno de los cuatro estudiantes elegidos para la primera edición del Mathematics Intensive Program (MIP) el año pasado. El plazo para postularse a la segunda edición está ahora abierto hasta el 1 de mayo.



Son las 12.30 de un domingo y los pasillos de la academia de flamenco Amor de Dios, en pleno centro de Madrid, se parecen bastante a esas hileras nerviosas donde las hormigas se cruzan a lo loco sin chocarse nunca. Siempre hay gente en Amor de Dios, pero hoy huele a muchedumbre y un poco también a fervor. Imparte clase Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito para los amigos… del duende. O lo que es igual, el bailaor que muchos de los que saben de esto sitúan en la estirpe de los dioses del zapato veloz: Faíco, Farruco, Gades y él. Y eso, a pesar de que el interesado se encarga de rebajar la épica en torno a su nombre: “Yo nunca he sentido o he creído que haya estado dotado para bailar. Dudé muchísimas veces en el camino de si lo hacía bien o no, y sigo dudando. Cada día me levanto como si fuera un principiante, y creo que es algo sano, porque he conocido a otros compañeros a los que les ha jugado malas pasadas el hecho de pensar que ya habían llegado a la cima. Creo que me aburriría y me hartaría de llorar si un día sintiera que ya ha llegado. Ese día me quitaría de bailar por respeto a mí mismo y al público, sobre todo”.