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La salud global atraviesa un momento delicado. La situación geopolítica mundial y el recorte sin precedentes de la financiación internacional en salud amenazan décadas de avances en la lucha contra epidemias y enfermedades infecciosas. La ayuda al desarrollo para la salud cayó un 21% entre 2024 y 2025, el nivel más bajo en más de 15 años, y se espera que disminuya aún más hacia 2030.
“¿Qué puedo hacer por ti?”, pregunta Elena del Rivero (Valencia, 76 años), con una taza de té en la mano, sentada en la cocina de su casa nueva de Madrid. Bueno, no es nueva, cuenta que la adquirió en 2013, pero ahora se ha mudado definitivamente allí. La artista —que ha trabajado ensamblajes, pintura, fotografía o instalaciones— ha cambiado el Village neoyorquino por Arganzuela. Le costó dar el paso, pero está contenta. “Llevaba en Estados Unidos 38 años. Y siempre pensé que moriría allí, pero la vida te hace cambiar de ideas. Mi hija está en París, quiero estar más cerca de ella. Esa es la primera razón para el cambio”, enumera, “la segunda es que, con el paso del tiempo, al hacerme mayor, veo que quiero estar cerca de donde nací, de mi hermano... Y la tercera es la degeneración de Estados Unidos en este último año, que lo ha precipitado todo para mí. Cuando llegué allí en los ochenta tuve una gran libertad para hacer lo que quise. Notaba mucho la diferencia con España, también en la actitud de la gente, ese carácter anglosajón: te mueven a hacer cosas que te ayudan, que te abren. Allí no he visto tantas envidias y me han apoyado mucho siendo extranjera, inmigrante. Yo no tenía papeles cuando llegué y, sin embargo, me ayudaron a que todo fuera posible”.
El nombre propio constituye la base de las civilizaciones. Sin él careceríamos de personalidad jurídica, de propiedades inmobiliarias, de herencias. Y también de obligaciones. Sin el nombre propio no podrían existir Hacienda, ni el Registro Civil, ni los derechos de autor. Las sentencias no condenan en realidad a una persona, condenan a su nombre.
Puede parecer una boutade, pero aquí no es exagerado desayunar una langosta flambeada con ron añejo a unos metros del Caribe. En el Half Moon, pedir esta exquisitez a primera hora de la mañana llama menos la atención que acudir en chanclas a cenar al Sugar Mills, uno de los restaurantes de este hotel de Jamaica. Para acompañar al crustáceo, una taza de Mountain Blue Coffee, por supuesto. Qué mejor complemento que uno de los cafés más apreciados del mundo, cultivado en la región montañosa del oriente isleño que le da nombre y que, en plantación a 2.000 metros de altura, sobrepasa los 140 euros el kilo.
El lunes, Mark Zuckerberg acudió por primera vez a la gala del Met. Aunque el director ejecutivo de Meta no posó en la alfombra roja y acudió directamente a la cena —donde probablemente se sentó en la mesa de Anna Wintour, anfitriona del evento—, su look no pasó desapercibido. Lució un esmoquin clásico de Prada, nada extravagante pero alejado de su fidelidad de antaño a los vaqueros y la camiseta de algodón. Esta elección ha dado pie a la periodista de The New York Times Vanessa Friedman a hablar de su Met-amorfosis, un juego de palabras que alude a su transformación estilística, que Friedman atribuye al éxito de las gafas inteligentes comercializadas por Meta. Desde luego, como afirma la periodista, un esmoquin de Prada nunca es un esmoquin sin más, por muy ortodoxo que sea. Pero ya hay quien ha empezado a alertar de que el verdadero protagonista del look no era el traje, sino el reloj que Zuckerberg llevaba en la muñeca.