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En Ulm, la ciudad alemana donde Albert Einstein nació —y aún se le recuerda— el 14 de marzo de 1879, cuentan que existían ninfas que protegían a la naturaleza y a las mujeres en los partos. Se llamaban Erdweiblein (también Erdweibchen o Erdmännlein), vestían de gris o blanco, vivían en la tierra, en ríos, bosques, árboles, cuevas, y, cuando desaparecieron, todas las mujeres lo notaron. Aunque el que está considerado como el científico más influyente del siglo XX vivió en esta ciudad del Estado de Baden-Wurtemberg a orillas del Danubio poco más de un año, lo cierto es que cuando el viajero llega aquí con la intención de celebrar el aniversario de su nacimiento corre el riesgo de poner en duda el definitivo impacto que estas calles medievales y adoquinadas tuvieron en el genio y en su genialidad. Y también a la inversa.
“Llegaré hasta donde haga falta”, advierte Isaac Mayoral, padre de un niño con síndrome de down de ocho años excluido de una excursión escolar en Talavera de la Reina (Toledo) por no contar con personal de apoyo suficiente para hacerse cargo del cambio de pañal. El viaje era a Micropolix, en Alcobendas (Madrid), y tuvo lugar el pasado 5 de marzo, pero el pequeño, alumno del CEIP Hernán Cortes desde la etapa de infantil, se quedó en tierra. Un mes antes, el 4 de febrero, se le dijo a la familia que el único auxiliar educativo (ATE) del centro no podría acompañar a su hijo. El colegio cuenta con ocho alumnos con este apoyo reconocido, cuatro de ellos sin control de esfínteres. Si el ATE viajaba con el niño ese día, el resto se quedaba sin esa asistencia y el profesorado, cuentan fuentes cercanas al centro, no está obligado a asumir esta labor.