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Durante la tarde del sábado 5 de septiembre, por la tienda insignia de la firma Paul Smith, en el elegante barrio de Mayfair en Londres, pasaron el director de un museo nacional de Noruega, un arquitecto que tenía entre manos el diseño de un nuevo aeropuerto y varios visitantes más de Atenas, Toronto, Ciudad de México y lugares diversos de Estados Unidos. A todos los atendió un señor alto y espigado, de unos 80 años, elegante en su traje de chaqueta, con estilosas gafas y melena revuelta. Ninguno se enteró de que era el mismísimo Smith, el decano de la moda británica, que en la cumbre de su fama y éxito no se resiste a seguir despachando clientes, como un eterno Saturday boy (así se ha llamado siempre al estudiante de refuerzo que contratan los comercios para la tarde más atareada de la semana) que disfruta con el contacto humano.
No hay más cabellos de lo habitual en el desagüe de la ducha y tampoco se aprecian nuevas entradas al apartarse el flequillo o recogerse la melena al llegar a casa. Sin embargo, al hacerse una coleta, la goma necesita una vuelta más. La escena resulta familiar: cada vez más mujeres sienten que tienen menos pelo. Concretamente, según un estudio sobre salud capilar hecho público esta semana por Iraltone, un 46% de mujeres refiere más caída en el último año y un 28% de ellas, menos densidad (frente a un 36% y 24% respectivamente de hombres). El censo publicado en 2025 por la Sociedad internacional de cirugía capilar registró un aumento del 16,5% en el número de pacientes femeninas sometidas a cirugía capilar entre 2021 y 2024. El dato no demuestra que haya más alopecia, solo que más mujeres llegan a tratarla. En España, la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV) calcula que la alopecia androgenética afecta a entre el 5% y el 10% de las mujeres y subraya una diferencia esencial: que se caiga más pelo no siempre significa que se esté perdiendo densidad. Entonces, ¿tenemos menos pelo o estamos prestándole más atención?
El grupo de Facebook, con más de 400.000 seguidores, está repleto de publicaciones muy similares. Una de ellas, compartida el 14 de octubre, incluye la foto de Omar Mustafa, un joven de 29 años apodado El Mecánico de la ciudad de Kosti, en el Estado de Nilo Blanco, en el sur de Sudán. Otra, del mismo día, muestra a Sabahi Mabrouk, un adolescente de tan solo 13 años del pueblo de Karkoj, en el Estado sudanés de Sennar, al sureste del país.

Hay pocas cosas más agradecidas que una fuente de polenta caliente con queso fundido: si añadimos unas setas y dejamos que el horno haga su trabajo, tenemos una comida reconfortante para un día lluvioso de otoño. Además, cocinar polenta es fácil: harina de maíz, agua y sal. Podemos hacerla algo más suelta o más densa según la cantidad de líquido que añadamos.
Imagine una enfermedad que, en solo un año, se llevara por delante la vida de 710.000 personas, el equivalente a la población de la ciudad española de Zaragoza. Eso ocurrió en 2023, pero no por un virus o una bacteria, sino por la exposición a las altas temperaturas, que se cobró en todo el mundo esa enorme cantidad de vidas. El 70% de esas muertes, además, se pueden atribuir directamente al cambio climático causado por el ser humano debido, principalmente, al uso de los combustibles fósiles. Este es uno de los datos que contiene el informe The Lancet Countdown, que este año cumple su décima edición como el análisis de referencia en establecer la relación entre el calentamiento global y los problemas de salud.
“¡Sí que ha resistido el pajarraco!”, bromea uno de los asistentes a la subasta de 687 objetos sacados del Pazo de Meirás (Sada, A Coruña) por los herederos del dictador, previa autorización judicial y después de un pleito con el Estado, que requisó aquello que consideraba patrimonio nacional tras ser declarado dueño del inmueble. Se refiere a un “ave en metal plateado con alas articuladas” de 20 centímetros y que no pensaban que fuera a despertar gran interés. El precio inicial era de 90 euros y se vendió finalmente en 275 tras una reñida puja. Comparado con los miles de euros pagados por otros elementos del catálogo es poca cosa, pero lo cierto es que el pajarraco se ha resistido.


