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Una de las tareas primordiales de un periódico es organizar el caos, hacer que el torrente de noticias, acontecimientos, reportajes y opiniones se parezca a una casa en la que apetezca entrar a vivir en lugar de una obra con materiales desperdigados en un solar. EL PAÍS lo lleva haciendo desde el primer día e incluso desde meses antes de salir a la calle, con las pruebas y los números cero. Ese trabajo de construcción permanente tiene una traducción cotidiana: la primera página de la edición impresa y la portada de la página web, que, si bien cambia a lo largo del día, siempre ofrece una foto fija en el arranque de cada jornada, a las seis de la mañana.

La reciente tensión entre el presidente estadounidense, Donald Trump, y el canciller alemán, Friedrich Merz, ha acabado con el anuncio de Estados Unidos de que en los próximos meses reducirá en 5.000 los soldados estacionados en suelo alemán, donde mantiene más de 36.000 militares. Pero, ¿qué importancia tienen estas bases para el ejército estadounidense y para Alemania?
No tiene el mismo efecto regañar al travieso de la clase que castigar al alumno ejemplar, aunque sea con un tirón de orejas. Por eso, la decisión del Pentágono de retirar 5.000 soldados de Alemania, que hasta esta semana, cuando su canciller dijo que Irán estaba “humillando” a Estados Unidos en la guerra, lo había hecho todo bien en términos de no enfrentarse abiertamente a Washington ―como sí ha hecho España―, se ha sentido con fuerza en toda la OTAN.
El Atlético de Madrid, sin ocultar que piensa más en el partido del martes en el Emirates Stadium, en la vuelta de la Champions, que en la Liga, barrió a un Valencia sin fútbol ni personalidad (0-2). Diego Simeone, que cumplía su partido número mil como entrenador —795 en su Atleti— llenó su once de suplentes y canteranos. Suficiente para dominar a su antojo al cuadro de Carlos Corberán. En la segunda parte, rizando el rizo, dos debutantes como Iker Luque (20 años) y Miguel Cubo (18) marcaron los dos goles que acabaron con la resistencia de Mestalla.
Hasta este sábado, Marta Kostyuk no había pisado siquiera una final de un WTA 1000, la segunda categoría de torneos tras los Grand Slams. En su estreno en ese escalón, la tenista ucrania tumbó esta tarde a la rusa Mirra Andreeva (6-3 y 7-5, 1h 21m), la alumna de Conchita, en la Caja Mágica. La jugadora de Kiev, de 23 años, se tiró en la tierra batida de la Manolo Santana y rompió a llorar de emoción. Después se levantó, saludó a la juez de silla y evitó darle la mano a su rival, una tenista nacida en Rusia que no ha rechazado de forma explícita la invasión del Ejército de Moscú que desde hace más de cuatro años asola su país. Era la primera vez desde que comenzó la guerra iniciada por Vladímir Putin en febrero de 2022 que una ucrania y una rusa se enfrentaban en la final de un WTA 1000. El triunfo redondea tres semanas fantásticas para la pupila de Sandra Zaniewska, que acumula 11 victorias en otros tantos partidos sobre arcilla. Hace 13 días se coronó en Rouen —un WTA 250—, donde cazó el segundo título de su carrera, y ahora lo hace en el Masters de Madrid. Lo celebra en mitad de la pista con una voltereta hacia atrás, una muestra de la potencia y la fuerza que tiene en las piernas una deportista que cuando era niña llegó a formar parte del equipo nacional de gimnasia de Ucrania.