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La justicia refuerza su doctrina sobre el uso de sociedades profesionales, especialmente en el ámbito artístico, para canalizar ingresos y reducir la carga fiscal. El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) ha avalado recientemente la inspección y sanciones por una deuda cercana a los 100.000 euros que la Agencia Tributaria impuso a la rapera española María Rodríguez Garrido, conocida como Mala Rodríguez, por utilizar su sociedad “como vehículo de mediación y facturación de las actividades profesionales que la artista realiza en su propio nombre y persona”.

Hacienda apura las últimas aclaraciones antes del arranque de la campaña de la renta —relativa al ejercicio fiscal 2025—, que arranca el próximo 8 de abril. La última se refiere a los cambios fiscales incluidos en el llamado decreto ómnibus, aprobado por el Gobierno y publicado en el Boletín Oficial del Estado (BOE) a finales de diciembre, pero rechazado después en el Congreso. Una nota publicada esta semana por la Agencia Tributaria enumera las medidas válidas a efectos de la declaración de la renta pese al revés parlamentario, como la exención en el impuesto para las ayudas recibidas por la dana o las rebajas contempladas por obras de rehabilitación energética de la vivienda.

Hay nombres de ciudades como Faluya o Mosul que evocan guerra y destrucción, aunque pocos sepan ubicarlas en el mapa de Irak. La primera quedó asociada a la feroz resistencia contra los marines estadounidenses durante la invasión de 2003, que derrocó a Sadam Husein y dio paso a un nuevo sistema político dominado por partidos chiíes, mayoritarios en el país. La segunda se convirtió en símbolo del auge del yihadismo cuando, en junio de 2014, Abu Bakr al Baghdadi proclamó desde el púlpito de la Gran Mezquita al Nuri el llamado califato del Estado Islámico (ISIS).


Aunque el cohete no es del todo nuevo (ha volado en dos ocasiones anteriores), el encendido sigue siendo un espectáculo incomparable. Nada que ver con la retransmisión por televisión. Hay que estar allí para sentir la onda de choque, un trueno sostenido que hace reverberar las estructuras situadas cerca del edificio de montaje hasta las propias tripas de cualquier espectador desprevenido.
Dar una entrevista es como hacer cualquier otra cosa; por ejemplo, algo que no se parezca en nada a dar una entrevista, como gritarle a un desconocido al otro lado de la calle o jugar al tenis sin un oponente. De a ratos, es como el largo martirio de ser “pisoteado hasta la muerte por los gansos” del que habló Søren Kierkegaard. Una agonía insostenible en la que —a menudo— alguien que no sabe preguntar interroga a una persona que no puede responder y sólo piensa en la salida de emergencia. Y sin embargo, seguimos dando entrevistas, y haciéndolas, y Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003) concedió muchas a lo largo de su vida; en especial, durante los algo menos de diez años que van de La literatura nazi en América (1996) hasta su muerte.


Un casi desértico lunes por la noche ordinario en la tranquila Zamora (61.000 habitantes) y la abarrotada madrugada del Lunes Santo solo coinciden, paradójicamente, en el silencio. El primero lo aporta la quietud cotidiana de una ciudad pequeña; el segundo lo exigen las procesiones de Semana Santa para sentir la solemnidad entre teas iluminando rostros encapuchados y semblantes boquiabiertos. Se detiene el tiempo entre el gentío, respetuoso y sentido. Se apaga el rumor de las voces, dejan de chascar las pipas, los niños paran de jugar, se escucha el Jerusalem o La muerte no es el final. Silencio entre creyentes y paganos, entre nativos y turistas, entre habitantes y fugitivos forzados por la falta de oportunidades que retornan en vacaciones. Zamora evidencia sus contrastes con Cristos a hombros: alcalde de Izquierda Unida (IU) y calles tomadas por pasos, sinfines de ateos enrolados en rígidas cofradías y una ciudad unida por su patrimonio cultural, religioso y económico.


“A lo mejor nuestros nietos ya no sabrán que existió la ketamina y solo hablarán de Spravato”. La investigadora cultural Marta Echaves (Arganzuela, Madrid, 35 años) tuvo un “mal augurio” cuando Estados Unidos aprobó en 2019 comercializar Spravato, un medicamento antidepresivo de esketamina —un derivado de la ketamina— en forma de spray nasal. Distribuido por la unidad farmacéutica de Johnson & Johnson’s, el spray que recuerda en su envase a un simpático cohete en miniatura cuesta entre 500 y 700 euros. La patente expirada de la ketamina como medicamento genérico apenas supera los 50 céntimos. “Con esa estrategia confirmé que cualquier estado de alteración de conciencia siempre acabará siendo un espacio de cooptación para la industria clínica”, cuenta esta licenciada en Filosofía graduada en el Programa de Estudios Independientes (PEI) del Macba el último año que lo dirigió Paul B. Preciado (“figura crucial en mi pensamiento”, señala).
El semanario Lecturas anuncia que Aitana Sánchez-Gijón y Maxi Iglesias están “enamorados”. Una no sabe hasta qué punto este titular es atrevimiento, siendo el amor un sentimiento tan profundo, o estamos ante otro de esos casos en los que dos personas adultas se atraen y dicen “adelante con los faroles” y a la cama, pero la revista sabrá. Su director, Luis Pliego, contó en Telecinco que la diferencia de edad entre los dos actores es algo que no le importa, así que no consideró oportuno destacar esto en la portada. Pero no pasa nada, ya están el resto de los colegas para hacerle una analítica completa a uno de los asuntos que más alegrías nos ha traído esta semana. Aitana vive, la lucha sigue.

Hace años que, en varias universidades, se optó por reducir el número de alumnos por aula, de manera que, en lugar de acoger a no menos de 100 estudiantes en cada clase, se pasó a tener unos 40, que a veces no son más de 20 y, en el mejor de los casos, unos 70, dependiendo de la asistencia. Se dijo, en su momento, que la docencia era más eficiente cuando se impartía a menos estudiantes, pudiendo tener un trato más personalizado por parte del profesorado.