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La actriz Gemma Cuervo ha muerto este sábado a los 91 años, según han informado a la agencia Efe fuentes familiares. Debutó en las tablas junto a Adolfo Marsillach y ha interpretado obras de decenas de clásicos, de Esquilo a Calderón de la Barca, Lope de Vega, Zorrilla y Lorca; de Shakespeare a Sartre, Pirandello, Noël Coward y Harold Pinter, entre otros. Desde hace casi una década, vivía retirada, alejada de los medios de comunicación.
El último intelectual, sí, pero también el último representante de tantas otras cosas. Con Jürgen Habermas se pierde algo más que la vida de un gran filósofo, se nos va el pensador impenitente, el único que nunca dejó de abrirse a la discusión con todos los grandes de su tiempo, desde su maestro Adorno, pasando por los Luhmann, Rorty, Foucault, Derrida y cualquier otro autor que mereciera su atención. La lista sería inmensa. En eso no hizo más que aplicar los fundamentos de la teoría por la que siempre será recordado, la teoría de la acción comunicativa. De lo que se trata en ella es de intentar desarrollar un concepto de razón dirigido al entendimiento mutuo mediante procesos comunicativos libres de distorsiones y a la vez capaces de desvelar las estrategias de ocultación y engaño y los intereses del poder. Lo importante no es el acceso a la “verdad” en un sentido sustantivo, sino al mejor argumento; pero para eso hay que argumentar, desde luego, entrar en un diálogo intersubjetivo, eso que jamás dejó de practicar. Por eso es el padre de eso que llamamos “democracia deliberativa”, ese constante ejercicio de ilustración mutua entre ciudadanos libres e iguales que disuelven sus diferencias en un proceso de deliberación constante y bajo condiciones que aseguren una perfecta inclusión y simetría entre quienes así discuten.

Habermas muere en un momento poco hospitalario para la empresa a la que dedicó su obra. No es una paradoja sentimental, sino un diagnóstico preciso. Construyó el andamiaje intelectual más sofisticado del siglo XX para sostener una idea simple y radical: que la democracia puede fundarse en la razón comunicativa, que la legitimidad nace del mejor argumento y no del poder bruto, y que Europa podía ser la prueba histórica de que ese proyecto era viable. Hoy, cuando sus dirigentes hablan con naturalidad de abandonar la pretensión normativa que definió el proyecto europeo, la muerte de Habermas adquiere un significado que no es biográfico sino político.