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Un par de días antes de la votación, un grupo de señoras mayores con pegatinas de Lula en la solapa se plantó a ondear banderas en la feria que cada viernes llena de ropa, frutas, carne y pescado una plaza del barrio carioca de Ipanema. El grupo, alegre y ruidoso, se detuvo frente al puesto de flores. Saulo, el florista, criado en la favela de la Rocinha, es bolsonarista y mostró su descontento. Además de no compartir con ellas sus proclamas, estaban bloqueando el paso de sus potenciales clientes. Una de ellas le reprochó su voto. Lula es quien le da dinero, le dijo. “A mí Lula no me ha dado dinero nunca. Y aquí estoy, trabajando desde las cuatro de la mañana”, le respondió el hombre. La escena, una mujer blanca de uno de los barrios más caros de Río explicándole a un hombre negro de la favela a quién le conviene votar, resume el problema que hereda Lula tras su victoria de este domingo: una parte del Brasil a la que sus gobiernos priorizaron ya no se identifica con él. No quieren ayudas sociales, sino emprender, prosperar y, sobre todo, poder pagar las cuentas del mes.

Difícil encontrar entre los 120 líderes mundiales que este septiembre tomaron la palabra en la sede de Naciones Unidas una trayectoria vital y política tan singular, y épica, como la del hijo de doña Lindu. La figura materna ocupa un lugar estelar en el relato que Luiz Inácio Lula da Silva (80 años, Garanhuns, Pernambuco) ha construido sobre su vida. En su décimo discurso ante la Asamblea General, el presidente de Brasil (2003-2009 y desde 2023) habló de grandes conceptos, como soberanía, democracia o multilateralismo, pero en los mítines le encanta entrar en lo íntimo. Y contar que su madre le enseñó, con el ejemplo cotidiano, las lecciones que forjaron su carácter. “Doña Lindu, analfabeta, madre de ocho hijos pequeños, tuvo el valor de dejar a mi padre. Vivía en una choza, sacó adelante a ocho hijos y transformó a Lulinha en esta cosa bonita que hoy les habla”, recordó el veterano político al arrancar, en agosto, su séptima campaña presidencial. El escenario era un guiño nostálgico al pasado, en ese estadio que arengaba a los obreros contra la dictadura.