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Alain de Botton (Zúrich, 56 años) cita a El País Semanal en una casa en obras. Da meticulosas instrucciones a los obreros con una sonrisa. Explica que su exmujer vive cuatro edificios más arriba. Ambas viviendas sobresalen entre las casas victorianas del barrio londinense de Camden. Cuenta que está terminando otra casa en Mallorca. Se enamoró de la isla hace 15 años. “Será extraño vivir allí. Nunca he pasado tiempo al lado de un árbol. Pero estoy preparado para el viaje”. En el recibidor hay jarrones con flores. Y, labrada en piedra, una cita de Séneca: “Para qué llorar por cosas de la vida si la vida entera exige lágrimas”. Me ve leyéndola y la interpreta: “Si tus expectativas son certeras no necesitarás llorar”.

Hay veranos en los que el calor no da tregua. Días en los que salir a la calle es algo parecido a abrir la puerta del horno, tardes en las que descansar en casa se convierte en un auténtico reto y noches en las que, aunque baje el sol, la temperatura sigue sin dar un respiro. Es en esos momentos cuando el aire acondicionado parece la solución más rápida y efectiva.




Trabajar mientras se estudia suele presentarse como una buena idea: permite ganar experiencia, desarrollar competencias y, en el mejor de los casos, empezar a construir un currículo antes incluso de terminar la carrera. Pero esa fotografía solo cuenta una parte de la historia, porque dos estudiantes pueden compatibilizar universidad y empleo durante cuatro años y llegar a lugares completamente distintos. Mientras uno convierte esa experiencia en un trampolín hacia el mercado laboral, otro tarda más en graduarse, encadena contratos precarios poco o nada relacionados con su formación y acaba atrapado en un empleo del que le costará salir. Muchas veces, la diferencia no está en el esfuerzo que haga cada uno, sino en las condiciones que le haya tocado vivir.
Todo un ritual doméstico ha desaparecido en un par de décadas: el ring del teléfono fijo, la carrera hasta contestar y, finalmente, el acto de hablar enredando el cable en el dedo. Mientras hubo cable, claro. Dependiendo de la gestualidad y el tono, la conversación podía acaparar la atención de todos los presentes. La privacidad era un asunto menor. Al terminar se colgaba y la vida seguía. No se llevaba uno en el bolsillo la conversación con infinita posibilidad de réplica. La charla, con principio y fin, casi siempre transcurría en un rinconcito equipado con algo de confort para asentar las ideas.

La paradoja es sospechosa. Cada vez tenemos menos oportunidades para conectar con el aburrimiento y esto debería parecernos un logro del siglo XXI. Sin embargo, la percepción de malestar psicológico ha aumentado en las últimas décadas. ¿Cómo se cruzan estas dos variables? ¿Guardan algún tipo de relación? ¿Es realmente una paradoja fundamentada o tan solo un capricho de lo aleatorio?
Una familia extremeña ha denunciado públicamente la situación educativa que viven sus dos hijos gemelos, de nueve años, diagnosticados con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) en el CEIP Jiménez Andrade, de Puebla de Obando, en la provincia de Badajoz. Aseguran que el colegio donde estudian no ha aplicado las adaptaciones previstas por la normativa para este tipo de alumnado. Tras más de un año de reclamaciones, los padres lamentan que no han recibido una respuesta efectiva por parte de la Junta de Extremadura (PP), pese a haber presentado informes médicos, documentación psicopedagógica y una solicitud formal de intervención ante la Inspección Educativa.