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La escarpada isla de La Palma, con su orografía intensa y secreta, es un lugar extraño y extremo cuya naturaleza atlántica, dominada por el viento, las estrellas, las montañas verdes y los volcanes negros, puede resultar tan atractiva como hostil e intimidante. En ese rincón canario que tanto atrapa a sus habitantes, nació hace veinte años Airam Concepción Afonso, un crío de ojos increíbles que entre los nueve y 10 años fue diagnosticado con TEA (Trastorno del Espectro Autista) de altas capacidades y con PANDAS (Trastornos Neuropsiquiátricos Autoinmunes Pediátricos Asociados a Estreptococo).
Daniel S. (26 años, Valencia) siempre tuvo claro el destino de su viaje capilar, pero nunca imaginó cómo sería el trayecto hasta allí. Su abuelo era calvo y con solo 22 años acudió a una clínica. “Fui a pedir una operación, pero me advirtieron de que era muy joven y aún seguía hormonando. Me dijeron: ‘Te podemos poner pelo, pero se caerá en cinco años”, cuenta. Pastillas, tratamientos y champús retrasaron unos años lo inevitable y, cuando la caída se aceleró, decidió operarse. En consulta, por segunda vez, le volvieron a romper todos sus esquemas: iban a rellenar las entradas, pero no las iban a eliminar del todo.

A las clínicas también llegan pacientes con la intención de reparar diseños anteriores. ¿El origen? Desde operaciones antiguas al boom de los implantes low cost de hace unos años en Turquía. “No vamos a demonizar, no era el precio, sino el canon estético. El hombre árabe tiene líneas muy bajas y rectas y en Estambul te aconsejaban con su propia estética”, explica Zubiaur. La doctora está coordinando un estudio para tratar los casos de corrección de antiguas líneas de implantación. “Es complejo, pero esperemos que los resultados arrojen luz para saber cómo se puede resolver sin dejar marcas”.