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Una visita a la barbería era suficiente para comprobar que la masculinidad se había puesto de acuerdo. El ritual comenzaba siempre igual: degradado alto, laterales perfectamente rasurados y una visita obligatoria cada tres semanas para que el dibujo no perdiera definición. Durante más de una década, el fade se convirtió en el uniforme capilar del éxito masculino. Lo llevaban futbolistas, actores, músicos, ejecutivos, opositores y adolescentes. Era el equivalente estético a una camisa blanca: correcto, limpio, eficaz. La versión capilar de la productividad a la que Patrick Bateman nos había enseñado a idolatrar.
En plena polémica por las cifras de absentismo laboral, los expertos tratan de clarificar cómo debe actuar la empresa ante la baja médica de un trabajador. Los intereses bordean una delgada línea en la que confluyen tanto el derecho a la intimidad del empleado como el legítimo interés del empresario para defender la productividad.
La profesora Ana Belén Muñoz opina que el aumento del absentismo obedece a muchos factores: patologías de salud mental difíciles de diagnosticar y tratar, listas de espera en los sistemas de salud, conflictividad laboral no resuelta... Muñoz propone combatir estos problemas a través de “un plan de medidas a cargo de los diferentes agentes implicados: empresas, trabajadores, INSS, mutuas y servicios de salud”. En cualquier caso, cree que no existe una solución única: la pensión de incapacidad temporal se ha convertido en una auténtica “prestación-refugio” que exige un análisis concienzudo.
En el Edificio Pirámide, situado en el paseo de la Castellana de Madrid, se diseñan algunas de las operaciones empresariales más importantes de España y las grandes fortunas acuden en busca de alternativas de inversión para su dinero. Es la sede de JPMorgan, el mayor banco del mundo (sin contar las firmas chinas con control estatal), y el pasado 10 de julio se respiraba el ambiente de las grandes ocasiones. Todo estaba dispuesto, centros de rosas con los colores de las banderas de España y de Estados Unidos incluidos, para recibir al “jefe”. Nada menos que Jamie Dimon, el último banquero previo a la crisis financiera que sobrevive en el puesto. Nacido en Nueva York hace 70 años, ejerce como presidente y consejero delegado desde 2006.
Hay un país europeo en el que los ciudadanos están encantados con sus jueces.
María Sánchez Rubio
Ignacio Povedano
Fernando Anido
Guiomar del Ser y Brenda Valverde Rubio

La Formación Profesional a distancia es una etapa al alza en España. Ha cuadruplicado su oferta en apenas siete años y está en el punto de mira del Ministerio de Educación, que prepara un nuevo decreto para finales de mes para regular los centros privados, después de que la ministra Milagros Tolón denunciara que hay títulos “que se imparten en garajes“. Esos abusos a los que espera poner coto el Gobierno han saltado también a la denuncia pública. La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), que almacena centenares de quejas―solo en 2024, sus últimos datos disponibles, son 322― ha presentado una denuncia ante el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 contra nueve centros de formación (ocho de ellos ofertan FP en línea) por malas prácticas.
Alain de Botton (Zúrich, 56 años) cita a El País Semanal en una casa en obras. Da meticulosas instrucciones a los obreros con una sonrisa. Explica que su exmujer vive cuatro edificios más arriba. Ambas viviendas sobresalen entre las casas victorianas del barrio londinense de Camden. Cuenta que está terminando otra casa en Mallorca. Se enamoró de la isla hace 15 años. “Será extraño vivir allí. Nunca he pasado tiempo al lado de un árbol. Pero estoy preparado para el viaje”. En el recibidor hay jarrones con flores. Y, labrada en piedra, una cita de Séneca: “Para qué llorar por cosas de la vida si la vida entera exige lágrimas”. Me ve leyéndola y la interpreta: “Si tus expectativas son certeras no necesitarás llorar”.
Trabajar mientras se estudia suele presentarse como una buena idea: permite ganar experiencia, desarrollar competencias y, en el mejor de los casos, empezar a construir un currículo antes incluso de terminar la carrera. Pero esa fotografía solo cuenta una parte de la historia, porque dos estudiantes pueden compatibilizar universidad y empleo durante cuatro años y llegar a lugares completamente distintos. Mientras uno convierte esa experiencia en un trampolín hacia el mercado laboral, otro tarda más en graduarse, encadena contratos precarios poco o nada relacionados con su formación y acaba atrapado en un empleo del que le costará salir. Muchas veces, la diferencia no está en el esfuerzo que haga cada uno, sino en las condiciones que le haya tocado vivir.
Todo un ritual doméstico ha desaparecido en un par de décadas: el ring del teléfono fijo, la carrera hasta contestar y, finalmente, el acto de hablar enredando el cable en el dedo. Mientras hubo cable, claro. Dependiendo de la gestualidad y el tono, la conversación podía acaparar la atención de todos los presentes. La privacidad era un asunto menor. Al terminar se colgaba y la vida seguía. No se llevaba uno en el bolsillo la conversación con infinita posibilidad de réplica. La charla, con principio y fin, casi siempre transcurría en un rinconcito equipado con algo de confort para asentar las ideas.