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Hay un país europeo en el que los ciudadanos están encantados con sus jueces.
María Sánchez Rubio
Ignacio Povedano
Fernando Anido
Guiomar del Ser y Brenda Valverde Rubio

La Formación Profesional a distancia es una etapa al alza en España. Ha cuadruplicado su oferta en apenas siete años y está en el punto de mira del Ministerio de Educación, que prepara un nuevo decreto para finales de mes para regular los centros privados, después de que la ministra Milagros Tolón denunciara que hay títulos “que se imparten en garajes“. Esos abusos a los que espera poner coto el Gobierno han saltado también a la denuncia pública. La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), que almacena centenares de quejas―solo en 2024, sus últimos datos disponibles, son 322― ha presentado una denuncia ante el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 contra nueve centros de formación (ocho de ellos ofertan FP en línea) por malas prácticas.
Alain de Botton (Zúrich, 56 años) cita a El País Semanal en una casa en obras. Da meticulosas instrucciones a los obreros con una sonrisa. Explica que su exmujer vive cuatro edificios más arriba. Ambas viviendas sobresalen entre las casas victorianas del barrio londinense de Camden. Cuenta que está terminando otra casa en Mallorca. Se enamoró de la isla hace 15 años. “Será extraño vivir allí. Nunca he pasado tiempo al lado de un árbol. Pero estoy preparado para el viaje”. En el recibidor hay jarrones con flores. Y, labrada en piedra, una cita de Séneca: “Para qué llorar por cosas de la vida si la vida entera exige lágrimas”. Me ve leyéndola y la interpreta: “Si tus expectativas son certeras no necesitarás llorar”.
Trabajar mientras se estudia suele presentarse como una buena idea: permite ganar experiencia, desarrollar competencias y, en el mejor de los casos, empezar a construir un currículo antes incluso de terminar la carrera. Pero esa fotografía solo cuenta una parte de la historia, porque dos estudiantes pueden compatibilizar universidad y empleo durante cuatro años y llegar a lugares completamente distintos. Mientras uno convierte esa experiencia en un trampolín hacia el mercado laboral, otro tarda más en graduarse, encadena contratos precarios poco o nada relacionados con su formación y acaba atrapado en un empleo del que le costará salir. Muchas veces, la diferencia no está en el esfuerzo que haga cada uno, sino en las condiciones que le haya tocado vivir.
Todo un ritual doméstico ha desaparecido en un par de décadas: el ring del teléfono fijo, la carrera hasta contestar y, finalmente, el acto de hablar enredando el cable en el dedo. Mientras hubo cable, claro. Dependiendo de la gestualidad y el tono, la conversación podía acaparar la atención de todos los presentes. La privacidad era un asunto menor. Al terminar se colgaba y la vida seguía. No se llevaba uno en el bolsillo la conversación con infinita posibilidad de réplica. La charla, con principio y fin, casi siempre transcurría en un rinconcito equipado con algo de confort para asentar las ideas.
Hay quien regula las emociones con la comida, quien lo hace con horas de scroll infinito frente a un móvil y quien es capaz de gestionarlas de manera saludable. Ese aprendizaje es, para la psicóloga Patricia Ramírez, la esencia de la educación emocional. “Nos permite una mejor tolerancia a la frustración, responsabilizarnos de nuestra vida, tener mejores vínculos con otras personas y un mayor respeto hacia nosotros mismos”. Una herramienta para conectar con la vida, con otras personas y con uno mismo, dice.
Claudia Vila
Juan Antonio Carbajo y Francis Pachá
Juan Sánchez
Rodolfo Mata
Adolfo Domenech
Vídeo. Productor ejecutivo: Quique Oñate. Ayudante de producción: Valentina Marín. Realizador: Alberto Gamero. Operadores de cámara: Diego Martínez y Ángel Vallejo. Edición de vídeo: Alberto Gamero y Diego Martínez. Dirección de fotografía: José Lastra. Sonido directo: Cristian Aira. Dirección de Arte: Alejandro Sáez. Grafismo: Carmen Castellón, Alan Malchiodi-Albedi y Rodrigo Merino. Maquillaje y Peluquería: Adriana Camelo