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Cartier y el museo Victoria & Albert de Londres se fundaron con cinco años de diferencia: 1847 y 1852, respectivamente. En 1861 llegó la National Gallery of Victoria, el museo más importante de Melbourne. Y ahora la joyería parisiense y las dos instituciones mencionadas tienen algo en común: Cartier, una muestra que debutó en Londres hace un año y ahora llega, mejorada y ampliada, a Melbourne. La escala es francamente apabullante. En la exposición del V&A había 250 joyas y ya resultaba impresionante, pero aquí hay más de 400, distribuidas por envolventes salas monocromáticas diseñadas por la creadora holandesa Sabine Marcelis y el estudio de Róterdam CLOUD.

La lechuga no es la hortaliza más alabada de la huerta, a la pobre se le suele dar un papel de extra en ensaladas, bocadillos y hamburguesas, y en el peor de los casos, de “decoración” en platos combinados. Se la asocia injustamente a dietas y alimentos insípidos, pero poco se sabe que los egipcios la consideraban un alimento afrodisíaco –te invito a buscar “lechuga + Horus” en Google– o que España es un importante exportador de este alimento en la Unión Europea.




Cuando, en los años noventa, Spencer Tunick comenzaba su carrera, en Nueva York, a diferencia de otros lugares de Estados Unidos, se permitía fotografiar desnudos en las calles, siempre que fuera con fines artísticos. De ese modo, él aprovechaba las primeras horas del día, cuando la ciudad se estaba desperezando y las calles aún seguían vacías, para tomar sus retratos de personas sin ropa, por entonces individuales. Foto a foto, fue acopiando contactos de “camareros o trabajadores de videoclubes”, hasta que un día acumuló en su agenda más de 70 teléfonos. “Entonces pensé: me va a llevar la vida fotografiar a toda esta gente, así que decidí invitarlos a posar todos a la vez”, explica el fotógrafo en una videollamada desde esa misma ciudad, donde reside con su familia.

Claude, ChatGPT, Gemini, prompt, token. Son ahora palabras muy habituales en los pasillos de las universidades. Pero no era así cuando Luis Miguel Trinidad se matriculó en la escuela de ingeniería de la Universidad de Sevilla cuatro veranos atrás. Este programador de 21 años pertenece a una generación muy particular, la primera y única que vivió en primera persona la llegada de los modelos de lenguaje, su evolución y consolidación en las aulas.

Una visita a la barbería era suficiente para comprobar que la masculinidad se había puesto de acuerdo. El ritual comenzaba siempre igual: degradado alto, laterales perfectamente rasurados y una visita obligatoria cada tres semanas para que el dibujo no perdiera definición. Durante más de una década, el fade se convirtió en el uniforme capilar del éxito masculino. Lo llevaban futbolistas, actores, músicos, ejecutivos, opositores y adolescentes. Era el equivalente estético a una camisa blanca: correcto, limpio, eficaz. La versión capilar de la productividad a la que Patrick Bateman nos había enseñado a idolatrar.
En plena polémica por las cifras de absentismo laboral, los expertos tratan de clarificar cómo debe actuar la empresa ante la baja médica de un trabajador. Los intereses bordean una delgada línea en la que confluyen tanto el derecho a la intimidad del empleado como el legítimo interés del empresario para defender la productividad.
La profesora Ana Belén Muñoz opina que el aumento del absentismo obedece a muchos factores: patologías de salud mental difíciles de diagnosticar y tratar, listas de espera en los sistemas de salud, conflictividad laboral no resuelta... Muñoz propone combatir estos problemas a través de “un plan de medidas a cargo de los diferentes agentes implicados: empresas, trabajadores, INSS, mutuas y servicios de salud”. En cualquier caso, cree que no existe una solución única: la pensión de incapacidad temporal se ha convertido en una auténtica “prestación-refugio” que exige un análisis concienzudo.