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Europa por fin tiene un líder, lástima que sea canadiense, pero nadie es perfecto. Me refiero a Mark Carney, primer ministro de Canadá, que en Davos hizo un discurso contra Trump que ha causado sensación. No es que fuera Martin Luther King, pero allí dices que los ricos deben pagar más impuestos y pareces el Che Guevara. Bueno, en todas partes ya es tan fácil pasar por comunista que hasta gente de derechas debe andar con cuidado. Para que se entienda en términos españoles, Carney no es un detestable sanchista: estudió en Harvard y Oxford, trabajó en Goldman Sachs, presidió el banco central canadiense y el inglés. En fin, un Draghi norteamericano, una derecha liberal, práctica, decente y sensata (pero, por acabar el razonamiento, recuerdo que es el líder del centro-izquierda canadiense). Sin embargo, estos señores, antes respetables, ahora son marcianos. De hecho, al escucharle uno se pregunta cómo es que nadie lo había dicho antes, son cosas de sentido común. No es por quitarle mérito a Davos, con lo que cuesta ir allí, pero algunas de estas cosas yo ya las había oído en el bar. La frase clave del discurso no era una cita de Tocqueville: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. Es un mensaje que habla a muchos niveles de cómo actuar ante Trump y su tropa de bárbaros.

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La clase obrera se ha dividido. El trabajo ha dejado de ser el eje que articulaba la identidad y la comunidad. El sentido de pertenencia se ha desplazado hacia el consumo, el género, la edad, la raza, la nacionalidad o la orientación sexual: formas legítimas de identidad que, sin embargo, han relegado la cuestión de clase a un segundo plano. Hoy el trabajador vive en una burbuja que le impide reconocer a sus semejantes.
La movilización de decenas de voluntarios para localizar a Boro, el perro perdido tras el terrible accidente ferroviario de Adamuz, refleja el cambio en la relación con las mascotas, cada vez más consideradas parte esencial del hogar. “Es familia”, explicaba emocionada Ana García, una de las supervivientes, que viajaba en el tren junto a su hermana, aún ingresada en la UCI, cuando pedía ayuda para buscar a Boro. Finalmente, el jueves agentes del Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) de la Guardia Civil lograron capturarlo y devolverlo a los suyos. “Gordo, ya nos vamos a casa”, le decía su dueña al reencontrarse con él.
En su deslavazado discurso del miércoles ante el Foro de Davos, en Suiza, Donald Trump arremetió otra vez contra las renovables, la Unión Europea y el Pacto Verde, que tiene como objetivo la transformación del sistema energético y de movilidad para romper con la dependencia de los combustibles fósiles, principales causantes del cambio climático. Trump, al igual que hace la ultraderecha europea y española con Vox a la cabeza, desdeñó ese pacto, al que llama “nueva estafa verde”. Pero lo cierto es que, a pesar de los ataques, las renovables siguieron creciendo en 2025 y marcando récords mientras el consumo fósil para generar electricidad se estanca.
“¿Quieres ser la telonera de Taylor Swift?”. Con esa pregunta, cuya respuesta se antoja obvia, se despertó una mañana la cantante Sofia Isella, que descubrió a través de su madre que una de las figuras más importantes del pop quería que fuera la responsable de abrir su concierto en Wimbledon. La propuesta de Swift sorprendió a muchos. ¿Cuán malévola puedes ser en la gira Eras? Sofia Isella está abriendo un nuevo y oscuro camino en el pop, titulaba August Brown a un artículo publicado en Los Angeles Times en el que comentaba que la desconfianza de Ia cantante hacia las instituciones se extiende a su carrera discográfica, pues pese a estar en el radar de Swift, sigue siendo independiente. “He conocido a muchos peces gordos, y son gente muy amable, pero me encanta la sensación de ser independiente”, dijo Isella. “Quizás cambie de opinión, pero estoy intentando comprender completamente un sello y cuáles son sus funciones, así como qué es lo que le ofrece al artista en la era de las redes sociales. Estoy intentando evaluarlo a fondo antes de firmar ningún contrato”, explicaba la cantante, nacida en California y residente en Los Ángeles.

Se terminaban los años setenta y Sophie Calle se inventó un juego: “He pedido a algunas personas que me concedan unas horas de su sueño. Que vengan a dormir a mi cama”. A cambio, los extraños durmientes tenían que dejarse fotografiar. Su habitación propia estuvo ocupada sin interrupción por sueños ajenos durante casi una semana entera. Sophie tomaba notas de posturas y abrazos, como una etnógrafa de la vida íntima.