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En tiempos de guerra asoma el dios de la destrucción. Una divinidad difícil de creer, que aparece también en el homicidio, el envejecimiento o la desesperación del suicida. De ahí que las personas razonables, al constatar la insidiosa presencia del sufrimiento y la muerte, la nieguen. Hay una sensibilidad en el ateo, que se traduce en el rechazo de este embajador de la muerte, que no puede existir y, si lo hiciera, mejor sería renegar de él. Una actitud inherente al candoroso dualismo occidental: Dios puede crear, pero no destruir. Nos cuesta admitir que la destrucción sea algo divino. No ocurre eso en la India, que asume con naturalidad que todo lo que nace tiene que morir. La fuerza que mueve el cosmos asume tanto la creación como la destrucción, que es un trabajo tan divino como la generación espontánea de la vida y la luz.
No debemos destriparlo, pero sí podemos decir que el final de este espectáculo es redondo. El montaje entero es redondo. Coherente, sustancioso y sofisticado. Hablamos de Lexikon, la nueva obra de El Conde de Torrefiel, compañía con base en Barcelona y puntera en los circuitos europeos de vanguardia, dirigida mano a mano por Tanya Beyeler y Pablo Gisbert. Coproducida por el Centro Dramático Nacional, su estreno este viernes en el teatro María Guerrero, con cuatro semanas por delante frente a las dos o tres funciones que suelen reservarse para este tipo de trabajos, supone un hito y una verdadera apuesta por una línea de trabajo más abierta a la experimentación en el ámbito institucional. Más dinero, pero también más tiempo para la creación y para llegar a oídos del público.
Texto y dirección Tanya Beyeler y Pablo Gisbert. Reparto: Tanya Beyeler, Carmen Collado, Amalia Fernández, Ion Iraizoz y Mauro Molina. Teatro María Guerrero. Madrid. Hasta el 24 de mayo.
Son las 12.30 de un domingo y los pasillos de la academia de flamenco Amor de Dios, en pleno centro de Madrid, se parecen bastante a esas hileras nerviosas donde las hormigas se cruzan a lo loco sin chocarse nunca. Siempre hay gente en Amor de Dios, pero hoy huele a muchedumbre y un poco también a fervor. Imparte clase Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito para los amigos… del duende. O lo que es igual, el bailaor que muchos de los que saben de esto sitúan en la estirpe de los dioses del zapato veloz: Faíco, Farruco, Gades y él. Y eso, a pesar de que el interesado se encarga de rebajar la épica en torno a su nombre: “Yo nunca he sentido o he creído que haya estado dotado para bailar. Dudé muchísimas veces en el camino de si lo hacía bien o no, y sigo dudando. Cada día me levanto como si fuera un principiante, y creo que es algo sano, porque he conocido a otros compañeros a los que les ha jugado malas pasadas el hecho de pensar que ya habían llegado a la cima. Creo que me aburriría y me hartaría de llorar si un día sintiera que ya ha llegado. Ese día me quitaría de bailar por respeto a mí mismo y al público, sobre todo”.
Galicia tiene un legado textil preindustrial en torno al lino que no todo el mundo conoce, ni siquiera gallegos que generacionalmente están bastante cerca. A su prestigio actual en el ámbito de la moda, le precede un pasado en el que durante siglos, y hasta algo más de la mitad del XX, existió una producción doméstica para autoconsumo llevada a cabo por mujeres en el medio rural, en la que unas se encargaban de sembrar el lino, procesarlo e hilarlo para que otras pudieran tejer ropa de vestir o de hogar, algunas de ellas piezas con un alto valor artístico y creativo.