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En muchos de los conflictos más letales del mundo, las víctimas humanas y su memoria suelen quedar diluidas para el gran público en un mar impersonal de cifras. Cuando la magnitud de la tragedia supera un cierto umbral, y sobre todo cuando acaece en las coordenadas erróneas, los nombres y las historias segadas por la violencia tienden a redondearse con gran frialdad.
Hace más de una década, cuando Candela Molina (de nombre artístico Orfigyal, 33 años), Cristina Cía (Tina Lambardeta, 31) y Jimena Hernández (Mena G, 29) comenzaron a entregar su tiempo a la música club, las deshoras y la marabunta de cuerpos botando, confirmaron dos certezas. Una, que quienes organizaban y controlaban las fiestas del underground madrileño eran siempre hombres. O la novia o la amiga de. Dos, que en esa pista la violencia hacia las mujeres parece estar legitimada. “Es un secreto a voces, sin ir más lejos, a la mayoría de las chicas les han tocado el culo en una discoteca”, dicen. Más tarde llegaría otra constatación: la inexistencia de normas que acoten esa posibilidad, y un impulso: crearlas de su puño y letra.

La aparición de internet y del teléfono móvil inteligente han marcado un antes y un después a la hora de organizar una escapada. Sin embargo, las agencias de viajes no han desaparecido. Uno entra en una de las tiendas de Pangea en Madrid o escucha hablar a Gonzalo Gimeno, consejero delegado de Elefant Travel, una agencia de viajes de lujo a medida, y es como si no existieran los dispositivos electrónicos, ni hubiera información gratuita en la red. Eso no significa que estas empresas no recurran ni desarrollen herramientas tecnológicas propias. Han evolucionado y ya no se limitan a emitir billetes de avión, de tren y de barco. Escuchan al cliente, imaginan el viaje con él y se lo diseñan a su gusto. La diferencia entre las agencias de viajes y las plataformas online radica en que da más confianza que te atienda una persona que un chatbot, sobre todo a la hora de pagar y de gestionar un percance.

El colesterol, dicho así, alto o bajo, es uno de los parámetros de salud más extendidos en el imaginario popular. Como toda simplificación, está sujeta a muchos matices: lo hay de varios tipos, su presencia en el organismo es necesaria, hasta un punto, y se puede medir de formas diversas. Una de ellas, a través de la lipoproteína A, es un valioso marcador de riesgo cardiovascular. En marzo, las sociedades médicas de Estados Unidos se sumaron al consenso que había entre las europeas: todo el mundo debería medírsela al menos una vez en la vida. Pero en el sistema sanitario español esto está muy lejos de ser así.