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El lunes, Mark Zuckerberg acudió por primera vez a la gala del Met. Aunque el director ejecutivo de Meta no posó en la alfombra roja y acudió directamente a la cena —donde probablemente se sentó en la mesa de Anna Wintour, anfitriona del evento—, su look no pasó desapercibido. Lució un esmoquin clásico de Prada, nada extravagante pero alejado de su fidelidad de antaño a los vaqueros y la camiseta de algodón. Esta elección ha dado pie a la periodista de The New York Times Vanessa Friedman a hablar de su Met-amorfosis, un juego de palabras que alude a su transformación estilística, que Friedman atribuye al éxito de las gafas inteligentes comercializadas por Meta. Desde luego, como afirma la periodista, un esmoquin de Prada nunca es un esmoquin sin más, por muy ortodoxo que sea. Pero ya hay quien ha empezado a alertar de que el verdadero protagonista del look no era el traje, sino el reloj que Zuckerberg llevaba en la muñeca.

Alrededor de las seis y media de la mañana del pasado 28 de octubre Miguel Barreno López, ciudadano español, se dirigía en su coche a la fábrica de comida india en la que trabajaba cerca de la ciudad de Carol Stream, a las afueras de Chicago. Lo acompañaban tres personas más, todas ellas nicaragüenses. De repente, se les acercó un vehículo y los obligó a parar. Barreno intuyó enseguida lo que estaba pasando. “Estos no son de la policía”, pensó para sus adentros. Eran agentes del ICE (el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, por sus siglas en inglés), las unidades parapoliciales a las que la Administración del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dado carta blanca para perseguir y detener a extranjeros en situación irregular. Así comenzó “un infierno” cuya salida empezó a entrever tras denunciar su abandono en una llamada telefónica a EL PÁIS.

Khoudia Diop tiene 26 años y lleva en un matrimonio a distancia desde los 17. Ella vive en Léona, un pueblo en el noroeste de Senegal; él, en Catania, en Italia, donde ahora vende productos en los mercados. Sus padres se encargaron de los preparativos antes de que partiera a Europa en 2008. Él solo regresó una vez, en 2023. “Nos las arreglamos, pero no es fácil”, admite Diop, que ha sacado un momento, en medio de sus múltiples tareas domésticas en casa de sus suegros, para hablar con este diario. Su caso no es la excepción, sino, más bien, la norma en el pueblo y, en general, en la región de Louga, profundamente marcada por la migración. La Oficina de Acogida, Orientación y Seguimiento de Senegal (BAOS, por sus siglas en francés) calcula que casi el 56% de los hogares de Louga tienen al menos un miembro de la familia viviendo en el extranjero. En 2024, alrededor de 740.000 senegaleses se habían marchado del país.