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Los automóviles, dice el ensayista francés Roland Barthes (1915-1980), son las nuevas “catedrales góticas”: obras colectivas y anónimas que los ciudadanos consideran “un objeto mágico”. Lo escribió en una serie de artículos, publicados en la revista Les Lettres Nouvelles, en los que se detenía en fenómenos en apariencia superficiales: del nuevo Citroën DS a los anuncios de detergentes, pasando por los juguetes de plástico y la coronación de Isabel II de Inglaterra.
Enfrentarse periódicamente al escrutinio de decenas de miles de personas puede parecer una terapia de choque para la ansiedad social, pero el cantante Mora (Bayamón, Puerto Rico, 30 años) admite que hacerse fotos con seguidores aún se le hace cuesta arriba. “Lo hago porque sé que lo merecen, pero no lo disfruto”, confiesa. “Puedo estar cantando frente a 50.000 personas y no hay problema, porque no interfiere en mi espacio personal. Pero si estoy caminando por la calle y se me acercan dos, ya empiezo a sudar. Hay gente que quizás puede decir: ‘Este cabrón es un huelebicho’, pero no es que yo no quiera compartir, es que no tengo unas destrezas sociales muy buenas, que digamos”. Por eso, antes de convertirse en uno de los claros protagonistas de la escena reguetón moderna, Mora se situaba cómodamente en la sombra, como arquitecto de algunos de los éxitos que catapultaron a grandes nombres de hoy, como Bad Bunny (Dákiti o La difícil llevan su rúbrica), Karol G (la omnipresente El makinón), Eladio Carrión o Anuel AA.
Realización: Agustina Piriz. Asistente de fotografía: Diego Pérez. Asistente de realización: Lidia Lara. Maquillaje: Fidel Fernández (Another Artists Agency). Coche: Vintage Cars.
Han pasado 640 días desde que Donald Trump prestó juramento en el Capitolio en un discurso grandilocuente en el que proclamó: “La Edad de Oro de Estados Unidos comienza justo ahora. A partir de hoy, nuestro país prosperará y volverá a ser respetado en todo el mundo”. Casi dos años después, si los sondeos no fallan, está a punto de sufrir una histórica derrota en las elecciones de medio mandato que se celebran el próximo 3 de noviembre debido al descontento de las familias estadounidenses sobre la situación económica. La inflación, los aranceles y la guerra contra Irán explican la gran decepción que se extiende desde una costa a otra de Estados Unidos. Un sentimiento que ha contagiado a las zonas rurales del Medio Oeste y el Sur del país, donde los demócratas no gobiernan desde hace casi un siglo, como Kansas o Mississippi. El malestar de los estadounidenses con la situación económica contrasta con las grandes cifras que sitúan al país como una de las potencias que más crece.
La inteligencia artificial está protagonizando la mayor revolución económica de la historia. Nunca se había destinado tanto dinero en tan poco tiempo a desarrollar una nueva industria, ni siquiera en la revolución del ferrocarril de finales del siglo XIX o en la era de la burbuja de las puntocom. La inversión estimada que los grandes laboratorios de IA hasta 2032 ascenderá a 10,3 billones de dólares, una cantidad que representa el 3,6% del PIB, según un reciente estudio del Stijn van Nieuwerburgh, publicado por la Brookings Institution.
El Mapa de Centros de Datos de Estados Unidos, que recopila la información sobre esta actividad, tiene registrados 5098 instalaciones y proyectos en el país: 3172 operativos, 400 en construcción y 1199 planificados, con una capacidad de 395,1 GW. Se prevé que solo este año, la inversión en IA alcance en Estados Unidos el 1,9 % del PIB, según estimaciones de Goldman Sachs.
El sector está teniendo un impacto evidente en la economía, pero también ha provocado malestar social por los efectos nocivos que suponen estas instalaciones. “La mayor parte del gasto de capital, que este año podría alcanzar los 800.000 millones de dólares, va destinada a la construcción de enormes centros de datos”, remarca Jared Franz, economista de Capital Group. “Este nivel de inversión ofrece un fuerte impulso a la economía estadounidense. De hecho, creo que no estamos valorando en su justa medida el impacto que podría tener el auge de la inteligencia artificial”.
Franz cree que se podría estar infravalorando el crecimiento del PIB entre 0,5 y 1 punto porcentual. Las grandes compañías están inmersas en una alocada carrera de inversiones, que está llevando a la industria a protagonizar algunas a Bolsa más rimbombantes de la historia. Los analistas empiezan a hablar del riesgo de burbuja, con un ecosistema de empresas endeudadas y con estrechos vínculos entre ellas.
Las autoridades, sin embargo, tienen depositadas muchas esperanzas en los robustos aumentos de productividad que supondrá la inteligencia artificial cuando la industria esté plenamente desarrollada.
En esta época posterior a todo y anterior a nada, la politóloga Wendy Brown va a lo fundamental. Habla de la transcendencia de las próximas elecciones, de la espiral nihilista del neoliberalismo, del problemón de la lógica masculinista naturalizada, de las demandas que comparten los votantes de izquierda y derecha, y de los movimientos sociales que buscan salida a un mundo en combustión, víctima de un fuego alimentado por demagogos oportunistas.
Jörg Biebernick, consejero delegado de Paulaner, sostiene una cerveza sin alcohol. No es traición alguna, sino logística. Su marca presume de haber sido la primera en lanzar una cerveza de trigo sin alcohol, en 1986, mucho antes de que nadie hablara de moderación. Ese es hoy uno de los pocos segmentos que crece, y mucho: en Alemania supone entre el 10% del mercado y crece a doble dígito; la cerveza de trigo cero cero crece un 37% este año fuera del país, y en enero llegará la lager cero cero. Biebernick no lo ve como cosa de jóvenes ni de mayores, sino de ocasiones. “Antes, si tomabas una cerveza en la comida, sabías que por la tarde no podías hacer deporte ni trabajar. Ahora la cero cero lleva la cerveza a sitios donde no estaba”. Y ya no es un estigma: “Antes eras el perdedor del día porque conducías. Ya no va de perdedores o ganadores, es tu decisión”. Bien mirado, es una frase que resume el estado actual de la cerveza en el mundo: un negocio de siglos que ha aprendido a dosificarse.