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Elena Laguía me recuerda a mí y a otras como yo de aquellos tiempos en los que podíamos enfrentarnos muy pronto a la vida laboral. Recién salidas del horno. Sin másteres, haciendo oficio con la propia experiencia. Me reconozco en esa mezcla de candor y aplomo y quisiera decirle que lo que está viviendo ahora será la base de toda su vida profesional. Ella lo intuye. Cuando Elena estudiaba psicología en Teruel jamás se le pasó por la cabeza especializarse en los vaivenes emocionales de la vejez. A los ancianos se les nutre de pastillas, ya se sabe, la tensión, el colesterol, el sueño, el dolor, pero parece que a cierta edad uno está amortizado y no hay terapia que pueda quebrar la materia rocosa del carácter que se ha forjado durante toda una vida.


“Éramos el enemigo número uno. Recuerdo cuando Prada me invitó por primera vez al desfile. Yo estaba en primera fila y escuchaba comentarios nocivos desde atrás. Eran periodistas que creían que estaba ocupando su lugar. Yo no quería quitarle el sitio a nadie, sino hacerme uno para mí. Fue duro para alguien de 20 años recibir tantas zancadillas”. Han pasado más de tres lustros desde este momento que relata el influencer Pelayo Díaz —estudió Moda en Central Saint Martins de Londres y ha colaborado con Louis Vuitton y Dolce & Gabbana, además de labrarse una personalidad televisiva—, uno de los primeros en este país a los que se nombró de esa guisa. El término se refería entonces a alguien con presencia en redes y una fiel comunidad de seguidores, que producía contenido y recomendaciones alrededor de la moda y el estilo de vida. Aquella primera generación se estrenó como elemento disruptivo con un célebre anuncio del bolso Amazona, de Loewe, de 2012, en el que un puñado de jóvenes creativos se colocaban el complemento sobre la cabeza, escandalizando a un mundo que no sabía qué le molestaba más, si lo que hacían o no saber quién diantres eran esos chavales que lo hacían.
Cristina Pérez, directora de Innovación en Kantar, lleva más de 30 años dedicada a investigar el lanzamiento de nuevos productos. Ha sido testigo de espectaculares éxitos y de fracasos inesperados, y por encima de todo defiende que los consumidores, antes y ahora, tienden a manifestar un comportamiento similar: “Siempre pongo el ejemplo de Brad Pitt. Yo estoy casada con mi marido, y soy fiel. Pero, claro, si aparece Brad Pitt… esa fidelidad puede no ser un compromiso ante determinados estímulos”, sonríe. “Puedes observar que un consumidor ha comprado un mismo producto nueve de las últimas diez veces que ha ido al supermercado, pero eso no te garantiza fidelidad. Igual lo compra porque es accesible en su establecimiento de confianza. Pero si un día desaparece, no le importará pasarse a otra cosa”.
Las redes sociales son terribles para niños y adolescentes. En una época marcada por la polarización, esta idea genera un abrumador consenso; es más popular que las croquetas. Un Eurobarómetro del pasado mes de julio señalaba que el 72% de los padres están preocupados por el contenido online que consumen sus hijos. La idea es transversal y va en aumento, así que gobiernos de todo signo y tribunales de medio mundo han empezado a actuar. El diagnóstico es compartido, pero las recetas difieren. Estos días, las dos más importantes se han visto en los tribunales.

El año 1989, Fleur Jaeggy, la misteriosamente salvaje, críptica, genial escritora suiza que ha escrito siempre en italiano, publicó una novela que acabaría siendo su novela más famosa. ¿Su título? Los hermosos años del castigo (Tusquets). A menudo, su trama se liquida considerándolo un libro de internado —oh, chicas en un internado, ya saben, claustrofobia, ritos, mundo real por completo anulado— cuando sobre todo es una novela sobre el abismo que constituye el otro cuando se es, y el otro también, adolescente. Fíjense en la descripción que hace la narradora de su futura mejor amiga —o deseable amiga, su, se diría hoy, crush—: “Tenía quince años, los cabellos rígidos como cuchillas, brillantes, los ojos graves y fijos, sombreados. La nariz aguileña, los dientes, cuando reía, y reía poco, eran puntiagudos. Una hermosa frente alta donde podían tocarse los pensamientos, donde generaciones pasadas le habían transmitido talento, inteligencia, fascinación. No hablaba con nadie. La apariencia era la de un ídolo, despreciativa. Tal vez por eso deseé conquistarla. No tenía humanidad”.
Pan
Michael Clune
Traducción de Javier Calvo
Anagrama, 2026
336 páginas. 21,90 euros
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Los hermosos años del castigo
Fleur Jaeggy
Traducción de Juana Bignozzi
Tusquets, 2026
128 páginas. 18 euros
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Las vírgenes suicidas
Jeffrey Eugenides
Traducción de Roser Berdagué
Anagrama, 2024
264 páginas. 13,90 euros
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Un retrato del artista en su juventud
James Joyce
Traducción de Máximo Aláez Corral
Akal, 2024
640 páginas. 42 euros
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Carrie
Stephen King
Traducción de Gregorio Vlastelica
Plaza & Janés, 2024
288 páginas. 21,75 euros
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La campana de cristal
Sylvia Plath
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino
DeBolsillo, 2024
256 páginas. 14,20 euros
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Menos que cero
Bret Easton Ellis
Traducción de Mariano Antolín Rato
DeBolsillo, 2023
176 páginas. 12,30 euros
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La flor
Mary Karr
Traducción de Regina López Muñoz.
Periférica & Errata Naturae, 2020.
440 páginas. 23 euros).
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El guardián entre el centeno
J. D. Salinger
Traducción de Carmen Criado
Alianza, 2018
264 páginas. 17,95 euros
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Puro fuego. Confesiones de una banda de chicas
Joyce Carol Oates
Traducción de Montserrat Serra Ramoneda
DeBolsillo, 2015
464 páginas. 12,30 euros
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Los excluidos
Elfriede Jelinek
Traducción de Carmen Vázquez de Castro García
DeBolsillo, 2006
256 páginas. 12,30 euros
La maliense Fatoumata Diawara se alía con M (no es el jefe de James Bond sino el músico francés Matthieu Chedid) para facturar Massa, su nuevo disco. Mexican Institute Of Sound, o Instituto Mexicano del Sonido, como gusten, comparten en Ruido Tovar una aproximación a la deconstrucción de la cumbia. El dúo keniata-alemán Odd Okoddo llama a las puertas de la octogenaria cantante Ogoya Nengo para reforzar su dodo blues en Palagoma. Y la compositora norirlandesa Hannah Peel se monta una sesión de improvisación con la percusionista china Beibei Wang de la que salen las nueve canciones de The Endless Dance. ¡Esto no para!




Hay serios indicios de que cada vez más gente piensa menos y considera largo un vídeo de 30 segundos. Pero también evidencias de que se juega más al ajedrez o se utiliza (con gran respaldo científico) como herramienta educativa o gimnasio mental. Entre las celebridades que lo practican están Pedro Sánchez, Carlos Alcaraz, David Broncano y los futbolistas Erling Haaland y Unai Simón; sirve de inspiración para el deporte profesional (Pep Guardiola o Ernesto Valverde) o artística (Pérez-Reverte, Bogart, Kubrik, Forman…). Y al menos decenas de millones lo juegan cada mes por internet. ¿Por qué el ajedrez sigue fascinando 15 siglos después del inicio de su historia documentada?
Italia presume de sus 8.000 kilómetros de costa, pero disfrutar de ellos no siempre es gratis. Mientras que en otras partes ir a la playa significa buscar un hueco en la arena, en Italia la experiencia suele ser muy distinta. Encontrar un espacio donde plantar la sombrilla sin pagar puede convertirse en toda una aventura. En amplios tramos del litoral, el acceso al mar está gestionado por empresas privadas, mediante concesiones públicas, que han transformado las playas en un negocio multimillonario. El resultado es una de las estampas más características del verano italiano: bosques interminables de sombrillas perfectamente alineadas, acompañadas de sus respectivas tumbonas, esperando a ser alquiladas por precios que pueden superar los 35 euros al día.