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En Chernóbil la tragedia se toma la molestia de avisar. Lo hace por teléfono y a las cuatro de la madrugada.
Lisa Kudrow (Los Ángeles, 62 años) será siempre Phoebe, pero para muchos también Valerie Cherish, la protagonista de The Comeback (HBO Max), una serie creada y protagonizada por ella misma en la que da vida a una actriz madura que intenta volver a la rueda de la industria del entretenimiento poniendo buena cara a todo tipo de humillaciones. Su primera temporada, en 2005, no consiguió un éxito masivo, pero aquella mujer ligeramente patética aunque entrañable, con un pasado glorioso que intentaba resucitar su carrera en un reality show, se ganó a los paladares más exquisitos. En la vida real, la serie se canceló, pero 10 años después resucitó, con una segunda temporada en la que la perspectiva tragicómica de lo que el show business representa para una “señora de una cierta edad” dio grandes momentos humorísticos. De nuevo una década después, Valerie regresa, por tercera y última vez: en esta ocasión se embarca en una producción televisiva guionizada por una inteligencia artificial en plena huelga de guionistas. “Antes solo había ciertas personas que lo pillaban y les encantaba. Ahora tengo la sensación de que la mayoría de las personas con las que hablo entienden de qué va”, explica con su característica y desconcertante risa Lisa Kudrow por videollamada desde el salón de su casa en Los Ángeles.
La desigualdad actual es peor que la que Estados Unidos vivió durante la Gilded Age de finales del siglo XIX, dice Joseph Stiglitz. “La persona más rica de aquella época era John Rockefeller, pero su fortuna no era comparable a la de Elon Musk, Larry Ellison o Jeff Bezos”, explica por teléfono el economista, laureado en 2001 con el Nobel de Economía. “Su influencia política bajo el mandato de Donald Trump tampoco tiene precedentes, con Musk como el ejemplo más claro”.
El 5 de mayo de 1789, el rey Luis XVI de Francia inauguró los Estados Generales. La institución se reunía ese año con el objetivo de abordar el problema de una inflación galopante y una bancarrota en las cuentas de la monarquía, endeudada hasta las cejas por la falta de ingresos. Y es que ni la nobleza ni el clero pagaban impuestos. No porque les faltara el dinero. Si no pagaban era por algo más sencillo y absurdo: ese era su privilegio.
Hay imágenes que nunca desaparecen de la retina de un país, de su memoria política y popular. Una de ellas es la de Joschka Fischer (Gerabronn, Alemania, 78 años) con zapatillas deportivas jurando el cargo de ministro en el Estado federado de Hesse, en 1985. Por primera vez Los Verdes, movimiento asambleario nacido unos años antes, entraba en un Gobierno regional. Era un cambio de época. Trece años después, Fischer se convertiría en vicecanciller y ministro de Exteriores del primer Gobierno federal con Los Verdes, aliados con el Partido Socialdemócrata del canciller Gerhard Schröder.