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Trabajar mientras se estudia suele presentarse como una buena idea: permite ganar experiencia, desarrollar competencias y, en el mejor de los casos, empezar a construir un currículo antes incluso de terminar la carrera. Pero esa fotografía solo cuenta una parte de la historia, porque dos estudiantes pueden compatibilizar universidad y empleo durante cuatro años y llegar a lugares completamente distintos. Mientras uno convierte esa experiencia en un trampolín hacia el mercado laboral, otro tarda más en graduarse, encadena contratos precarios poco o nada relacionados con su formación y acaba atrapado en un empleo del que le costará salir. Muchas veces, la diferencia no está en el esfuerzo que haga cada uno, sino en las condiciones que le haya tocado vivir.
Todo un ritual doméstico ha desaparecido en un par de décadas: el ring del teléfono fijo, la carrera hasta contestar y, finalmente, el acto de hablar enredando el cable en el dedo. Mientras hubo cable, claro. Dependiendo de la gestualidad y el tono, la conversación podía acaparar la atención de todos los presentes. La privacidad era un asunto menor. Al terminar se colgaba y la vida seguía. No se llevaba uno en el bolsillo la conversación con infinita posibilidad de réplica. La charla, con principio y fin, casi siempre transcurría en un rinconcito equipado con algo de confort para asentar las ideas.
Hay quien regula las emociones con la comida, quien lo hace con horas de scroll infinito frente a un móvil y quien es capaz de gestionarlas de manera saludable. Ese aprendizaje es, para la psicóloga Patricia Ramírez, la esencia de la educación emocional. “Nos permite una mejor tolerancia a la frustración, responsabilizarnos de nuestra vida, tener mejores vínculos con otras personas y un mayor respeto hacia nosotros mismos”. Una herramienta para conectar con la vida, con otras personas y con uno mismo, dice.
Claudia Vila
Juan Antonio Carbajo y Francis Pachá
Juan Sánchez
Rodolfo Mata
Adolfo Domenech
Vídeo. Productor ejecutivo: Quique Oñate. Ayudante de producción: Valentina Marín. Realizador: Alberto Gamero. Operadores de cámara: Diego Martínez y Ángel Vallejo. Edición de vídeo: Alberto Gamero y Diego Martínez. Dirección de fotografía: José Lastra. Sonido directo: Cristian Aira. Dirección de Arte: Alejandro Sáez. Grafismo: Carmen Castellón, Alan Malchiodi-Albedi y Rodrigo Merino. Maquillaje y Peluquería: Adriana Camelo
Una familia extremeña ha denunciado públicamente la situación educativa que viven sus dos hijos gemelos, de nueve años, diagnosticados con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) en el CEIP Jiménez Andrade, de Puebla de Obando, en la provincia de Badajoz. Aseguran que el colegio donde estudian no ha aplicado las adaptaciones previstas por la normativa para este tipo de alumnado. Tras más de un año de reclamaciones, los padres lamentan que no han recibido una respuesta efectiva por parte de la Junta de Extremadura (PP), pese a haber presentado informes médicos, documentación psicopedagógica y una solicitud formal de intervención ante la Inspección Educativa.
EL PAÍS cumple 50 años de un proyecto compartido con sus lectores. Medio siglo de vida dedicado a descubrir la verdad y publicarla. Dentro de las celebraciones y actos conmemorativos, el diario ha lanzado Amigos de EL PAÍS, una modalidad de suscripción para quienes quieren ir más allá de la lectura y acercarse al periódico desde dentro. El corresponsal de Asuntos Globales, Andrea Rizzi, ha protagonizado el primer encuentro celebrado para este grupo de suscriptores, que busca una relación más directa con el periódico. El evento tuvo lugar el pasado jueves 2 de julio en la sede de Miguel Yuste, en Madrid, y estuvo moderado por la periodista Ana Alonso de Blas.
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Amigos, aventuras, risas, buena música, una playa… Si eres joven, ¿qué debe tener un verano para que lo recuerdes toda la vida? Hay un plan al que el año pasado se apuntó un 45% de españoles de entre 15 y 35 años, según datos de la última Encuesta de Prácticas y Hábitos Culturales del Ministerio de Cultura, y reúne todos esos ingredientes mágicos que promete la estación estival: acudir a un festival de música.

Una de las pocas cosas que tengo claras en esta vida es que no soy lo que se dice una morning person. Es más, puestos a identificarme con algo, me siento más representada por un koala. ¿Sabías que duermen entre dieciocho y veintidós horas al día? Y, a diferencia de mí cuando suena la alarma del móvil, no parece que estas encantadoras y dormilonas criaturillas empiecen el día sobresaltadas. Todo lo contrario. Pasan buena parte de su vida adormecidas entre las ramas de los árboles, mecidas por los sonidos de la naturaleza y el ritmo de la luz solar.


