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Christophe Galfard (París, 1976) es un destacado divulgador científico. Tras investigar junto a Stephen Hawking los agujeros negros y el origen del universo, hoy está entregado a compartir sus conocimientos sobre el cosmos. Es autor de seis libros, imparte conferencias y tiene un programa en un canal de radio francés, Radio Inter. El autor de El universo en tu mano: Un viaje extraordinario a los límites del tiempo (Blackie Books, 2020), convertido en un superventas, es un científico exigente en la precisión de sus respuestas, pero también de las preguntas. Finalmente no pudo quedar con el periodista y la entrevista se realizó a través de videollamada. Acostumbrado a relacionarse con objetos a millones de años luz, el kilómetro de distancia que mediaba entre la vida en París del periodista y la del discípulo más brillante del científico más famoso del mundo, como reza la faja de su libro, era demasiado poco. Todo es relativo. Y eso es algo de lo que hablará también Galfard la semana que viene en su visita a España: es uno de los participantes del Foro de la Cultura de Valladolid, y estará presente en el Espacio Fundación Telefónica, en Madrid.

Corre el año 2000. Emilio Delgado, por entonces un luchador de taekwondo de 24 años, campeón nacional júnior en varias ocasiones y con la vista puesta en los Juegos Olímpicos de Sídney de ese verano, ve que su mundo entero se desmorona: su puesto en el equipo olímpico de España, que él creía seguro, es adjudicado al final a otro compañero de la selección. Delgado se queda fuera. Con tanta rabia como amargura, decide renunciar en ese momento y olvidarse para siempre de ese deporte al que ha consagrado los últimos años de su vida. Su padre, un oficial de albañilería, de Móstoles, sindicalista de CC OO, le aconseja que se lo piense un poco. “Estás en un buen momento. Habrá otras Olimpiadas”. Pero Emilio le replica que no, que todo está decidido y que no hay marcha atrás: “Yo me bajo. Uno tiene su dignidad”. El padre le responde: “Muy bien: pues ponte a trabajar”. El joven lo hace. Como no tenía más estudios que el bachillerato y no sabía otra cosa que combatir en un tatami de taekwondo, acabó de animador en una feria, vestido de conejo. El día en que su padre lo vio en el salón de casa probándose el disfraz le soltó: “Ya veo que has recuperado la dignidad”.
La actuación de Bad Bunny en el intermedio de la Super Bowl estuvo marcada por la reivindicación de lo latino en un contexto de creciente xenofobia trumpista, un gesto épico y, como afirma el editorial de EL PAÍS de hoy, “una intervención política en el centro mismo del relato estadounidense“. Por ello, debatir la elección indumentaria del puertorriqueño podría parecer algo frívolo, de no ser porque la moda, como la música, también permite entender el presente a través de sus cambios. Bad Bunny eligió vestir de Zara, el gigante español de la moda accesible, y las reacciones —eufóricas, por tratarse de una firma popular en el espectáculo más grande del mundo, o desilusionadas, precisamente por eso— no tardaron en aparecer.