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Los Recuerdos de un enamorado envueltos en documentos inéditos; el documental de una voz quebrada; una película que domina la taquilla, basada en una obra inacabada de Federico García Lorca sobre la represión de la homosexualidad; un rodaje en Granada sobre los días que precedieron a su asesinato y hasta la biografía de Agustín Penón, pionero en investigar la muerte del autor de Romancero gitano, coinciden en el tiempo. Noventa años después de su muerte, investigación y creación confluyen en un momento en el que conviven el Lorca queer, la nostalgia del pasado y la polarización de la sociedad.




La erección matutina es el patrón oro para calibrar la testosterona, según varios foros masculinos de Reddit, donde toda una subcategoría se dedica a esta hormona, una variable que en internet solo se nombra con la letra T. En esos grupos, algunos en la órbita de la manosfera pero otros no, se intercambian y comparan analíticas cada seis meses. Ser señalado en este universo como low T (bajo en testosterona) es un estigma que apela a varios miedos masculinos: pulsión sexual débil, baja energía, cierta actitud pusilánime ante la vida y una cuenta corriente precaria.
El tomate con feta al horno para acompañar pasta que arrasó en las redes sociales en 2021 ya podría ser considerado comida viejuna viral, porque cinco años en Internet son como 50 en la vida real. Sin embargo, viene a cuento recordar aquel hit porque el plato de hoy se le parece bastante, si es que no fue su inspiración. Se llama buyiurdi (o bouyourdi, si transcribimos literalmente del griego escrito), viene de Grecia y, en su preparación, el queso y el tomate fresco también pasan por el horno con resultados igualmente lujuriosos.

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Radden Keefe está preocupado con el futuro de la prensa libre en Estados Unidos. Reputado periodista de investigación, es uno de los escritores de no ficción más brillantes de su generación. La primera vez que salió de su país durante el primer mandato trumpista, cuenta, no se atrevió a llevarse su ordenador portátil por miedo a que se lo requisaran al volver en el aeropuerto de Nueva York, la ciudad donde vive. “Que yo, como estadounidense que no ha cometido ningún delito, esté asustado al pasar por mi propio aeropuerto, por una policía secreta, un equivalente moderno de la Stasi, es muy preocupante”, apunta, café en mano, el jueves pasado, en un restaurante de Barcelona. Relata que en The New Yorker, la prestigiosa revista para la que trabaja desde hace 20 años, ya están pensando qué hacer el día en que el Departamento de Justicia pueda entrar por la puerta con una orden de registro.
Los ochenta fueron una hipérbole. Después de décadas de vivir en el ascetismo de las costumbres y la represión de los deseos del franquismo, toda una generación se dedicó a derribar lo aburrido, lo normativo, lo prohibido, lo de antes. Los jóvenes rompieron con el pasado sin anestesia y sin saber que algunos acabarían rotos en el empeño. Carlos Caballé fue un destacado representante de aquella hornada sensible, inconformista y rebelde que se quedó por el camino. Cada uno había accedido a la rebelión por su propia puerta. La suya fue la necesidad de sedar el sufrimiento que le provocaba crecer en una casa zarandeada a todas horas por la tormenta. Esta historia arranca en una familia catalana, numerosa, burguesa e infeliz, y concluye en una escritora que ha dedicado lo mejor de su vida a escudriñar con afán de entomóloga las vidas de los otros. Así que comienza en Carlos y acaba en Anna, los hermanos Caballé que protagonizan El soñador de refugios (Galaxia Gutenberg), uno de esos libros caleidoscópicos donde se pueden encontrar múltiples paisajes: los vaivenes de un poeta politoxicómano, la memoria de una biógrafa que rehuía su propio pasado y, también, las pinceladas sociológicas de la hipérbole de los ochenta.