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Recientemente, el Tribunal Superior de Justicia (TSJ) de Canarias declaró procedente el despido de una empleada que dedicó parte de su jornada al uso privado de sus redes sociales. Para fundamentar el cese, la empresa aportó registros de actividad y publicaciones en la web de la infractora. Este no es un caso aislado. En otro litigio, el TSJ de Castilla y León validó el empleo de un software de control para motivar el cese de un teleoperador que prestaba servicios desde su domicilio. Del mismo modo, el tribunal autonómico madrileño refrendó el despido de otra teletrabajadora: la empresa, una importante aseguradora, aportó un certificado sobre tiempos de desconexión.
¿Cómo conseguir pruebas sobre la inactividad de un teletrabajador sin vulnerar su intimidad? Para Òscar Jiménez, titular del despacho Òscar Jiménez Digital Forensics, un peritaje riguroso no implica un acceso indiscriminado a la información de un dispositivo. En sala, el especialista aplica metodologías de minimización, como “búsquedas selectivas por palabras clave” vinculadas al objeto investigado. El objetivo es limitar el examen a los datos potencialmente relevantes. En un reciente juicio por despido, este tipo de análisis fue clave para que el tribunal calificara la metodología empleada por Jiménez como “respetuosa con los derechos fundamentales”. En materia de evidencia digital, “no solo importa qué información se obtiene, sino también cómo se accede a la misma”, defiende el perito.
John Kenneth Galbraith publicó en 1967 su libro El nuevo Estado industrial. Una de sus conclusiones es que en las empresas modernas, a medida que crecen, un grupo de técnicos y directivos, a los que define como la “tecnoestructura”, asume más y más poder, desplazando a los accionistas. Como consecuencia de este empoderamiento y de la atomización de la propiedad de las corporaciones, la tecnoestructura tiene una influencia directa a la hora de decidir sobre sus propios sueldos. Casi seis décadas después de que el economista y diplomático canadiense advirtiese sobre este fenómeno, la maquinaria de la élite directiva sigue perfectamente engrasada.


Adela Cortina ha sabido retratar la evolución de España, definir el pensamiento de esta era a través de sus ensayos y adelantarse incluso a debates que han ido tomando fuerza en un país que ha cruzado un universo en 50 años: desde las dificultades y el orgullo de la Transición hasta las carencias que hoy asoman en forma de polarización, de exclusión del diferente cuando es pobre, de precarización ante la inteligencia artificial y de una fragmentación de la atención que hoy complica la forja de conciencia.
Medio siglo no es nada. Y, sin embargo, en términos periodísticos parece una eternidad. EL PAÍS celebra este 4 de mayo sus primeros 50 años, con 17.806 números impresos y convertido ya en el gran medio global en español. Sus más de 450.000 suscriptores digitales marcan el futuro de un periódico en expansión. En este especial, con ilustración de apertura de Miquel Barceló para la ocasión, echamos la vista atrás para contar nuestra historia, pero también la del tiempo que hemos vivido. Los periodistas recuerdan cómo fue informar sobre los años de plomo del terrorismo de ETA o durante la pandemia de la covid. También recogemos los recuerdos de los lectores, sin los cuales nada de esto tendría sentido. Como colofón, escogemos 50 personalidades que explican este medio siglo, de Mijaíl Gorbachov a Anna Wintour.

Un trozo del muro de Berlín del corresponsal que lo vio caer y un chaleco antibalas usado en Ucrania por un reportero de guerra. Las antiguas acreditaciones de un crítico de cine o las pelotas de goma que lanzaron los ‘mossos’ durante los disturbios del ‘procés’. De la máquina que usaba Javier Marías para escribir sus columnas a las cenizas del volcán de La Palma recogidas por un redactor de Ciencia. Esta colección de objetos compone un relato colectivo e íntimo


Los nombres imprescindibles en medio siglo en campos como la política, la ciencia, el arte y los derechos humanos

Estos fueron los años de las primeras elecciones democráticas, la Constitución, ETA, el 23-F… España vivió profundos cambios políticos y sociales, aunque lastrados por crisis económicas. Se resolvieron muchos problemas, otros quedaron pendientes




La caída del muro de Berlín fue un broche dorado para el turbulento siglo XX. El mundo vivió una época de paz, progreso y esperanza, con Europa convertida en el símbolo de la globalización y la democracia liberal. El ataque a las Torres Gemelas rompió el espejismo
El atentado que sacudió el mundo sembró el odio que vino después. El terrorismo y las guerras que desató el 11-S se cebaron con las poblaciones de Oriente Próximo, y en Occidente el miedo alimentó el virus de la xenofobia.

El ‘crash’ de Lehman Brothers desató un drama en tres actos: exuberancia, desplome e ira. Los parches para salvar el descalabro de un sistema económico codicioso y desregulado alimentaron el rencor sociopolítico de los populismos actuales


El rechazo del plebiscito de Colombia, el Brexit, la primera victoria de Trump. Las urnas parecían haberse vuelto locas. La polarización lo ocupó todo. Los hechos dejaron de ser objetivos. La identidad se convirtió en la única certeza. Y el debate político se vació

La propagación mundial de un virus alumbró un nuevo orden. Rigen el populismo y el ansia imperial que recurre sin escrúpulo a la guerra como sucede en Ucrania, Gaza o Irán. El desafío es plantar cara a un retroceso en cuyo centro están líderes como Trump o Putin
Personalidades de la política, el cine, el arte, la moda, la empresa, la ciencia y el deporte visitan la redacción. Todos evocan las veces en que aparecieron en las páginas de este periódico y el vínculo que se ha creado



En su medio siglo de vida, este diario ha tenido al frente seis hombres y dos mujeres. Cada uno imprimió su marca personal y bregó con diferentes crisis. Vista con perspectiva, su selección confirma aquello de que un periódico es el primer borrador de la historia


Desde que el estructuralismo diagnosticara, allá por la década de los sesenta del pasado siglo, la muerte del sujeto, este no ha hecho más que acreditar, contra viento y marea, que gozaba de una mala salud de hierro. Porque la supervivencia de la categoría en modo alguno puede interpretarse en clave de que haya refutado cuantas críticas ha ido recibiendo desde entonces, sino más bien que ha conseguido sobrevivir, mal que bien, a la mayor parte de ellas. Pero por supuesto que se ha ido dejando pelos en la gatera, y ya no tiene caso reivindicar, a modo de fundamento de la subjetividad, aquel viejo concepto de hombre del humanismo más clásico, concepto del que ya no nos sirve ni la misma palabra.