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En 2003, en una oscura lista de correo, un grupo de profetas del apocalipsis tecnológico se mandaba mensajes sobre cuánto les importaba “si la humanidad desaparecía”. Uno consideró que prefería estar con criaturas más listas y creativas, aunque no fueran humanos. Otro respondió que le parecería bien si no fuera porque esas máquinas no tendrían ninguna cualidad humana: “Serían solo pura inteligencia computacional dedicada a fabricar una cantidad infinita de clips”.
La advertencia llega en forma de correo electrónico un par de días antes de la entrevista. Helen DeWitt, autora de El último samurái, una de las novelas más aclamadas del siglo, ha pedido, como preliminar a la charla, que se lea la última entrada de su blog, donde “habla un poco”, dice el mediador de su editorial en España, Random House, “de cómo a veces la promoción que le imponen las editoriales o los premios le impide hacer aquello a lo que se dedica: escribir libros”. El texto en cuestión es un manifiesto bastante extenso en contra de las entrevistas obligadas, la ineptitud de los distintos agentes editoriales para entender a los escritores y los motivos de su reciente rechazo al premio Windham-Campbell, que le otorgaba 175.000 dólares (casi 154.000 euros), por no poder cumplir con sus obligaciones promocionales.

No hay que pensar, una pareja de cormoranes se aleja volando sobre el mar, por la bocana del puerto se ven los barcos zarpar, no te preguntes adónde irán, no hay que pensar, un pez dorado se ha enganchado en el curricán, viene hacia el velero dando saltos a flor de agua tirado por el sedal, unas pardelas vuelan el círculo sobre un banco de caballas, el pez dorado se ha librado del anzuelo y ha regresado feliz al fondo del mar, cruza el cielo una avioneta que tal vez presagia un incendio, pero por fortuna solo anuncia una crema solar, llega desde un cercano jardín el olor a carne asada de una barbacoa entre las voces de una alegría familiar, no hay que pensar, baja por el esófago el sorbo del granizado de limón con hierbabuena, el hibisco ha dado su flor roja del día, la de ayer ha muerto ya, tras las cortinas entornadas cae un sol de fuego sobre una charca donde abrevan rabiosas las avispas, se oyen truenos lejanos de una tormenta que se avecina, no hay que pensar, canta el jilguero en la rama del granado, una salamanquesa se arrastra por la pared y se engulle otro mosquito, uno más, los pies desnudos apoyados en la barandilla de la terraza se perfilan sobre el horizonte del mar y ahora una hormiga exploradora escala hasta el dedo gordo, se detiene en lo alto y desde allí parece avistar el panorama, la hormiga duda y por fin se decide a bajar por el empeine y desaparece para dar cuenta a la reina del hormiguero de lo que ha visto, son cosas que se traen las hormigas entre ellas, la arena de la playa está toda cubierta de carne humana ensayando el fin del mundo, no hay que pensar, qué puede depararte el futuro, qué va a pasar, nada que no haya pasado un millón de veces, todo irá bien, una ensalada con hinojo marino para la cenar, la almohada es como una tierna y fresca mejilla de niño para soñar, de noche por la ventana abierta a las estrellas se ven las constelaciones del Cisne, la Lira y Sagitario y aquí abajo cantan los grillos, llega agosto, no hay que pensar.
La presidenta de la Comunidad de Madrid disparó al aire el viernes 24 de julio la palabra “mamarracho”, y el proyectil alcanzó en su trayectoria de caída al delegado del Gobierno y al ministro de Transportes.

La semana que ahora acaba tenía señalada una fecha importante en el calendario del caso Plus Ultra, en el que está investigado José Luis Rodríguez Zapatero por, supuestamente, liderar una red de influencias ilícitas que, entre otras operaciones, favoreció el rescate público en 2021 de la aerolínea que da nombre a la causa. El juez José Luis Calama había citado para el martes como investigado a Julio Martínez Martínez, amigo del expresidente del Gobierno y administrador de Análisis Relevante, la empresa en el epicentro de la trama. La cita se presumía determinante ante la duda de si el empresario respaldaría la versión de Zapatero, que declaró en junio y aseguró que era ajeno a la creación y administración de esa sociedad y solo trabajó y cobró de ella como consultor externo, o si, por el contrario, desmentiría ese relato y corroboraría el de los investigadores, que sitúan al expresidente a los mandos del entramado. Martínez Martínez no esperó a estar ante el juez y, en la víspera de su citación, entregó en la Audiencia Nacional un documento en el que se ofrecía a colaborar con la justicia y señalaba a Zapatero. Comenzó así un movimiento en cadena al que se sumaron Julio Martínez Sola y Roberto Roselli, también imputados y hasta entonces máximos directivos de la aerolínea Plus Ultra (dimitieron este viernes tras ser citados por el juez), que endosa al exlíder socialista la máxima responsabilidad en los hechos que se investigan.
Miércoles 24 de junio, última sesión de control al Gobierno antes del cierre veraniego del Congreso. La corrupción, protagonista. Con desatada velocidad verbal, el portavoz de ERC, Gabriel Rufián, recita un totum revolutum de casos del PP, “la Gürtel, la Lezo, la Púnica, la Kitchen”, para luego jalonar su intervención de nombres bien conocidos: los de dos exministros populares condenados, Eduardo Zaplana y Rodrigo Rato, el de otro que está siendo juzgado, Jorge Fernández Díaz, el de otro que está siendo investigado, Cristóbal Montoro, más el de un expresidente madrileño que previsiblemente se sentará el año que viene en el banquillo, Ignacio González. No para de nombrar casos y políticos. “Me falta el aire”, resopla para ilustrar el desafío de repasar los casos de corrupción que afectan al PP.
Pedro Sánchez estaba noqueado hace un año. El presidente llegó “hundido” al mes de agosto, recuerda uno de sus principales apoyos orgánicos e institucionales. Los escándalos de corrupción de José Luis Ábalos y Santos Cerdán y las acusaciones de acoso sexual a Francisco Salazar estuvieron a punto de tumbar al Gobierno: “Todos estábamos abatidos, el ambiente en La Moncloa era depresivo. Pesimismo puro. No teníamos nada claro cuánto iba a durar la legislatura. Ahora ya nadie duda de que lo hará hasta 2027″, asiente un miembro del Ejecutivo. Sánchez llegó a reconocer en el Congreso que se había planteado dimitir. No era la primera vez. En los cinco días de reflexión que se tomó a finales de abril de 2024 por el inicio de la causa judicial contra su esposa ya estuvo a punto de tirar la toalla.
El teólogo y pastor Doug Wilson lleva desde los años 70 predicando desde su rincón, literal y metafórico, de Estados Unidos. Es cofundador de su propia denominación cristiana, que lleva el nombre de Comunión de Iglesias Reformistas Evangélicas y cuenta con unas 170 congregaciones por todo el país. También es líder de un emporio de ideas ultraconservadoras que cuenta con una pequeña universidad y una escuela de primaria y secundaria, un servicio de streaming y una editorial. Todo ello lo maneja desde la localidad de Moscow, en Idaho, uno de los Estados más conservadores de la Unión.

“A Dora María, una compañera resuelta le trasquiló de dos tijeretazos su hermosa cabellera de combate, para que no se viera que era una mujer con boina negra”. Así describió Gabriel García Márquez en su crónica sobre la Operación Chanchera ―el asalto al Palacio Nacional de Managua, el 22 de agosto de 1978, el golpe con el que el Frente Sandinista de Liberación Nacional aceleró la caída de la dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua― a la mítica “Comandante Dos” de la revolución, Dora María Téllez, la única mujer que, con 22 años, lideró aquella operación y negoció con el dictador. Al año siguiente, el 19 de julio, la guerrilla entró en la capital.


Hay una anécdota en la política británica que durante años ha funcionado como categoría. Cuando un periodista estadounidense entrevistó al entonces primer ministro, Tony Blair, por sus creencias religiosas, su jefe de prensa, el legendario y astuto Alistair Campbell, cortó en seco con aquello de We don’t do God (algo así como “aquí no entramos en el rollo ese de Dios”). Eran los tiempos de la guerra de Irak, y el jefe de Gobierno había atado su destino al del presidente estadounidense, George W. Bush, que superó su alcoholismo a base de una fe exhibicionista.