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En aquella primera portada de EL PAÍS hay cuatro titulares, pero cinco historias. La quinta está en el anuncio. Un rectángulo en la esquina inferior izquierda donde se lee: “Mantenga su piscina perfectamente con cloro en pastillas H.T.H.”. Así de entrada no parece gran cosa, pero es una historia que ha tardado 50 años en ser contada. En ella salen dos amigos, un favor, un poco de cianuro y una familia que parece Falcon Crest según uno de sus miembros: “Lo que ha dado de sí aquel anuncio del abuelo que aquí seguimos hablando de él”.



Barcelona toma este lunes el relevo como lugar de la celebración de los 50 años de EL PAÍS. Tras un largo fin de semana de Festival en Matadero Madrid, en la capital catalana las conmemoraciones tendrán como momento singular la entrega de los Premios Ortega y Gasset, este lunes, en el Saló de Cent del Ayuntamiento. A última hora de la tarde habrá una recepción institucional en el Museu Marítim, presidida por Sus Majestades los Reyes. El martes será el día de los lectores: la Universidad Pompeu Fabra y el Palau Macaya albergarán sendos conversatorios con los tres periodistas galardonados —la Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich, el exvicepresidente nicaragüense Sergio Ramírez y el exdirector de The Washington Post Martin Baron—, así como con el escritor Javier Cercas y el artista Miquel Barceló, respectivamente.
En medio del desorden global, de la ansiedad constante, la narración de la bielorrusa Svetlana Alexiévich (Stanislav, hoy Ivano-Frankivsk, Ucrania, 77 años), su voz, su pensamiento, es un ejercicio de comprensión y de alerta del retroceso de las democracias en todo el mundo. En su exilio en Berlín, donde tuvo que huir por su participación en 2020 el Consejo Coordinador de la Oposición al dictador Aleksandr Lukashenko, la escritora habla de la degradación del discurso político en Estados Unidos y de la confusión de Europa, rodeada por países “agresivos o desorientados”. También, de que el Homo Sovieticus, el “hombre rojo” que retrató en su último libro sobre el hundimiento de la Unión Soviética, en realidad no ha muerto, sino que sigue sentado en el Kremlin y lucha en Ucrania.



Martin Baron se jubiló de su puesto como director de The Washington Post hace cinco años, pero sigue hablando de la profesión en primera persona del plural con frases como “debemos hacer nuestro trabajo” o “esto o aquello es nuestra responsabilidad”.



La presencia silenciosa de Sergio Ramírez (Masatepe, 83 años) aguarda tras el umbral de la puerta. El escritor nicaragüense vive en un apartamento, en el barrio madrileño de Chamberí, alargado como los vagones de un tren. Desde la ventana de la sala se ve florecer a los cedros que hasta hace poco, antes de que llegase la primavera a la capital española, parecían muertos. De las paredes cuelgan cuadros de artistas como el cubano René Portocarrero junto a otros de IKEA que venían con la casa cuando la alquiló. Los exiliados como él dejan parte de su corazón en el lugar que les fue arrancado, además de muchas de sus pertenencias.


El exministro de Transportes José Luis Ábalos tomará la palabra este lunes en el Tribunal Supremo. Será el último de los tres acusados en hacerlo, por lo que se espera que responda a la batería de acusaciones del presunto conseguidor, Víctor de Aldama. También tendrá ocasión de desmarcarse, validar o matizar las palabras de su antiguo asesor, Koldo García, aunque, a juzgar por la comparecencia de este, parece que llegarán como un bloque unido hasta el final. Ese desenlace está próximo, porque está previsto que el primero juicio por el caso Koldo, centrado ―al menos jurídicamente― en la trama de mascarillas, quede visto para sentencia este martes.
Los pasillos del Elíseo se han ido vaciando. Algunos teléfonos, cuentan quienes han paseado por el palacio presidencial estos días, suenan sin que nadie responda. La desbandada de colaboradores ha ido in crescendo en las últimas semanas. Desde principios de año, más de una decena ha saltado al sector público o privado. El más significativo, el todopoderoso secretario general del Elíseo, Alexis Kohler. “Es normal. Queda muy poco y nadie seguirá con el siguiente presidente. Todo el mundo piensa ya en 2027”, señala una persona que despacha con el jefe del Estado.
El ambiente en la redacción del diario libanés Al Akhbar refleja el sentir general entre la comunidad periodística local, donde los misiles israelíes que matan a informadores causan resignación, pero no sorpresa. Los periodistas de este periódico, fundado el día que comenzó la tregua entre Hezbolá e Israel tras el conflicto de 2006, mantienen la cobertura de un país en guerra rodeados de fotografías recientemente impresas de Amal Khalil, su corresponsal en el sur de Líbano hasta que el pasado 22 de abril falleció en un bombardeo israelí.
La primera vez que el turcochipriota Mehmetcan Soyluoglu se dio cuenta de que las cosas no tenían por qué ser como hasta entonces le habían contado en su Chipre natal fue en 2003. Tenía 11 años y, con sus padres, hizo una larga cola para cruzar al lado griego nada más abrirse los puntos de cruce entre la Nicosia bajo dominación turca donde vivía —y sigue viviendo— y la grecochipriota. Quería saber si el helado sabía distinto en el otro lado de la ciudad. Pero el vendedor se negaba a aceptar el dinero de su padre. “¡Qué vergüenza!”, le afeó otro grecochipriota, que acabó pagando el helado del pequeño Mehmetcan.