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Soy víctima del terrorismo y como tal escribo, con el dolor vivido, pero también tras los más de 37 años que han pasado. Y quizá por eso me preocupa cómo seguimos hablando de la violencia de ETA: demasiadas veces en titulares y consignas y con simplificaciones que impiden comprender lo ocurrido y dificultan la convivencia que decimos defender.

Hay una serie fabulosa que estos días no solo nos entretiene, sino que nos da una hermosísima lección. Se llama Empatía y aborda la vida de una psiquiatra, su equipo y sus pacientes en un pabellón cargado de enfermedades mentales, pero sobre todo de personas con heridas, sin recursos para abordarlas, cada uno con sus ternuras y sus barbaridades. Y lo que impresiona es que no hay gran línea divisoria entre los pacientes y sus cuidadores porque todos, tanto los internos —delincuentes en muchos casos— o los profesionales que se ocupan de ellos, tienen fracturas vitales, fantasmas interiores y vulnerabilidades que les acercan. La serie lo aborda con tanto humor y respeto que llama aún más la atención en estos tiempos en que las pantallas nos devuelven salvajadas e injusticias a juego con la actualidad. Y no es en absoluto una serie ñoña, es simplemente única y extraña en este tiempo feroz.
Durante décadas, Europa occidental y central ha sido un protectorado militar de Estados Unidos. La premisa de la garantía de esa protección —que nos permitió invertir poco en defensa— se halla hoy, cuando menos, agrietada. Esto ocurre mientras Rusia trata de reconstruir su imperio con la fuerza. La gestión de esta situación es crucial para asegurarse de que Europa pueda ser un actor independiente en el siglo XXI. Los países europeos incrementan su gasto en defensa y respaldan conjuntamente a Ucrania, pero la realidad es que todavía no hemos alumbrado un camino estratégico compartido. Sobre esta cuestión se ha desarrollado esta semana en Madrid un interesante seminario a puerta cerrada organizado por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores en cooperación con el Ministerio de Asuntos Exteriores español, en el cual han participado destacados representantes diplomáticos, militares y expertos del sector.
Irene Moreno vive de alquiler en Chamberí, aunque por poco tiempo: un fondo buitre ha comprado su edificio y lo convertirá en un bloque de lujo. Está a pocas paradas de metro del Congreso, donde el martes se decidía sobre la prórroga de los alquileres con la presencia de algunos invitados, entre los que estaba Irene.
Cambiando el arranque de Hijos de la ira, del poeta Dámaso Alonso, Madrid es una ciudad de miles de toneladas de granito. No existen, desde luego, últimas estadísticas. Basta la contemplación diaria. Plazas, aceras, muros, edificios, rotondas, bancos, bordillos. Casi todos los elementos que construyen el “lego” de una urbe. En los tiempos de Felipe II y Felipe IV la lógica residía en que era la piedra que se extraía de las cercanas canteras de la Sierra del Guadarrama, y El Monasterio de El Escorial fue el modelo arquitectónico de un imperio.

“Pero aquí está el molesto duendecillo de las cavernas” o “una dinámica de lo más brutal, digna de un duende” son dos respuestas que ChatGPT dio a un usuario de Reddit en febrero. “Desde las versiones 5.3 y 5.4, ha empezado a comparar cualquier cosa negativa con un duende”, añadía.
Los sublevados franquistas del año 36 del siglo pasado vivieron un momento de sangrienta efervescencia en el verano y principios del otoño de aquel año. No perseguían crímenes o delitos concretos; perseguían a personas e ideologías. Y así mataron a miles de individuos. En el Barranco de Víznar, en Granada, han aparecido ya 194 personas arrojadas a 29 fosas comunes. Solo 11 han sido identificadas por ahora. El rasgo común de todas era ser sindicalistas, socialistas o republicanos. Y por ello fueron fusilados sin juicio ni condena. 90 años después, sus familiares se empeñan en que tengan el juicio que nunca tuvieron. Algunas de esas 11 familias han declarado ante la Fiscalía de Memoria Democrática de Granada. Han contado la verdadera historia de sus abuelos o bisabuelos, no para buscar culpables, sino para dar a conocer la verdad sobre la vida y muerte de sus antecesores.

A las ocho de la mañana empieza el día sobre ruedas. Un equipo de especialistas en salud mental se reparte por la ciudad en taxis y coches. El destino no es un hospital, sino varios colegios e institutos. Agendas abiertas, portátiles encendidos y toda la jornada por delante. No hay batas blancas ni salas de espera. Hay pasillos, patios, aulas y despachos prestados. Hay familias esperando un diagnóstico, profesores pidiendo orientación y niños que, sin saberlo, están a punto de ser escuchados en el único lugar donde se sienten seguros: su centro educativo. A veces el día cabe en un solo colegio. Otras, se fragmenta en trayectos, llamadas desde el coche y reuniones improvisadas entre clases. Las psicólogas clínicas y las psiquiatras sostienen agendas más estables; el trabajador social y las enfermeras se mueven con la urgencia de lo que surge. La misión es la misma: llevar la consulta allí donde los menores están. Muchos no llegan a los ambulatorios, pero todos pasan por las aulas.
Mientras los estadounidenses sufrían su particular purgatorio en busca de las primeras fotos próximas del terreno lunar, la Unión Soviética había pasado ya a la siguiente fase de su programa. Esta vez, el objetivo sería descender de forma controlada y poder contemplar el paisaje desde el mismo suelo, no desde lo alto, a través de las cámaras de una nave destinada a estrellarse.