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Son múltiples los factores que empujaron a Italia al despeñadero que la dejó por tercera vez seguida sin Mundial. Al cabo de una interminable sucesión de tragedias políticas, administrativas y futbolísticas, todo se concentró, como siempre sucede, en un acto sobre la hierba. Corría el minuto 41 del partido decisivo contra Bosnia-Herzegovina, este martes en Zenica, cuando un balón dividido en el círculo central fue cabeceado por Demirovic a la espalda de los centrales italianos, a 40 metros de la portería de Donnarumma. Para que corriera Memic. Para que reaccionara Alessandro Bastoni, líder de la defensa de Italia, el más conspicuo de los representantes de la hornada de centrales italianos de la última década, ya maduro a sus 26 años y, sin embargo, incapaz de desarrollar la agresividad imprescindible de los marcadores que hicieron historia en una selección famosa por leyendas del cerrojazo, desde Burgnich a Cannavaro pasando por Costacuta, Baresi, Bergomi, Gentili o Chiellini. Lejos de cumplir, Bastoni llegó tarde. Mientras Clément Turpin, el árbitro, le mostraba la roja, los italianos caían en la cuenta de que su larga tradición de defensas inabordables había tocado a su fin. Estaban expuestos. Regalados incluso ante la Bosnia de Memic.
Después de proclamarse “el presidente más sionista del mundo” y de definirse como “enemigo” de Irán, Javier Milei dio otra muestra de su alineamiento incondicional con Estados Unidos e Israel. El Gobierno argentino declaró a la Guardia Revolucionaria de Irán como “organización terrorista”. La decisión, tomada en pleno conflicto bélico en Oriente Medio, “se fundamenta en informes oficiales que acreditan actividades ilícitas de carácter transnacional, incluyendo actos de terrorismo en suelo argentino”, argumentó el Ejecutivo.