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Durante más de dos décadas hemos sostenido una ficción que consistía en negarnos a nosotros mismos que las leyes y regulaciones que limitaban la vida real pudieran aplicarse en la vida digital. Algunos llamaron a eso un nuevo Salvaje Oeste, con sus pistoleros, sus pillajes, sus linchamientos y sus saloons. Tarde, y a regañadientes, algunos padres comprendieron que sus hijas no podían ser desnudadas por inteligencia artificial en las redes para burla de sus compañeros de instituto y quizá algún día los partidos políticos entenderán que cuando fabrican sus vídeos falsos para desacreditar a los rivales electorales tan sólo contribuyen a la degradación de una sociedad que ha visto cómo la utopía digital se transformaba en una pesadilla. Ese quemar la calle virtual se ha trasladado a una oleada de disturbios y destrucción callejera. Amparada bajo las protestas generales en muchas capitales europeas por la carestía de la vivienda y los bajos salarios, por redes sociales se convocó a los jóvenes a ponerse ropa negra y arramplar con el mobiliario urbano y asaltar las tiendas de producto informático, ropa y zapatillas de marca. Los intereses tan específicos de ese pillaje delatan que los altercados consisten en reivindicar el derecho a una posesión de unos bienes tan deseados como sobrevalorados. El experimento social llevado a cabo en estos años ha fracasado, por eso cuanto antes lo reconozcamos más tiempo tendremos para comenzar a enderezarlo.
Cuando escucho al Apretao de Amurrio decir con el pecho p’afuera que él se llevaría los desfiles del Orgullo a un polígono industrial y al Lupitas asturiano, con esas ínfulas de dandy negrero, atreverse a cuestionar las sacrosantas pensiones, no sé ni lo que siento: una cosa que pasa mucho con este neofascismo de horteras hiperbólicos que nos ha tocado vivir es que se quedan cortas no ya las palabras sino también las emociones; tanto que deberían hacer una tercera parte de Inside Out, esa película que explicaba a los niños la alegría, la tristeza, la ira, el miedo y el asco. Necesitamos pistas sobre qué es esta mezcla de estupor y despersonalización que sobreviene cuando se escuchan esas burradas que insultan primero a muchos de nuestros amigos y luego a nuestros padres. Pero no hay tregua. Aparece el destructor de Os Peares, cada día más sinsonio, opinando sobre el aborto de las niñas de 16 años y queda claro que la cosa es grave, muy grave, no solo porque de nuevo hay retrógrados queriendo adueñarse de nuestros coños sino porque me siento incapaz de darle importancia a qué llevan puesto: echo de menos cuando los vestidos de Melania eran herramienta de comunicación y Pablo Iglesias, quien presumía de sus camisas de Alcampo, se hacía un esmoquin a medida en las páginas de Vanity Fair. Ahora me doy cuenta de que aquel margen para el soft power era síntoma de salud democrática. Pero estamos a las puertas de los años treinta, y conforme a una tradición capitalista instaurada hace cien años, en esta década el sistema peta porque los billonarios se lo quedan todo, el consumo se gripa y muere el optimismo. Los vaqueros que Pedro Sánchez llevaba otro día eran espantosos y baratos, eso sí lo percibí, lo que me dio paz porque le conferían pinta de hombre normal. Iba con ellos puestos cuando una mujer maravillosa con modos de cupletista le llamó “Pedra”. Fue muy gracioso pero yo no pude reírme porque últimamente no sé ni qué siento.
“Las más importantes del país”. “Cruciales para el futuro de Oriente Próximo”. “Encrucijada histórica”. Israel celebra este martes unas elecciones, las primeras desde los ataques de Hamás de octubre de 2023, que han recibido muchos adjetivos porque son decisivas. El primer ministro, Benjamín Netanyahu, se juega en ellas su futuro —político y personal—, tras finalizar, contra todo pronóstico, una legislatura de cuatro años a la cabeza de la coalición más a la derecha de la historia del país.
Los colegios electorales israelíes están a menos de 10 kilómetros de la tienda de campaña de la familia Adnan, en Al Mawasi, en el sur de la franja de Gaza, donde viven decenas de miles de desplazados. Pero el destino de esta familia y el de dos millones de palestinos que desde hace tres años han sido diezmados por las bombas, obligados a salir de sus casas y hundidos en una miseria sin futuro están totalmente ausentes en los discursos de los candidatos de las elecciones legislativas israelíes del martes.
Cuando ETA anunció, el 20 de octubre de 2011, el “cese definitivo” de la violencia terrorista, 703 de sus miembros estaban encarcelados. Tres lustros después, ese número se ha reducido a 110 presos etarras ―un 85% menos― tras la salida de la cárcel el pasado 13 de octubre de Roberto Lebrero Panizo, el último hasta ahora en quedar en libertad. Un acusado descenso del número de reclusos que, sin embargo, refleja solo una parte de la profunda transformación que ha vivido este colectivo desde que la organización terrorista anunció que abandonaba las armas.

Los precios desbocados están poniendo en riesgo la llegada y permanencia de investigadores a las grandes ciudades como Madrid. Una de las principales causas es la crisis habitacional, como reconoce el Plan Regional de Investigación 2026-2029, que dedica una frase al alojamiento de enorme calado: “El elevado coste de la vida, especialmente de la vivienda, puede dificultar la atracción de personal investigador si no hay apoyos económicos suficientes”. Estas palabras se convierten en historias en las tiendas de la Puerta del Sol, donde en las últimas semanas han dormido algunos científicos en protesta por la precariedad que les dificulta pagar un techo, y que se han encontrado con la indiferencia de la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, que llegó a decir que los acampados estaban ligados al terrorismo.



Jaime Martínez Porro (Palencia, 37 años) llegó a Berlín hace una década para estudiar el Irán antiguo, su especialidad académica. Terminó dedicándose también a la política e incluso entrando en la dirección de Die Linke, el partido de la izquierda radical que hace solo dos años parecía condenado a desaparecer y hoy se dispone a gobernar la capital alemana tras ganar las elecciones regionales de septiembre.

La huelga de educación de la Comunidad de Madrid llega a su tercera semana sin que ni siquiera haya empezado una negociación entre los profesores de las enseñanzas no universitarias y la Consejería de Educación. Miles de profesores —en Madrid hay unos 65.000, según datos de 2024 del Ministerio de Educación— han secundado la huelga indefinida desde que comenzó el 14 de octubre. En las escuelas se mantienen los servicios mínimos, y las clases pueden sufrir alteraciones dependiendo de cada centro. Estos son los seis puntos principales que los profesores reclaman:
El objetivo es el confort y la sostenibilidad. Lograr que la temperatura de las viviendas oscile entre los 19 y los 27 grados, intervalo térmico en el que no haría falta el uso de aparatos de refrigeración o calefacción. Pero los arquitectos se debaten entre dos modelos diametralmente diferentes.

Marta Tello es una farmacéutica de 23 años que trabaja en una oficina de Algete (Madrid). Hace seis meses, cuando completaba su formación en un equipo de atención primaria en Sevilla, se topó con un caso clínico que recordará durante toda la carrera profesional que ahora empieza: “Esta persona tomaba 18 medicamentos distintos, algo llamativo incluso para alguien de 80 años con varias patologías de base. Analizando el caso, detectamos algunas cascadas terapéuticas que convenía revisar”, afirma.

