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El 15 de marzo, Herbert Sigarán cumplió 51 años. Pero en su casa de Dallas nadie celebró. Su esposa, Karla, le consultó unos días antes si quería por lo menos un pastel. Él contestó sin ganas, pero categórico. “No, no. Yo no quiero nada. Yo lo único que quiero es saber de mi hijo. Ya va a ser un año desde que se lo llevaron”.
Fueron una fiesta del cine, sí, pero los de este domingo tampoco fueron los Oscar de la política ni del compromiso. Ni los 14 caóticos meses del mandato de Donald Trump, ni la reciente guerra con Irán, ni los enquistados conflictos en Ucrania o Palestina, ni siquiera la futurible fusión de Paramount y Warner, tan de la industria, fueron más fuertes que el glamur de Hollywood y que el propio cine en la 98ª gala de los premios. Hubo chascarrillos y referencias veladas, pero pocos mensajes explícitos. El nombre del presidente del país ni siquiera se pronunció en una fiesta en la que Una batalla tras otra se alzó como ganadora absoluta con seis premios, entre ellos los más gordos: mejor película y dirección, además de guion adaptado, actor de reparto (Sean Penn), edición y el nuevo de casting.
La regulación de los precios del alquiler cumple este lunes dos años de aplicación habiendo alcanzado por ahora su objetivo principal: frenar la subida descontrolada de los arrendamientos en Cataluña. Los datos de Generalitat, obtenidos a través de las fianzas depositadas por los caseros en el Incasòl, muestran que los precios de los pisos ubicados en las zonas en las que se han impuesto topes han aumentado un 0,8% durante la vigencia de esa norma, por debajo de la inflación. Sin embargo, la medida no ha estado exenta de efectos secundarios. El sector advierte de que hay menos oferta nueva de vivienda en alquiler y de una desviación de muchos pisos a otras finalidades, como el alquiler de temporada o la venta.
En una de las escenas más icónicas del cine español, de la película Amanece que no es poco (1989), alguien grita: “¡Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario!”. Hace más de 30 años, en un pequeño despacho de la Universidad Politécnica de Cataluña, dos estudiantes de doctorado —uno apasionado de la biología, el otro de la física— comenzaron a intercambiar problemas para atraer al otro a su terreno. Uno de esos problemas decía que si la vida en la Tierra hubiera seguido su curso inicial, hoy no habría humanos, ni animales, ni plantas, ni cualquier forma de vida compleja; solo microbios. En ese problema no todo podía ser contingente; tenía que haber un paso necesario que, sin embargo, nadie había conseguido definir.


El parque del Retiro es muchas cosas. Es el pulmón verde del centro de Madrid, es uno de los puntos más turísticos de la capital ―unas 50.000 personas lo visitan a diario― es escenario de eventos multitudinarios, como la Feria del Libro, es un oasis de biodiversidad y es un respiro en los tórridos días de verano. Cuidarlo y protegerlo, por tanto, requiere mimo y políticas específicas. En 2025, el Ayuntamiento presentó para ello un plan director, una especie de hoja de ruta a aplicar en la próxima década. Este documento requiere el visto bueno de la Unesco, porque El Retiro fue declarado Patrimonio Mundial en 2021. Un duro informe de un órgano asesor de la entidad internacional, del pasado noviembre y al que ha tenido acceso EL PAÍS, critica que el programa municipal es incompleto y exigen al Consistorio revisarlo porque no aborda la masificación turística, no han contado con los ciudadanos en el proceso, se habla de edificios, monumentos o estanques de forma “bastante marginal”, y se han llevado a cabo restauraciones “altamente problemáticas”, entre otras faltas de calado.

Galicia, 1988. Un inspector de Educación escucha a un maestro rural maravillado por el talento matemático de una de sus alumnas. El profesor cree que hay que apoyar a aquella brillante niña de 10 años. Su interlocutor le pregunta dónde vive la cría. Tras saber que es vecina de Artes, una pequeña parroquia del municipio marinero de Ribeira (A Coruña), el funcionario dicta sentencia: “Con que sepa las cuatro reglas es suficiente”. La escolar se llamaba Rosa Crujeiras Casais y acaba de ser elegida rectora de la Universidad de Santiago (USC) porque su familia y el maestro ignoraron el veredicto.

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David Moragas (Almoster, Tarragona, 33 años) no se conforma con la imagen de la homosexualidad que ofrece la ficción actual. Su segunda película, Un altre home, se adentra en una Barcelona gentrificada a través de varios personajes gais anclados en lo real. Se acaba de estrenar en el Festival de Málaga y esta semana inaugura el D’A de Barcelona, antes de llegar a los cines el 26 de marzo. También ha publicado Fervor (Letras de Plata en castellano, La Magrana en catalán), una novela que arranca con un flechazo en una charla de Eva Illouz en el CCCB y recorre las formas del amor gay en la Barcelona de hoy. Nos recibe en su casa, cerca de la Sagrada Familia, donde acaba de instalarse con su novio.

Un informe presentado la pasada semana ante Naciones Unidas por un grupo internacional de expertos lanzó una advertencia que América Latina no debería ignorar. Según sus conclusiones, existen “motivos razonables” para creer que en El Salvador se han cometido crímenes de lesa humanidad en el marco del régimen de excepción instaurado por Nayib Bukele en 2022 para combatir a las pandillas.

Hace unas semanas, en el vagón de metro en el que yo viajaba entró un hombre y alzó la voz. Todos esperábamos escuchar una tímida disculpa, una historia de paro e indigencia y una petición sumisa de unas monedas. Pero no. El hombre, digo, alzó la voz y proclamó enérgicamente: “No les voy a pedir dinero. Sólo les voy a pedir que levanten la cabeza de sus teléfonos móviles y me digan buenos días”. Naturalmente, se trataba de una demanda imposible: la de que al mismo tiempo reconociéramos y negáramos con la mirada su existencia; la de que nos atreviéramos a mirarlo y a borrarlo del mundo con los mismos ojos y en el mismo gesto. El hombre, en realidad, lo sabía y solo quería ponernos en aprietos; era su pequeña revancha de humillado social. Porque hace falta, en efecto, un coraje mayúsculo, un coraje de sobrehumano campeón del mal para dar sólo los buenos días a un hombre que pide pan. “La única manera de testimoniar respeto a un hombre que sufre hambre”, escribía Simone Weil en 1943, “es darle de comer”. La única manera, sí, de reconocer la existencia de un hombre que sufre es aliviar su sufrimiento. Sólo un sádico sin entrañas se atrevería a mirar a los ojos a un hombre débil y desarmado y solo antes de matarlo.