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Estamos en dificultades. Eso es una buena señal. Si no lo estuviéramos, nunca cambiaríamos nada. Y construir Europa significa cambiar cosas (Jean Monnet)

De entre todas las realidades que nos condicionan, la menos nombrada en los últimos años es la clase. Haga usted la prueba: busque en cualquier medio piezas centradas en cuestiones generacionales, raciales, de diferencia u orientación sexual. Cuéntelas y compare su número con aquellas que hablan de ricos y pobres.
Ver a los políticos discutir de cargas virales, confinamientos obligatorios y números de reproducción básica (R0) me llena de ternura. Incluso si un político insinúa que Pedro Sánchez es capaz de provocar una epidemia, está planteando una cuestión interesante, porque ¿cómo se hace eso? Que un brote de hantavirus se politice no es malo en sí mismo. Es solo que yo preferiría que la discusión política fuera otra: ¿cuántos recursos deberíamos dedicar al estudio de los virus potencialmente peligrosos? ¿Qué tipo de proyectos de investigación debemos apoyar? ¿Cómo atraer inversión privada a esos proyectos? Si los políticos están tan preocupados por el hantavirus como aparentan estos días, que empiecen a buscar la pasta.
Uno de mis parientes más jóvenes viene a cenar a casa. Se concentra en el camión de juguete que le regalo, se mantiene en un silencio tozudo. Cuando terminamos de cenar le digo que vayamos a mi estudio. Se levanta, pide que le dé la mano para atravesar el pasillo. Ya en el estudio, le muestro libros de mi infancia, de esos que llaman pop up y despliegan figuras en tres dimensiones. Él pasa las páginas mirando construcciones de papel que tienen más de 50 años, ajadas por el toqueteo de mis manos infantiles, un rastro fósil que no puede percibir. Bajo de un placard un perro de plástico blando, Pluto, con el que aparezco en una foto, tomada en la galería de la casa de mi abuela alemana, a los dos años. Un perro que tiene mi edad. Le toca las orejas, habla como un loro: leeme ese cuento, quién es el señor de esa foto (no sé cómo explicarle que la única foto que hay en mi estudio es de mi editor uruguayo, Homero Alsina Thevenet, entonces le digo que era mi maestro). De pronto mira un libro viejo que está en un estante. Lo señala. Se lo acerco. Le digo: “Es el Struwwelpeter, me lo contaba tu bisabuela”. Pasa las páginas, acaricia la melena de ese muchacho que se negaba a cortarse el pelo y las uñas. Dice. “Contame”. No sé alemán, recuerdo la historia porque mi abuela me la tradujo cientos de veces. La dulcifico, no le digo que el muchacho terminó con los dedos mutilados por negarse a un corte de uñas. Él se sienta en mi regazo en un movimiento inesperado y conmovedor. ¿Por qué se acerca así, como si yo le perteneciera? Me pregunto si este pequeño instante quedará grabado en sus recuerdos como quedará en los míos. Ese lazo de sangre y memoria, yo contándole el cuento que me contaba mi abuela. Le digo que hay helado, pregunta si es de chocolate, le digo que sí. Se baja de mi regazo, me extiende la mano y vamos juntos por el pasillo, atravesando las grandes, las hermosas aguas, hacia nuestros futuros inciertos.
Al caer la tarde, cuando las oficinas de la Unión Europea empiezan a vaciarse, brotan en las calles de Bruselas, decenas, cientos de bolsas de basura de colores. Algunas permanecen alineadas con disciplina geométrica frente a las fachadas de las casas. Otras, medio abiertas, dejan escapar una porción de pizza, un pañal sucio, un montón de cartones o las mondaduras de patata que alguien acaba de despachar. En algunos barrios, los cuervos o los ratones llegan antes que los camiones de la basura que pescan las bolsas azules, amarillas, blancas o naranjas en las calles de Bruselas, una ciudad sin contenedores al uso.
En el Open de Australia de este año 2026, se pudo ver al tenista español Carlos Alcaraz quitarse, en pleno partido, una pulsera inteligente que monitorizaba variables como la frecuencia cardíaca, la respiración, la temperatura o la calidad del sueño. En el deporte profesional es común el uso de datos e indicadores que permitan tomar mejores decisiones. Sin embargo, a veces se plantea el dilema de si más datos permiten entrenar y competir mejor. Este planteamiento también es muy relevante para la población en general. En la actualidad, cualquier persona puede registrar muchos datos mientras camina, corre o va al gimnasio, pero sin un valor claro de su utilidad, la abundancia de información puede derivar en todo lo contrario: entrenamiento inadecuado o, lo que es peor, la imposibilidad de controlarlo todo.
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Clara Chappaz (Paris, 1989) es la embajadora de Francia para Asuntos Digitales e Inteligencia Artificial (IA), exministra del ramo hasta el pasado mes de octubre. En diciembre, el presidente francés, Emmanuel Macron, le encargó la misión de lograr un consenso internacional para avanzar en una regulación sobre la protección de los menores ante los riesgos de las redes sociales. Francia va a prohibirlas a los menores de 15 años a partir de septiembre, cuando se acabe de tramitar la ley en curso. Será el primer país de Europa en hacerlo, el segundo en el mundo, tras Australia. “En un contexto geopolítico convulso, si hay algo que consigue reunirnos en torno a una mesa es la protección de los menores”, dice.
Como ya es sabido, los ritmos de la justicia son muchas veces imprevisibles, lo cual no merma las consecuencias de sus decisiones, sino que en ocasiones las acrecienta. Uno de los fallos más importantes que tiene pendiente el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) es el relativo a las impugnaciones del Tribunal de Cuentas y la Audiencia Nacional contra la aplicación de la ley de amnistía al líder de Junts, Carles Puigdemont, y otros impulsores del proceso independentista catalán. La cuenta atrás empezó en septiembre de 2024, cuando se presentaron en Luxemburgo —sede de aquel tribunal— las correspondientes cuestiones prejudiciales sobre el caso.