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Los casos de corrupción no dan tregua al Gobierno de Javier Milei. El jefe del Gabinete de ministros, Manuel Adorni, reapareció este lunes ante la prensa local y negó haberse enriquecido ilícitamente, pero apenas minutos después de sus palabras se conocieron nuevos avances en la causa judicial que lo investiga: un proveedor declaró que Adorni le pagó 245.000 dólares en efectivo y sin factura por lujosas refacciones en una de las propiedades que adquirió desde que es funcionario público. Mientras tanto, un nuevo escándalo llegó a los tribunales por millonarios gastos irregulares detectados en la empresa Nucleoeléctrica Argentina, la firma que opera las centrales nucleares de Argentina. Entre las erogaciones figuran pagos por hoteles cinco estrellas, servicios de playa, peluquerías, bares, tiendas libres de impuestos y retiros de efectivo.
El caso mascarillas queda estos días visto para sentencia. En el centro, José Luis Ábalos, acusado de cobrar mordidas por contratos en plena pandemia. Exministro, ex número tres del PSOE y hombre de confianza de Pedro Sánchez, se enfrenta a 24 años de cárcel. La clave: si usó su poder para adjudicar a cambio de comisiones. Un patrón conocido… en uno de los momentos más críticos para el Gobierno.

Alrededor de las seis y media de la mañana del pasado 28 de octubre Miguel Barreno López, ciudadano español, se dirigía en su coche a la fábrica de comida india en la que trabajaba cerca de la ciudad de Carol Stream, a las afueras de Chicago. Lo acompañaban tres personas más, todas ellas nicaragüenses. De repente, se les acercó un vehículo y los obligó a parar. Barreno intuyó enseguida lo que estaba pasando. “Estos no son de la policía”, pensó para sus adentros. Eran agentes del ICE (el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, por sus siglas en inglés), las unidades parapoliciales a las que la Administración del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dado carta blanca para perseguir y detener a extranjeros en situación irregular. Así comenzó “un infierno” cuya salida empezó a entrever tras denunciar su abandono en una llamada telefónica a EL PÁIS.

El mundo energético es otro desde hace dos meses. El mercado del crudo ha pasado de un excedente sustancial, que obligaba al cartel de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) a mantener a raya sus propios bombeos para evitar que los precios cayesen, a una situación de lo más crítica: de la noche a la mañana, con el cierre del estrecho de Ormuz, ha desaparecido casi un quinto de la producción mundial. Prácticamente la mitad de esa cantidad se ha compensado, tanto por el aumento de los envíos a través de los pocos oleoductos que conectan los países del golfo Pérsico con el exterior como por los aún incipientes aumentos de producción en colosos fósiles ajenos a esa región. Pero el faltante sigue siendo enorme.
“Los protagonistas de 1914 eran como sonámbulos, vigilantes pero ciegos, angustiados por los sueños, pero inconscientes ante la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo”. Así presentaba Christopher Clark Sonámbulos, magnífica obra sobre cómo Europa fue hacia la Gran Guerra. El libro recorre con minuciosidad ese cómo, escudriñando los movimientos de los diferentes líderes políticos y sus mensajes inexactos, que buscaban atraer la opinión pública de sus países y contribuyeron a una locura colectiva donde miles de personas vitoreaban la guerra antes de la guerra, todavía ajenos a su horror. La suma de decisiones y acciones de un momento, alimentadas durante años con miedo, inseguridad y venganza, abrieron paso al odio y terminaron desencadenando la guerra.
Me pregunto a qué se refería exactamente el que fuera ministro de Transportes cuando dijo ayer que le duele ser carne de memes porque él, a la señora que fue beneficiaria de su trato de favor, “la quería”. La misma pregunta me sobrevino cuando el presidente del Gobierno que le dio una cartera paró el tiempo al grito de “soy un hombre enamorado”. En el caso de Sánchez, puedo llegar a comprender que duela ver a tu esposa asfixiada bajo el rodillo del lawfare; me cuesta más entender la relación que establece su exministro entre cariño y delito, aunque ya Julio Iglesias intentase relacionarlos cantando “por el amor de una mujer jugué con fuego sin saber que era yo quien se quemaba”. Está en cualquier caso muy feo usar a otra persona como escudo y es pecado capital tomar el nombre del afecto verdadero en vano. La cuarta ola feminista nos ha enseñado que si un hombre la caga, la culpa es exclusivamente de ese hombre. Aunque, claro, la citada ola no entró en los asadores, en los reservados ni en los despachos con puerta blindada y además cuando el demonio se queda sin recursos tira de tretas más viejas que el hilo negro: miren si no a Rajoy abusar en las Kitchen Sessions de esos lapsus linguae que tanta gracia le hacen a la España que se quiere ir de cañas con él. Qué simpático. Precisamente un compañero de Gabinete suyo, Álvarez-Cascos, que como Ábalos portó la cartera que concede obras, argumentó una vez en un juicio por apropiación indebida que un grupo político le pagó la Copa Davis a sus hijos “porque tener una imagen de familia es un activo”. Cascos, con su gesto adusto, rayano siempre en la ira, es similar físicamente a Ábalos, quien a su vez guarda un parecido poético con un cuadro de George Frederick Watts titulado Mammon. Representa al dios de la corrupción. Todos los que han traicionado a su mujer y metido la mano en el saco prohibido saben que es preferible ser carne de memes que correr por el patio de la prisión.

A Carmen Romero (Sevilla, 79 años) no paran de reclamarla para que participe en actos de las agrupaciones del PSOE en la campaña andaluza. Romero fue miembro de la Federación de Enseñanza de UGT, diputada por Cádiz (1989-2004) y eurodiputada (2009-2014). Estuvo casada con el expresidente del Gobierno Felipe González. Cree que la derecha se aprovecha de las críticas de González y Alfonso Guerra contra el presidente Pedro Sánchez. “La derecha utiliza esta situación. Ellos ven que hay una división, una actuación particular de algunos líderes en contra de Pedro Sánchez y es evidente que lo utilizan”.


El presidente estadounidense anunció el 21 de abril en redes sociales una nueva prórroga, poco antes de que expirara el alto el fuego entre Estados Unidos e Irán. En el mensaje nombró a las personas clave que habían trabajado para salvar la partida al borde del abismo: “A petición del mariscal de campo Asim Munir y del primer ministro Shehbaz Sharif, de Pakistán, se nos ha solicitado que suspendamos nuestro ataque contra Irán hasta que sus líderes y representantes puedan presentar una propuesta unificada”.
Hacía casi tres años que Vladímir Putin no daba un beso a un niño en público. El pasado 27 de abril, en medio de una ola inédita de ―suaves— críticas sobre la situación del país, el presidente ruso repetía un gesto de cercanía al pueblo que no practicaba desde la rebelión del Grupo Wagner en junio de 2023. El líder ruso besaba en la frente y sonreía a una pequeña gimnasta cuando sus índices de aprobación caían a su nivel más bajo desde el inicio de su ofensiva sobre Ucrania. Tres días después abrazaba a otra niña en público. El apoyo al mandatario sigue siendo masivo, pero su descenso es remarcable desde que se visibilizó la crisis económica el año pasado y la situación tiene visos de empeorar.