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La brecha entre la ciudad y el campo es hoy tan evidente que puede expresarse en mundos y contarse en décadas. A nuestros efectos, existe desde siempre, pero en estos años ha alcanzado unas dimensiones ontológicas.
“El tiempo humano es diferente que el tiempo histórico”, concluye el historiador Serhii Plokhy, al afirmar que un día la guerra en su país natal, Ucrania, acabará, a la vez que enfoca la invasión rusa desde la visión de la agonía de los grandes imperios: cuando empiezan a desmoronarse, no aceptan su caída final y suelen prolongarla. En el cuarto aniversario de la invasión rusa de Ucrania, este profesor de Harvard se declara pesimista en relación al futuro más inmediato, pero optimista a largo plazo. “La guerra ha mostrado que existe una decidida y fuerte sociedad civil ucrania, capaz de resistir y de existir por sí misma”, comenta hablando de su último libro, David y Goliat, cuyo simbólico título asimismo alude a la fe que la fuerza bruta, incluso si predomina, no es suficiente para obtener una victoria.

La Constitución de 1978 es ya la más longeva. Como la fecha exacta es de cálculo impreciso, el Congreso cuadró agendas y convocó el 17 de febrero una sesión conjunta con el Senado presidida por el Rey. Acudieron autoridades históricas y actuales, y Felipe VI subrayó que el secreto de la longevidad constitucional eran sus credenciales democráticas. Santiago Abascal, que prefirió una reunión de Patriotas por Europa, se perdió la fiesta. El líder de Vox reparte carnets de constitucionalidad, pero desprecia el respeto institucional y ya es habitual en lo de saltarse celebraciones constitucionales o plantar al Rey.
Uno de los gestos más poco saludables incorporados a nuestras vidas es mirar el teléfono antes de ir a dormir. Una especie de regalo, al acabar cualquier día agotador: dejarse arrastrar de reel en reel, de un vídeo de TikTok al siguiente, de un tuit a otro. “Pasa sobre todo cuando no tienes un buen libro que leer”, comparte un buen amigo, que está a un paso de eliminar todas las redes del móvil. Un reto en el que todos hemos fracasado alguna vez. Try again, fail again, fail better, decía Samuel Beckett. Pero lo cierto es que, como contó Eudald Espluga en su libro No seas tu mismo (Paidós), ser adicto a las redes no es una elección personal, sino el resultado de un capitalismo salvaje de plataformas. Recuperar nuestras vidas y nuestra atención no es una decisión individual, aunque a veces nos engañemos y pensemos que la libertad está a nuestro alcance.

Susana vive en Ciudad Lineal, el distrito madrileño al que la mayoría de sus residentes les corresponde ser atendidos en el Hospital Ramón y Cajal, pero para el que no tienen un transporte público directo, siendo obligados a realizar varios transbordos en un trayecto que supera en muchas ocasiones los 60 minutos. Siempre ha padecido esta situación, aunque desde que es paciente oncológica, a raíz de ser diagnosticada de cáncer de cérvix, la sufre más. Todavía recuerda la odisea para recibir sus 72 sesiones de radioterapia. “El servicio de ambulancia funcionaba muy mal y tenía que montarme en el metro hasta poder subirme al autobús que me dejaba en el centro sanitario. Estaba inmunodeprimida en medio de una marea de gente”, recuerda la mujer de 43 años, que prefiere no ser identificada para afrontar su enfermedad con discreción. La situación no ha cambiado, pese a que el alcalde de la capital, José Luis Martínez-Almeida, se comprometió a atajar el problema.


El Gobierno de España ha acordado declarar la iglesia de San Francisco de Asís de Vitoria como lugar de memoria por los graves sucesos ocurridos hace medio siglo, el 3 de marzo de 1976, en los que fallecieron cinco personas y cerca de medio centenar resultaron heridas tras una brutal carga policial contra varios miles de trabajadores que estaban celebrando una asamblea en el citado tempo. Ese día, a las 17.10, policías armados de la Compañía de Reserva de Miranda de Ebro (Burgos) y de la guarnición de Vitoria penetraron en la parroquia, ubicada en el barrio de Zaramaga de la capital alavesa, usando gases lacrimógenos para desalojar a 4.000 trabajadores en huelga allí reunidos. Los trabajadores empezaron a salir y, a pocos metros de la puerta de la parroquia algunos fueron alcanzados por pelotas de goma y disparos de armas de fuego. Todo acabó en una matanza sin precedentes en los primeros años de la Transición española.

“Ha sido un proceso frustrante y fracturante”. Así define Tiago Ferreira, representante de las asociaciones de familias (Affac) el debate en el seno del Consell d’Educació de Catalunya sobre el decreto que debe regular la Formación Profesional online. Tras siete sesiones y más de un centenar de enmiendas, el ente tiene preparado un dictamen, que será llevado a votación el martes, en el que pide suprimir uno de los pilares de la futura normativa: que los centros privados catalanes solo puedan realizar los exámenes finales presenciales en Cataluña. Las patronales han logrado hacer valer su criterio, en contra de la posición de sindicatos y familias, pero también de Educación.

Amr Mahmoud, de cuatro años, baila agarrando un farol de Ramadán roto que su familia rescató de los escombros de su casa destruida en Jan Yunis, en el sur de la franja de Gaza. Este farol decorativo, que se usa para iluminar calles y hogares durante el mes sagrado para los musulmanes, ya no se enciende ni emite música: solo conserva la carcasa de plástico. Aun así, Amr y el corro de niños que lo rodean irradian alegría pura mientras celebran el Ramadán, que comenzó el pasado 17 de febrero. Es el único juguete que tienen.

En dos segundos cambia todo para la protagonista cuando ve el condón en el suelo y que él sigue con la penetración. La cámara se fija sobre su mirada y en ese corto espacio de tiempo se concentra el miedo y la parálisis que no le permiten decodificar una infinidad de preguntas. La relación sexual sigue y los dos llegan al orgasmo. Pero todo ha cambiado para siempre. ¿Dónde está ese chico tan majo con el que ligó la noche anterior y que sí se dejó el condón hasta el final?

Juan de Mairena, el personaje creado por Antonio Machado, venía a decir que había dos maneras ideales de concebir la enseñanza. Por un lado, estaría la Escuela Superior de Sabiduría Popular; por otro, la Escuela Popular de Sabiduría Superior. Rafael Sánchez Ferlosio, con su habitual sorna, describió a la primera como un populismo caro y a la segunda como un elitismo barato. Tanto Ferlosio como Antonio Machado —vía Mairena— preferían la Escuela Popular de Sabiduría Superior a la Escuela Superior de Sabiduría Popular.
