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“Los hombres quieren su prepucio de vuelta”, titula Bianca Bosker a un artículo publicado en The Cut en el que habla del caso de un hombre llamado David Floyd, que a través de diferentes foros descubrió el concepto de “restauración prepucial” (foreskin restoration, en inglés). Al cumplir 18 años se compró un TLC Tugger, un dispositivo médico no quirúrgico diseñado para la restauración del prepucio (utiliza silicona y tensión para estirar la piel residual del pene y promueve el crecimiento de nuevo tejido). Esta es una opción popular para hombres que buscan recrear el prepucio tras una circuncisión. Pero no fue suficiente. A lo largo de los años, intentó todo tipo de fórmulas para recuperar su prepucio hasta que el pasado invierno, decidió pasar por el quirófano abogando por la cirugía experimental. Asegura que cuando tuvo relaciones con su marido tras la operación, lloró de la emoción.
Lo bueno de tener una infancia con poca oferta de ocio es que los niños de los ochenta y noventa crecimos todos con los mismos referentes. Nuestros hijos ahora pueden tirarse media hora mirando menús de plataformas para elegir una serie o una película y, al final, acabar estresados con tanta oferta. Nosotros teníamos suerte si en verano o por Navidad se estrenaba alguna película mínimamente interesante que pensara en nosotros como público principal. Por lo tanto, es normal que los cuarentones queramos transmitir a nuestros hijos la magia que vivimos con esas historias de niños en bicicleta, aventurillas con misterio y unos filtros de supervisión adulta muy benignos.










La crisis por el brote del virus de los Andes en el crucero antártico MV Hondius empezó el 20 de marzo, cuando unas 170 personas embarcaron en Ushuaia (Argentina) para disfrutar de una expedición por las aguas antárticas en un buque reforzado para el hielo. Un mes y medio después, se ha convertido en un problema de salud pública focalizado por ahora en un barco, y con riesgos de contagio reducidos entre humanos, que no debería dejar espacio para los egoísmos nacionales en cuestiones de salud pública, y debería servir para mejorar la coordinación ante brotes como este.
Sole era, ante todo, solidez. No solo por su nombre, sino por su forma de estar en el mundo y de ejercer el periodismo. No hablaba por hablar. Hablaba cuando tenía algo que aportar y entonces decía exactamente lo que quería decir, con una precisión que hoy resulta casi excepcional, midiendo cada sílaba con la exactitud de quien sabe que el lenguaje es la herramienta más sagrada y, a la vez, más peligrosa de la convivencia. Tenía esa virtud casi mística de atinar siempre con la esencia del asunto, de ir directa al centro de la noticia sin perderse jamás en el decorado. En un tiempo dominado por la velocidad, la inmediatez y el exceso de opinión, Sole elegía la pausa, la reflexión y la razón.

Como casi todo el mundo, yo la conocía sobre todo de leerla. como corresponsal, como defensora del lector, como columnista en Ideas. Admiraba su claridad, rigor e inteligencia; el criterio a la hora de escoger los temas y las fuentes o datos para abordarlos; el peso de su trayectoria. Se había ganado la admiración de sus compañeros de Redacción y de profesión; era creíble y respetada por el público: tenía, como ha escrito Maruja Torres, auctoritas. Residía en su trabajo como periodista y en su forma de entender el oficio como servicio público, en su compromiso con el feminismo y en una visión izquierdista no sectaria; en su idea de que había que defender las instituciones y de que examinarlas y criticarlas era la mejor manera de cuidarlas.

Junto a muchos otros lectores, el pasado fin de semana me acerqué a celebrar el 50º cumpleaños de EL PAÍS al Matadero de Madrid. Allí conseguí un facsímil de su primer número, el del martes 4 de mayo de 1976, que nunca había visto impreso. Lo leí con detalle, fijándome en las cosas en las que habitualmente me fijo, como las ligerezas o el cambio social y tecnológico. Entre el reformismo institucional, las declaraciones editoriales, los atentados de ETA y la cobertura sobre el Sáhara, me entero de que a Félix Rodríguez de la Fuente se le había escapado un halcón valorado en un millón de pesetas: me imagino al equipo de El hombre y la tierra observando, literalmente, volar el dinero. Pero lo que más me llamó la atención fue que se dedicaran dos páginas a la cartelera de Madrid, y una y media a publicitar los estrenos del momento, como ¿Quién puede matar a un niño?, de Chicho Ibáñez Serrador. Solo en la zona de Gran Vía hay 22 cines, algo que me parece relativamente lógico, siendo el momento de esplendor de las salas y su principal núcleo en la capital. Pero también aparecen listadas ocho salas en Vallecas, o 18 entre Usera, Carabanchel y Latina, barrios del sur que hoy son casi eriales cinematográficos. En total, 144 cines en Madrid. También me entero de que en Usera se proyectan películas los domingos en la Asociación de Vecinos de Orcasitas, un edificio de ladrillo rojo que fue construido por los vecinos durante los fines de semana y que posee sala de reuniones, biblioteca y asesoría laboral, pero también retretes públicos y duchas para los asociados que no disponen de sanitarios en su casa. Los ciudadanos peleaban por tener los servicios mínimos en sus barrios; eran los años dorados del asociacionismo, y el periódico entrevistaba a sus líderes.
Mi primer recuerdo es el de una mañana de mucho sol. Debo tener tres años. En el corredor de la casa, la Mercedes Alvarado, la muchacha que ayuda a mi madre en todo, me alza de la batea donde me ha bañado, y me deposita sobre la tapa de la máquina de coser. Me seca, me envuelve en una sábana, y se va a botar el agua jabonosa sobre las plantas del patio.

El mundo parece decirnos que tenemos que trabajar más. Tenemos que hacerlo porque tenemos que cobrar más y necesitamos cobrar más para comprarnos más cosas. Porque tener cosas es genial. Tener cosas nos hace felices, exitosos, nos hace personas de bien. Por eso el trabajo dignifica, al parecer, porque tener cosas dignifica muchísimo. Te dignifica el coche de nosecuantos caballos que no vas a usar para ir a ningún lado, la tele gigante del salón frente a la que te vas a quedar dormido y el viaje nosedonde que solo vas a vivir a través de tus propios stories de Instagram. Hay que trabajar mucho y mejor para ganar mucho y mejor para tener muchas y mejores cosas. Este es el sistema que nos hemos montado. Un sistema en el que la felicidad está intrínseca e incuestionablemente relacionada a la producción. Quién produce, quien trabaja, tiene la posibilidad (aunque no la certeza) de ser feliz.
El despacho Equipo Económico, la firma asesora fundada por el exministro Cristóbal Montoro en 2006, ha presentado al juez de Tarragona Rubén Rus dos dictámenes periciales con los que intenta tumbar dos informes de los Mossos d’Esquadra y uno de la Agencia Tributaria que incriminan tanto a la asesoría fiscal como a sus socios en la supuesta trama urdida para conseguir reformas legales favorables a empresas durante los gobiernos de Mariano Rajoy a cambio de pagos millonarios. Los documentos, elaborados por el abogado Juan Manuel Herrero de Egaña, antiguo alto cargo en los gobiernos de José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Rajoy, concluyen que las acusaciones contenidas en estos tres informes incorporados al caso Montoro “carecen de fundamento sólido” y se apoyan en “premisas conceptuales incorrectas” e “interpretaciones erróneas” de la documentación presente en el sumario.