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“A lo mejor nuestros nietos ya no sabrán que existió la ketamina y solo hablarán de Spravato”. La investigadora cultural Marta Echaves (Arganzuela, Madrid, 35 años) tuvo un “mal augurio” cuando Estados Unidos aprobó en 2019 comercializar Spravato, un medicamento antidepresivo de esketamina —un derivado de la ketamina— en forma de spray nasal. Distribuido por la unidad farmacéutica de Johnson & Johnson’s, el spray que recuerda en su envase a un simpático cohete en miniatura cuesta entre 500 y 700 euros. La patente expirada de la ketamina como medicamento genérico apenas supera los 50 céntimos. “Con esa estrategia confirmé que cualquier estado de alteración de conciencia siempre acabará siendo un espacio de cooptación para la industria clínica”, cuenta esta licenciada en Filosofía graduada en el Programa de Estudios Independientes (PEI) del Macba el último año que lo dirigió Paul B. Preciado (“figura crucial en mi pensamiento”, señala).
El miércoles, a las 18.30 hora local, un cohete SLS, el más potente jamás construido, despegaba del Centro Espacial Kennedy, en Florida (EE UU) y ponía rumbo a la Luna. A bordo de una cápsula Orion, de más de tres metros de longitud y cinco de diámetro, cuatro astronautas —tres estadounidenses y un canadiense— tienen previsto dar la vuelta al satélite y regresar. Si lo logran, serán los primeros humanos en sobrevolarlo desde 1972. Es la segunda misión del programa Artemis, desarrollado por la Agencia Nacional del Espacio y la Atmósfera estadounidense (NASA) en cooperación con otras agencias espaciales (entre ellas, la Agencia Espacial Europea) cuyo objetivo es poner astronautas en el suelo lunar antes de 2028 y establecer allí una base permanente que sirva para misiones aún más ambiciosas, como un hipotético viaje a Marte.
1. Es difícil leer la política internacional cuando el primer plano, donde viene figurando Estados Unidos, lo ocupa un personaje delirante como Donald Trump, incapaz de sostener un argumento o definir una estrategia, de modo que nunca se sabe hasta dónde quiere llegar y menos todavía el modo de conseguirlo. La puesta en escena es conocida: el despliegue sin límites de una personalidad que transmite un ego desbordado por la necesidad de reconocimiento del que vive a distancia de la realidad, instalado en la autocomplacencia e incapaz de leer los límites: hasta dónde se puede llegar, hasta dónde pueden estar dispuestos a ceder los adversarios.
Un elemento común a los partidos políticos de la derecha y de la extrema derecha, de las organizaciones sociales racistas y de los grupos religiosos fundamentalistas es el rechazo a las personas migrantes y refugiadas, a quienes se demoniza y sobre las que se elabora el discurso del odio, que desemboca en xenofobia, racismo, aporofobia y, con frecuencia, en prácticas violentas. No se trata de un fenómeno marginal, sino que está muy presente en el imaginario colectivo y en no pocas prácticas políticas incluso de gobiernos democráticos, que tienden a identificar ciudadanía con país o Estado y niegan dicha ciudadanía y el ejercicio de los derechos cívicos a quienes no han nacido en el territorio al que llegan, aunque vivan, trabajen y generen riqueza en él.

Estos días en que se recuerda la muerte de Jesús en la cruz, y luego su resurrección, y las ciudades se llenan de procesiones y las cosas parecen tocadas por un manto religioso, es el momento de salir corriendo y buscar algunos páramos laicos donde también existen formas de tratar con la incómoda sombra de la muerte y celebrar la vida. Se ha vuelto a publicar hace no mucho Paseos con Robert Walser (Siruela), el libro de Carl Seelig donde cuenta las veces que acudió a Herisau, la capital del cantón suizo de Appenzell Ausserrhoden, para sacar a dar una vuelta a aquel extravagante escritor que estaba recluido allí en un manicomio. Se pasaban el día caminando, paraban a comer en alguna tasca o restaurante, bebían unas cervezas o vino, hablaban sobre libros y sobre la vida.

Los racistas siempre son esos descerebrados que gritan cánticos idiotas desde las gradas, esos que no ven en el espejo que son más moros que rubios noruegos. Ocho siglos de presencia musulmana en España bien que debieron dejar algún que otro rastro genético, pero el que se cree distinto del musulmán que no bote también vive en la fantasía de la pureza racial. “El problema no es que vinieran; es que luego se quedaron”, me soltó una vez un escritor justo antes de entrar a compartir mesa en un festival literario de enorme prestigio. Con el pelo más oscuro que el de todos mis abuelos juntos y la tez aceitunada, se expresó así en una catedral del debate intelectual. Y se quedó tan ancho. El clasismo dice que los racistas son siempre los pobres porque es ignorancia y no ideología. Qué más quisiera.
El 5 de julio de 2001, Loana Petrucciani, ganadora de Loft Story, el primer programa de telerrealidad emitido en Francia, recorre triunfante la Avenida de la Grande-Armée a bordo de un coche. Tiene medio cuerpo fuera de la ventanilla trasera y reparte saludos, en una escena digna de una noche de Copa del Mundo. No solo la final del programa reúne esa día a 12 millones de telespectadores, sino que miles de fans esperan a la bailarina gogó de 23 años en las calles de París para festejar su salida de la casa donde lleva encerrada junto a otros 10 solteros desde el mes de abril, filmada las 24 horas del día por 26 cámaras. Horas antes del desenlace del programa, el nuevo ícono de la televisión gala dirá, con una voz infantil que la caracterizaba y contrastaba con el carisma que desprendía, que lo único que desea es que su madre esté orgullosa de ella. Que haya gente que la quiera. Veinticinco años después, a finales de marzo, el cuerpo de la estrella del equivalente a la primera edición de Gran Hermano en España ―emitido un año antes― fue descubierto sin vida después de que unos vecinos alertaran del fuerte olor que emanaba su apartamento en Niza. Una muerte temprana, a los 48 años, en la más absoluta soledad y sin el amor que esperaba recibir la que fue seleccionada entre 13.000 candidatos para encarnar el arquetipo de la muñeca de plástico, inocente, y de extracción humilde.
En el verano de 2021, cuando se reabría el mundo al turismo tras el Gran Confinamiento, el escritor colombiano Juan Esteban Constaín llevó a sus hijas a visitar las catacumbas en Roma. Le impactó un detalle: la representación de Orfeo, uno de los héroes de la mitología griega, el hijo de Apolo que tocaba la lira para animales y humanos, y que intentó rescatar a su amada Eurídice en Hades, el reino de los muertos. “Lo que hacen los primeros cristianos es homologar a Orfeo con Cristo”, explica Constaín (Popayán, 46 años), historiador, novelista y ensayista. Orfeo también era un buen pastor y un salvador, alguien que desafiaba a la muerte. Entonces pensó en preparar un breve ensayo sobre la simbiosis entre el primer cristianismo y el paganismo que ocuparía, se dijo, unas 20 páginas. Al final han sido 554: el resultado se llama El hijo del hombre. Grecia, Roma y el nacimiento del cristianismo, y ha sido publicado por Debate.

Hay perfumes que, como los medicamentos, deberían estar sujetos a advertencia. Antes de usar Risvelium, por ejemplo, habría que avisar: puede provocar estados alterados de conciencia, estimulación mental y sobrecarga sensorial. Inspirada en la purificadora agua de Florida, esa versión americana del agua de colonia europea que escupen los chamanes de Bolivia y Perú en sus rituales de limpieza energética, la última fragancia de Orto Parisi está desde luego contraindicada en pieles sensibles a la incorrección política. Por si quedara alguna duda, consultemos al perfumero. “Sí, volvámonos locos, experimentemos. Tenemos que deshacernos de los miedos y abrirnos a nuevas experiencias”, responde a propósito de los efectos de su más reciente creación, con la que vuelve a demostrar que no hay fórmula mala o ingrediente inaceptable, solo codicia y adocenamiento. “He probado el perfume que acaba de lanzar Prada en el duty free del aeropuerto y no entiendo nada. Han gastado millones en lanzar un producto indistinguible de los miles que ya hay en el mercado. Tienen dinero para hacer cualquier cosa, pero, cazzo, van y se tiran a lo más aburrido y comercial”, lamenta. Porque según el instinto olfativo de Alessandro Gualtieri, todo es posible. Aunque huela raro.