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A los periodistas nos encanta hablar de periodismo en público y de otros periodistas en privado, pero no tanto del negocio que nos sostiene. Y eso que pocas cosas ayudan más a contextualizar la información que entender las condiciones materiales en las que se produce. El sector de los medios lleva años preocupado por su sostenibilidad, y las últimas noticias han agravado la ansiedad. Esta semana, han cerrado el grupo digital Noxvo, editor de cabeceras emblemáticas como eCartelera y Fórmula TV, y la versión en línea de la revista Pronto, que ha anunciado que se centrará en su edición en papel. Recientemente, otros medios han reestructurado equipos, realizado discretos despidos en puestos enfocados al tráfico o rescindido contratos con las empresas externas que les proporcionaban servicios de posicionamiento y redactaban “contenidos” rápidos y baratos. Estas son decisiones insólitas: los verticales especializados suelen ser resilientes gracias a su precariedad, hasta ahora eran las versiones analógicas de los medios las que cerraban (no las digitales), y si algo se ha priorizado últimamente han sido los grandes volúmenes de lectores ocasionales originados en buscadores.
Las declaraciones del Rey diciendo que en la conquista de América se produjeron abusos son de sentido común. También es razonable señalar, como hizo, que no podemos aspirar al conocimiento desde un “excesivo presentismo moral, sino con un análisis objetivo y riguroso”. En un proceso tan complejo, prolongado y lleno de contradicciones, violencia, alianzas, rupturas y desigualdades es evidente que se produjeron abusos.

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, está vivo. O eso parece, a pesar de los rumores. Todo comenzó la semana pasada con un vídeo en el que alguno creyó ver dedos de más, uno de los errores clásicos de la inteligencia artificial (IA), lo que dio pie a pensar que Netanyahu había muerto o había resultado herido durante un ataque iraní. El primer ministro publicó otros vídeos con el objetivo de desmentir dichos rumores, pero consiguió justo lo contrario: avivarlos. El más comentado fue uno del pasado domingo en una cafetería: varios detalles (la espuma del café, el bolsillo de la chaqueta) se interpretaron como indicios de que estábamos ante imágenes falsas.
Madrid se consolida como la capital mundial de la música latina. Por si alguien todavía lo dudaba, la ciudad está a punto de demostrarlo una vez más con los diez conciertos del artista puertorriqueño Bad Bunny en el Estadio Metropolitano este verano y con el anuncio del cierre de la gira Las mujeres ya no lloran de Shakira, que prevé otras diez actuaciones en la capital, según ha confirmado este miércoles el alcalde de Madrid, Jose Luis Martínez-Almeida. Para ello, la colombiana construirá un estadio que llevará su nombre en el polémico recinto Iberdrola Music, situado en el barrio de Villaverde.
El diplomático y político originario de la isla caribeña de Granada Simon Stiell (57 años) es desde agosto de 2022 el secretario ejecutivo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, el acuerdo que ha regido en los últimos 34 años los esfuerzos de todos los países del mundo por ponerle coto al calentamiento global. Concede esta entrevista por videoconferencia desde Bruselas, el corazón de una Unión Europea que esta semana debate cómo hacerle frente a los efectos de la guerra de EE UU e Israel contra Irán. Y la forma en la que los Veintisiete responden a la crisis energética vinculada a este conflicto está en el centro de la reunión del Consejo Europeo que se celebra estos jueves y viernes. Stiell aboga por que Europa, en vez de retroceder, acelere todavía más su transición para dejar atrás los combustibles fósiles, principales responsables del cambio climático.
El Papa León XIV y los Reyes son la última esperanza de las familias de los dos trabajadores españoles presos desde hace 14 meses en la siniestra cárcel de Black Beach, en Malabo. El Gobierno de Guinea Ecuatorial los detuvo en enero de 2025 en represalia por unas supuestas deficiencias en la instalación de la Televisión Digital Terrestre (TDT) de la empresa para la que trabajan.

Lo confieso: antes de escribir la primera frase de este artículo, he revisado los mensajes electrónicos tres veces, he consultado otras tantas el pronóstico del tiempo, he leído las noticias… He procrastinado, como se dice técnicamente cuando no paramos de aplazar algo. Como consuelo, sé que no soy la única. Todos podemos procrastinar actividades puntuales que, aunque podamos disfrutarlas, también requieren cierto esfuerzo, como hacer deporte, mantener una conversación difícil, terminar un informe complicado o, sencillamente, ordenar un armario siempre olvidado. Solo el 20% de los adultos presenta este comportamiento de forma sistemática ante cualquier tarea que implique un mínimo esfuerzo, según el psicólogo Joseph Ferrari, una de las mayores autoridades en la materia. Lo verdaderamente creativo son las excusas con las que justificamos la decisión: mañana tendré más ganas, todavía no sé lo suficiente para ponerme con ello y funciono mejor bajo presión, entre otras. Sin embargo, la procrastinación esconde mucho más de lo que aparenta.

“Me desnudé demasiado. No quiero ser ese señor tan desasosegado y preocupado que sale ahí”, dice José Luis Sastre (Alberic, Valencia, 42 años) señalando la página de su última entrevista en EL PAÍS hace dos años con motivo de su primer libro, Las frases robadas. Reflexiona sobre la cantidad de horas que trabaja. “Me hará envejecer mejor saber perder el tiempo. Miguel siempre me dice que para aprender a no hacer nada hay que sentarse y decir: sofá, radiador, piano, ventana, calle. No he llegado a ese punto, pero estoy en ello”, dice mientras pide un vaso de agua y toma asiento. Miguel es Miguel Maldonado, su compañero del podcast Sastre y Maldonado. “No nos conocíamos de nada. Si el podcast ha tenido algo especial es que ha sido la construcción de una amistad en directo”. Es lunes y está recién llegado de Valladolid, donde ha seguido las elecciones de Castilla y León con su programa de radio Hoy por Hoy, que dirige Ángels Barceló. Es columnista de EL PAÍS. Prepara nuevo programa en TVE, El juicio. Y publica ahora Plomo (Plaza&Janés), una novela sobre un policía que asume la escolta de una concejala amenazada de muerte. Una historia sobre dos héroes anónimos, de los cientos que hubo en el País Vasco bajo el terror de ETA de los que no se supo nunca el nombre salvo cuando se estampaba en una esquela. Puede ser, sin embargo, la historia de cualquier terrorismo al que se enfrenta alguien que bien se pudo ahorrar ponerse voluntariamente en la diana. Plomo no transcurre en ninguna época concreta, ni sale ningún nombre reconocible. Sí son reconocibles los atentados, sí es reconocible (mucho) la atmósfera.

Como todo en esta guerra, lo que un día parece seguro al día siguiente ya no lo es. Un reflejo de la inconstancia de la persona al mando, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y de la falta de planificación en su ofensiva contra Irán. Los kurdos no son una excepción: la opción de utilizar a estas milicias para abrir un frente terrestre, un plan que se filtró ―probablemente de forma intencionada― a varios medios estadounidenses, ha sido aparcado, según confirmó el republicano esta semana. No obstante, los grupos kurdoiraníes aseguran estar preparados para intervenir contra la República Islámica en el momento en que el régimen se debilite.
Ya solo queda un puñado, un número impreciso de calles y plazas con nombres asociados al régimen comunista de la República Democrática Alemana (RDA). Casi cuatro décadas después de la caída del Muro de Berlín en 1989, en Alemania se plantean qué hacer con ellas.