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Leproso. Qué brutalidad de palabra. Primero porque secuestra despectivamente a la persona bajo el nombre de una enfermedad, como si todo en ese individuo estuviera borrado por su padecimiento (no decimos canceroso, por ejemplo), y después porque se trata de una dolencia mítica, de un mal que se ha confundido durante siglos con el Mal como si tuviera algo demoniaco, de modo que las pobres víctimas del bacilo de Hansen (ese es el nombre técnico) no solo soportaban una dolencia atroz (dolorosa, deformante, mutiladora) y que fue incurable hasta 1981, sino que, por añadidura, sufrían un maltrato social espeluznante: han sido apaleados, perseguidos, expulsados del mundo, encerrados para siempre. Leproso. Un término traspasado por el sufrimiento.
Tenía un hoyuelo en la barbilla. Era presumido, a su manera, y no le perjudicaba que lo comparasen con Kirk Douglas. No nació con él. Iba a decir que no era natural, el hoyuelo, pero tampoco sería exacto. Una cicatriz de su época de niño vaquero, hecha con la voluntad de estilo propia de la naturaleza. Lo recordaba de tal manera que el hoyuelo tenía la forma de un cuento. Era hijo de Dominga, costurera, y Manuel, carpintero. Dominga enfermó y hubo que repartir la prole en casas familiares. A mi padre lo llevaron con sus abuelos campesinos. Estaba un día al cuidado de las vacas, cuando oyó que crujían las vigas del cielo. La primera vez que veía un avión y de qué manera. El bimotor volaba tan bajo, tan a ras, que mi padre aseguraba que, por un instante, cruzó la mirada con el piloto. Y la misma curiosidad tuvo la vaca que pacía a su lado. Levantó la testa y el pitón de un cuerno justo acertó en la barbilla del chaval. Cuando recobró el sentido, tenía el hoyuelo.
La cuenta de Donald Trump en la red social Truth no es solo una plataforma para sus anuncios o una ventana a su estado de ánimo; también funciona como un medidor volátil de su paciencia y de su incomodidad con ciertos temas. El de la guerra de Irán ha estado relativamente ausente de sus mensajes. Desde el inicio, hace dos semanas y un día, de la ofensiva conjunta con Israel, Trump ha escrito sobre todo de otros temas: entrevistas de hace semanas a rivales políticos, el Mundial de Fútbol o el gran enemigo en casa: el congresista republicano Thomas Massie.
El conflicto bélico en Oriente Próximo se ha convertido en un avispero para la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Le sucedió ya durante la guerra en Gaza y le ha vuelto a pasar ahora en Irán. La falta de un mínimo reproche a Estados Unidos e Israel por atacar a la República Islámica sin el amparo de la legalidad internacional, más el discurso del pasado lunes en el que daba por finiquitado el orden mundial basado en reglas, han reavivado el malestar, en Bruselas y otras capitales europeas, de quienes recelan desde hace tiempo de las timoratas palabras de la mandataria cada vez que andan por medio Washington o Tel Aviv.

La guerra en Irán y sus consecuencias para el mundo lo ocupan todo. Desde la campaña en Castilla y León, que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, cerró en Valladolid entre gritos de “no a la guerra” de los militantes socialistas, hasta la discusión interna en el Gobierno sobre las medidas para paliar sus efectos. Los ministros del PSOE y Sumar debaten la profundidad de la respuesta, y negocian con los socios porque no pueden permitirse el lujo de que el PP, Vox y Junts les vuelvan a tumbar un escudo social. Este martes probablemente habrá un primer bloque de medidas, en el que trabajaban varios ministerios este fin de semana.
Miles de chavales castellanos y leoneses andan ufanos estos días presumiendo de sus selfis con Santiago Abascal. Como antes en Aragón, y antes aún en Extremadura, el líder de Vox se ha dado un atracón de pueblos en la región más extensa de España. Lo ha hecho con aires de celebrity, aclamado en calles y plazas de las nueve provincias de la comunidad autónoma. Las encuestas y el pulso de la calle transmiten las mismas señales: la extrema derecha acude a las elecciones autonómicas de este domingo en Castilla y León con el viento a favor para coronar su tercer éxito en tres meses. Y esta vez, puede que con más apoyo aún.

1 de mayo de 2011. Un día cualquiera en la agenda del multimillonario Jeffrey Epstein, menos de dos años después de abandonar una cárcel de Florida tras ser sentenciado por prostitución de menores. Este es el programa de aquella jornada, tal y como se desprende de los papeles desclasificados por las autoridades de Estados Unidos: a las 9.30, un desayuno con el diplomático Terje Rod-Larsen. A las 11.00, una reunión con Nick Ribis, antiguo ejecutivo de los hoteles de Donald Trump. A las 13.00, un encuentro con el periodista Michael Wolff. A las 17.00, una cita con Howard Lutnick, actual secretario de Comercio de Estados Unidos. A las 18.30, una cena con el cineasta Woody Allen y su esposa, Soon-Yi Previn, junto a otros invitados como el neurocientífico Steve Kosslyn y el financiero Glenn Dubin. A las 20.30, una cena en casa de la diseñadora Vera Wang.
A la hora de seleccionar las personas más relevantes que aparecen en los documentos del Departamento de Justicia, EL PAÍS ha decidido dar mucha importancia al tipo de vínculo que los protagonistas tuvieron con Epstein. Por ello no hemos incluido a personas que aparecen mencionadas en los papeles pero sin mayor prueba de contactos con el pederasta o su entorno: así, por ejemplo, no hacemos referencia a Juan Carlos I, cuyo nombre aparece en los millones del archivos publicados por haber sido mencionado por una actriz, ni a José María Aznar, cuyo nombre aparece en dos recibos de envíos hechos por el pederasta, pero no hay otro vínculo entre ambos según los documentos desclasificados. Tampoco incluimos a Alberto Cortina, por cuyos negocios se interesó Epstein a través de terceros, pero sin llegar a tener un contacto directo.
Decía el escritor y columnista José Luis Alvite que las citas son la envoltura social de lo que no es más que un instinto. Su frase no ha perdido vigencia, pero en los últimos años se le ha añadido una nueva capa al viejo arte del cortejo; una tecnológica, lúdica y capitalista que convierte el proceso de conocer a alguien en algo emocionante y adictivo. Hasta que deja de serlo. Las apps de citas han cambiado nuestra forma de relacionarnos. El primer estudio sobre percepción social del amor, que acaba de difundir el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), señala que el 82% de los españoles conoce las aplicaciones para ligar y que un 25% se ha abierto un perfil en ellas. El estudio Cómo las parejas se conocen y permanecen juntas, de la Universidad de Stanford, mostraba cifras aún más contundentes: más del 60% de las parejas actuales se conocen en línea, lo que marca un cambio radical respecto al pasado. Esto tiene un efecto eminentemente positivo: hoy en día es más fácil conocer a alguien y no se necesita la intermediación de amigos o salir a una discoteca para hacerlo. Pero este cambio tiene efectos colaterales y riesgos cada vez más evidentes.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán viola flagrantemente el derecho internacional. Pero lo mismo ocurrió con casi todas las demás guerras desde la adopción en 1945 de la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza excepto en defensa propia o, como en los casos de la guerra de Corea (1950-53) y de la Primera Guerra del Golfo (1990-91), con la autorización del Consejo de Seguridad. Lo que distingue a la guerra actual contra Irán no es su ilegalidad, sino más bien la falta de un objetivo claro o alcanzable.
Solíamos decir que cuando el aceto balsámico, las berenjenas con miel o el rulo de cabra en ensalada llegaran al restaurante El Cruce sería porque la nueva cocina había tocado fondo. En cambio, el guiso popular se adapta a los fogones sofisticados con naturalidad porque cualquier potaje está testado por millones de bocas que a lo largo de los siglos encontraron en ese sabor espeso y cálido la fórmula del consuelo ante la intemperie. El viaje gozoso de los sentidos, del olfato al gusto, del gusto a la barriga. La barriga caliente, el mejor inductor al sueño de niños y viejos.