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Las comparaciones, se dice, son odiosas. Pero cuando el sábado 26 de septiembre una treintena de personas decidió plantar una treintena de tiendas de campaña en la Puerta del Sol para protestar por la vivienda, los recuerdos del 15-M, del campamento de los indignados que hace 15 años ocupó también el kilómetro cero de la capital, fueron inevitables. Hay quienes participaron la primera vez y se sumaron a esta segunda ―impulsada por el Sindicato de Inquilinas― con el “por fin” en la cabeza. Así lo contaron los primeros días, en los que no pararon de llegar tiendas. En una semana ya eran más de 1.200. La ciudad de Sol quedó constituida y ya ha superado en duración a la de 2011. Entonces, los manifestantes estuvieron 28 días asentados frente a la sede de la presidencia madrileña, y este domingo, la acampada motivada por el desahucio de Maricarmen Abascal ha cumplido su noche número 29. Por ahora, no hay fecha de retirada.
2016 fue un año clave en lo que llevamos de siglo. En junio, los británicos decidieron en referéndum que el Reino Unido saldría de la UE. En noviembre, los estadounidenses eligieron como presidente a Donald Trump, considerado una broma de mal gusto tanto por los demócratas como por los republicanos de solera. Ambos acontecimientos fueron el inicio de una ola de extrema derecha que azota fuerte al mundo una década después. Y a ambos contribuyó, quién sabe si de forma decisiva, una pequeña consultora política londinense: Cambridge Analytica. La empresa recopiló datos de 87 millones de usuarios de Facebook sin su consentimiento, y con ellos elaboró propaganda política personalizada para impulsar las campañas de Trump y del Brexit, entre otras.

“No estamos pidiendo que se prohíba a los adultos comer en un McDonald’s. Preguntamos si es adecuado instalar una macrohamburguesería de estas características frente a un colegio con 2.200 alumnos”. Esta es la queja que un grupo de vecinos del centro de San Sebastián y padres de alumnos del Colegio Aldapeta María han planteado contra la próxima apertura de un establecimiento de la citada multinacional de comida rápida a escasos metros del mayor centro educativo de Gipuzkoa. “Entre todos tenemos que hacer algo para impedirlo. Está en juego la salud de nuestros menores”, afirma Ramón, vecino de la calle Lizarra, donde se ubicará el citado restaurante.

Tino, su hermano Ricardo y el sobrino de ambos siguen sin creerse que Manuel Moreno esté muerto. Los hermanos visten de riguroso negro. “Hasta que pase el dolor”, responden cuando se les pregunta hasta cuándo mantendrán el luto. Manuel, de 49 años, fue asesinado presuntamente por su compañero de celda, Ismael Boutaleb, el pasado 17 de septiembre. Según la investigación, le propinó una paliza. Fue hallado con una sábana alrededor del cuello. “Le dejó una cara…”, se lamenta Tino, tocándose a sí mismo el rostro. “No me quito de la cabeza que se podría haber evitado”, añade el hombre, de 39 años, que aún no entiende por qué ningún funcionario intervino antes en la celda 105 del módulo de sancionados de la cárcel de Quatre Camins, donde un preso de al lado declaró que escuchó a Manuel gritar y golpes durante una hora. “El culpable es él, que lo pague. Pero también la cárcel, y la Generalitat. Que acepten que se han equivocado”, se queja.


Es una reunión de coordinación de equipos, como cualquier otra en una empresa en España. De repente, alguien encarga 10 kilos de melocotones “que queden bonitos en cámara” y otros preguntan si las algarrobas se pondrán pochas en el armario antes de emitir su reportaje. Por muy atípico que suene, algo así pasa cada semana en la reunión de atrezzo de Aquí la Tierra. Y quizás esa particularidad es por la que se ha erigido en el segundo programa más visto de TVE, uno que desde su estreno hace más de 12 años casi ha doblado su audiencia media.





Sentado en un café para la entrevista, a Ricardo Gómez (Madrid, 32 años) los paseantes le miran a través del ventanal. Es imposible que pase inadvertido: ha sido, es y será Carlitos, el personaje que hilaba la serie Cuéntame. Gómez no reniega del trabajo que le dio la fama, pero ha seguido hacia adelante, y de manera cabal, con películas como Mía o Moi, El sustituto, La casa entre los cactus o Soy Nevenka, series como La Ruta o La suerte, y con mucho teatro. En un momento dado se le escapará, sin dolor pero reflejando su realidad, un “llevo 26 de mis 32 años actuando”.
El Rey ha sido operado en la noche de este sábado de una catarata en el ojo izquierdo, segun ha informado la Zarzuela a través de un mensaje. Felipe VI se encuentra bien y pasará la noche de este sábado en el Instituto Oftalmológico Fernández-Vega, en Oviedo.

El clamor es global. De Bangladés a la Plaza de la Bastilla, de Nueva Delhi y Madagascar a la Puerta del Sol y las calles de Tirana y Belgrado. Cuesta imaginarse sociedades y realidades económicas y políticas tan distantes, y reivindicaciones más dispares. Pero lo que comparten las manifestaciones de los últimos meses en estos países —algunos con economías precarias y dirigentes autoritarios y otros ricos y con democracias consolidadas— es algo muy real. Quienes protestan nacieron todos entre finales del siglo XX y los primeros años del actual. Son los jóvenes que crecieron con la crisis financiera de 2008 y la pandemia. Los que aprendieron a ser ciudadanos en un entorno digital. Los que llegan a la edad adulta en plena explosión de la inteligencia artificial con las oportunidades y amenazas que plantea. Lo que estos jóvenes reclaman tiene particularidades locales: la corrupción y el nepotismo de los gobernantes, el encarecimiento de la vida y el coste de la vivienda, la pérdida de oportunidades educativas o la precariedad laboral. Pero reflejan un malestar común. Las instituciones y los gobiernos se han revelado incapaces de responder a sus demandas y, para muchos de ellos, el futuro ha dejado de ser una promesa. Es una amenaza.
El ser humano posee el don exclusivo de la palabra y lo usa para decir: pásame el salero, parece que va a cambiar el tiempo, pide otra de calamares, estoy cogiendo un trancazo, y después de decir un millón de veces cosas como estas, uno se muere. El tejido del pensamiento lo constituye un sinfín de frases banales. Más he aquí que Goethe en el lecho de muerte en el momento de entregar el alma, exclama: “¡Luz, más luz!”. Aunque parece ser que el agonizante pedía que abrieran la ventana, esa exclamación ha pasado por ser el punto más alto al que puede acceder la palabra a la hora de despedirse de este mundo. Algunos piensan que el mundo es un juguete que uno al despertar cada mañana se lo encuentra roto al pie de la cama y que la única forma de arreglarlo consiste en hablar, en hablar tratando de pegar los fragmentos con saliva. No ha hecho otra cosa el ser humano desde que aprendió a acomodar el pensamiento a la vibración de las cuerdas vocales. Eso y poner bombas. Nuestra cultura la forman las palabras que germinaron a pleno sol en las controversias en el ágora de Atenas, en los discursos en el foro romano, en los cuentos y fábulas que se crearon en las aceras de Asia Menor sobre alfombras mágicas, en los tratos en las ferias medievales, en las charlas en los cafés, en las lecciones de cátedra, en lo que hablaban el cura, el boticario y el notario en los paseos bajo los álamos, en las polémicas de las barberías de los pueblos, en los mítines de los políticos, en los consejos del abuelo, todo este acervo inmenso de saliva que se ha consumido desde el inicio de los tiempos para arreglar este juguete roto no ha servido de nada. Hablar o bombardear. Pero mientras llueven las bombas, los clérigos rezan y los políticos gritan, uno se pasa la vida diciendo está muy buena la ensalada, no olvides el paraguas, este año han salido muy buenos los melones, sin darte cuenta ya es Navidad y después de repetir esto un millón de veces, uno se muere y el mundo roto sigue girando.
Era como una ciudad dentro de la ciudad, cuentan los historiadores del lugar. Había sido un convento y, después de la Desamortización, se transformó en la Fábrica de armas de La Vega. Estamos en Oviedo. A finales de los años veinte del siglo pasado el edificio de la Escuela de Artes y Oficios empezó a ser operativo. Hoy es testimonio de un pasado industrial que define la identidad de la comunidad del mar y la mina. En una de las aulas de la escuela se lee este lema en la pared: “El trabajo todo lo vence”. En el distribuidor del que salen las escaleras para subir al primer piso otro lema dirigido a los que aprendieron cifras, letras y un oficio: “Amad y respetad esta escuela”. La fachada es de ladrillo visto y para entrar en el edificio hay unas escalerillas donde el jueves se montó el escenario. Allí cantó Patti Smith. Allí esa viejecita princesa con trenzas infantiles y camisa de leñador no pudo disimilar su alegre emoción: el público que la escuchaba era un coro que acompañó su interpretación de People have the power. En el estribillo dejó que cantasen y ella incrustó algunas verdades: votad, manifestaros, creedlo. Momento mágico.