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El clamor es global. De Bangladés a la Plaza de la Bastilla, de Nueva Delhi y Madagascar a la Puerta del Sol y las calles de Tirana y Belgrado. Cuesta imaginarse sociedades y realidades económicas y políticas tan distantes, y reivindicaciones más dispares. Pero lo que comparten las manifestaciones de los últimos meses en estos países —algunos con economías precarias y dirigentes autoritarios y otros ricos y con democracias consolidadas— es algo muy real. Quienes protestan nacieron todos entre finales del siglo XX y los primeros años del actual. Son los jóvenes que crecieron con la crisis financiera de 2008 y la pandemia. Los que aprendieron a ser ciudadanos en un entorno digital. Los que llegan a la edad adulta en plena explosión de la inteligencia artificial con las oportunidades y amenazas que plantea. Lo que estos jóvenes reclaman tiene particularidades locales: la corrupción y el nepotismo de los gobernantes, el encarecimiento de la vida y el coste de la vivienda, la pérdida de oportunidades educativas o la precariedad laboral. Pero reflejan un malestar común. Las instituciones y los gobiernos se han revelado incapaces de responder a sus demandas y, para muchos de ellos, el futuro ha dejado de ser una promesa. Es una amenaza.
El ser humano posee el don exclusivo de la palabra y lo usa para decir: pásame el salero, parece que va a cambiar el tiempo, pide otra de calamares, estoy cogiendo un trancazo, y después de decir un millón de veces cosas como estas, uno se muere. El tejido del pensamiento lo constituye un sinfín de frases banales. Más he aquí que Goethe en el lecho de muerte en el momento de entregar el alma, exclama: “¡Luz, más luz!”. Aunque parece ser que el agonizante pedía que abrieran la ventana, esa exclamación ha pasado por ser el punto más alto al que puede acceder la palabra a la hora de despedirse de este mundo. Algunos piensan que el mundo es un juguete que uno al despertar cada mañana se lo encuentra roto al pie de la cama y que la única forma de arreglarlo consiste en hablar, en hablar tratando de pegar los fragmentos con saliva. No ha hecho otra cosa el ser humano desde que aprendió a acomodar el pensamiento a la vibración de las cuerdas vocales. Eso y poner bombas. Nuestra cultura la forman las palabras que germinaron a pleno sol en las controversias en el ágora de Atenas, en los discursos en el foro romano, en los cuentos y fábulas que se crearon en las aceras de Asia Menor sobre alfombras mágicas, en los tratos en las ferias medievales, en las charlas en los cafés, en las lecciones de cátedra, en lo que hablaban el cura, el boticario y el notario en los paseos bajo los álamos, en las polémicas de las barberías de los pueblos, en los mítines de los políticos, en los consejos del abuelo, todo este acervo inmenso de saliva que se ha consumido desde el inicio de los tiempos para arreglar este juguete roto no ha servido de nada. Hablar o bombardear. Pero mientras llueven las bombas, los clérigos rezan y los políticos gritan, uno se pasa la vida diciendo está muy buena la ensalada, no olvides el paraguas, este año han salido muy buenos los melones, sin darte cuenta ya es Navidad y después de repetir esto un millón de veces, uno se muere y el mundo roto sigue girando.
Era como una ciudad dentro de la ciudad, cuentan los historiadores del lugar. Había sido un convento y, después de la Desamortización, se transformó en la Fábrica de armas de La Vega. Estamos en Oviedo. A finales de los años veinte del siglo pasado el edificio de la Escuela de Artes y Oficios empezó a ser operativo. Hoy es testimonio de un pasado industrial que define la identidad de la comunidad del mar y la mina. En una de las aulas de la escuela se lee este lema en la pared: “El trabajo todo lo vence”. En el distribuidor del que salen las escaleras para subir al primer piso otro lema dirigido a los que aprendieron cifras, letras y un oficio: “Amad y respetad esta escuela”. La fachada es de ladrillo visto y para entrar en el edificio hay unas escalerillas donde el jueves se montó el escenario. Allí cantó Patti Smith. Allí esa viejecita princesa con trenzas infantiles y camisa de leñador no pudo disimilar su alegre emoción: el público que la escuchaba era un coro que acompañó su interpretación de People have the power. En el estribillo dejó que cantasen y ella incrustó algunas verdades: votad, manifestaros, creedlo. Momento mágico.
Ese vídeo es repugnante. Es un producto —digamos político— del PP contra personajes socialistas, aún peor que el vídeo —digamos sexual— de Pedro Jota. No lo veré, como me negué a ver aquel precedente, por decencia, dignidad propia y respeto ajeno.

Las informaciones de que dispone un periodista solo pueden obtenerse por tres vías: su presencia en el lugar de los hechos, el relato de terceras personas o el acceso a un soporte documental. Así lo señala el Libro de Estilo de EL PAÍS, que añade que “el lector tiene derecho a conocer cuál de las tres posibilidades se corresponde con la noticia”.
Estaba destinado a convertirse en uno de los mejores guitarristas de la historia, pero de chaval Brian May no tenía dinero para comprarse una guitarra. Fue así como construyó, con 16 años y junto a su padre, la Red Special. Con ella compuso algunos de los temas más memorables de la historia del rock: We Will Rock You, Who Wants to Live Forever?, I Want it All o The Show Must Go On. Queen revolucionó la música. Freddie Mercury era un rockero con el repertorio vocal de un tenor. May hacía algo similar con su guitarra: a veces sonaba contundente y rasgada, otras conseguía los efectos de un violín o un chelo.

Es una reunión de coordinación de equipos, como cualquier otra en una empresa en España. De repente, alguien encarga 10 kilos de melocotones “que queden bonitos en cámara” y otros preguntan si las algarrobas se pondrán pochas en el armario antes de emitir su reportaje. Por muy atípico que suene, algo así pasa cada semana en la reunión de atrezzo de Aquí la Tierra. Y quizás esa particularidad es por la que se ha erigido en el segundo programa más visto de TVE, uno que desde su estreno hace más de 12 años casi ha doblado su audiencia media.






“Tú coges a cualquier periodista, uno que hable bien o mal de ti, y le dices: ‘Oye, necesito que saques un córner, pero el balón tiene que ir al área pequeña, aquí’. Y no sabe ni cómo hacerlo para que llegue ahí. Es complicado cuando te critica una persona que no sabe”. La reflexión es de Marcelo (Río de Janeiro, 38 años). Jordi Alba (L’Hospitalet de Llobregat, 37 años) no tarda en coger el testigo: “Y luego hay muchos intereses”. Ocurre que nada, ni siquiera el reproche al periodismo más opinativo, parece borrarle el sentido del humor a Marcelo, jugador del Real Madrid entre 2007 y 2022. Y aunque más comedido, Jordi Alba, futbolista azulgrana entre 2012 y 2023, se contagia. En una conversación con EL PAÍS organizada por LaLiga en la víspera del clásico (21.00 horas, DAZN), Alba y Marcelo hablan de lo que para ellos fue único, el Barcelona-Madrid. Y, por supuesto, de cómo era eso de defender atacando.
El minuto 71 del Real Madrid-RB Leipzig del miércoles dejó una de esas escenas a las que quizá haya que regresar en el futuro para reconocer en ella un punto de giro. José Mourinho retiró a Vinicius, despedido por el Bernabéu con una buena pitada, e introdujo a Yan Diomande, recibido con la alegría que procuran las nuevas esperanzas. El brasileño se iba sin haber intentado un solo regate. Su sustituto dio una asistencia y embocó el 4-1, una volea deslumbrante que culminaba su adaptación a la élite justo a tiempo para el clásico de esta noche en el que faltará Vinicius, sancionado.