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Horas después de que el ex director adjunto operativo (DAO) de la Policía Nacional José Ángel González y la inspectora que le ha denunciado por agresión sexual declararan por primera vez ante el juez que investiga el caso, el abogado de ella, Jorge Piedrafita, estaba sentado en un plató de televisión. Rodeado de periodistas, iba contestando a sus preguntas sobre lo ocurrido ese día en los juzgados, incluidos detalles de un audio sobre la presunta violación. No es una escena inusual. Casi cualquier mañana televisiva tiene su dosis de casos judiciales mediáticos con letrados entrando y saliendo de los programas. Los abogados ganan visibilidad, sus casos irrumpen en el debate público, se desmenuzan en las tertulias y sus protagonistas se convierten en personajes de una trama.
Hace seis años, un grupo especializado de guardias civiles analizaba los mensajes intercambiados el 20 de abril de 2020 entre dos personas a las que se investigaba por narcotráfico y a los que los agentes habían tenido acceso. Uno de los interlocutores era Kilian López, cuya empresa, Andgar internacional, con sede en Barcelona, iba a servir supuestamente como tapadera para desembarcar en Algeciras cocaína procedente de Brasil disimulada en un cargamento de café. Uno de sus mensajes decía: “Ahora hemos hecho una operación de dos millones y se han quedado 400 ellos y 400 yo. Han pegado un pepinazo que no veas”. Los dos hombres se comunicaban a través de Encrochat, un sistema de mensajería encriptado utilizado, entre otros, por delincuentes que intervino la Gendarmería francesa en junio de ese año y cuya información trasladó a los Estados de donde eran los usuarios. Los especialistas de la Guardia Civil sospecharon al leer la frase. Y empezaron a tirar de un hilo que acabó en una madeja de corrupción con epicentro en la Diputación de Almería, feudo todoporderoso del PP en Andalucía, y cuyos hilos movían “ellos”: el que entonces era su presidente, Javier Aureliano García; su delegado de la Presidencia, Fernando Giménez; y el de Fomento, Medio Ambiente y Agua, Óscar Liria. El “pepinazo”: un contrato de mascarillas con otra empresa de López -Azor corporate-, firmado el 8 de abril de 2020 de abril, por 2.036.186,24 de euros, de los que la UCO estima que “ellos” cobraron comisiones de entre 200.000 y 400.000 euros.

La última dictadura argentina fue tan atroz que unió a los argentinos en uno de los pocos consensos que resisten la polarización: Nunca Más. Este martes, cuando se cumplen 50 años del último golpe de Estado, miles de personas saldrán a las calles para repudiar el terrorismo de Estado, exigir a los militares que digan dónde están los desaparecidos y reivindicar un proceso judicial que ha condenado a más de 1.200 represores por crímenes de lesa humanidad y sigue abierto. A contramano de la justicia, Javier Milei cuestiona la existencia de un plan sistemático para secuestrar, torturar, desaparecer, asesinar y robar bebés. Defiende, en cambio, que “durante los setenta hubo una guerra” entre el régimen militar y las organizaciones guerrilleras en la que las Fuerzas Armadas “cometieron excesos”. Su reinterpretación del pasado inquieta a quienes ven en ella una señal de la deriva autoritaria de un Gobierno de ultraderecha que criminaliza la disidencia.
María Isabel Ribot coge el teléfono, pero, tras un intercambio fallido de frases, se lo pasa a José Luis Barranco, su marido: “Oír, oye, pero no entiende”. Ella tiene 74 años y comenzó a notar que perdía audición hace “cinco o seis”. El nombre médico de la dolencia es presbiacusia, que recuerda al nombre de la vista cansada (presbicia), pero se refiere al oído. Afecta a una de cada tres personas mayores de 60 años y hasta al 75% de las de más de 80, con grados variables de discapacidad. En España hay más de 13 millones mayores de 60 años, según datos del Instituto Nacional de Estadística.


Hace 20 años, todas las tardes después de la escuela en Latinoamérica o los fines de semana en España, los chicos sintonizaban Disney Channel para seguir la historia de Miley Stewart, una adolescente con una vida normal y una carrera oculta como estrella pop. Fueron miles quienes crecieron a su lado, de 2006 a 2011, con decenas de conciertos y éxitos musicales, merchandising con su rostro y dos películas de éxito en taquilla. La actriz detrás de ese personaje, Miley Cyrus (Tennessee, 33 años), se convirtió en la principal estrella Disney, símbolo de una industria hoy extinta, que tuvo su época dorada en las primeras décadas de este siglo.
No ha sido nunca Will Oldham de esos que siguen las reglas del mercado. Ni siquiera ahora que, con 56 años y casado con la artista Elsa Hansen, se ha convertido en un auténtico hombre de familia. El día de la entrevista acaba de terminar su gira europea en Madrid y solo piensa en volver a casa en su ciudad natal, Louisville (Kentucky), a ser posible con un regalo a su hija Poppy, de cinco años. La idea es comprarle un auténtico traje de flamenca, con sus zapatos y sus castañuelas.
El primer recuerdo que guardo de mi llegada a este mundo es el del sonido denso y profundo de un bombardeo unido al de una plegaria que salía de la oscuridad de aquel refugio antiaéreo implorando piedad al Dios de los Ejércitos. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, líbranos, Señor, de todo mal, rezaba una voz dolorida de mujer. Era hacia el final de la Guerra Civil. Tenía yo poco más de dos años e imagino que en algún bulbo del cerebro esos sonidos de las bombas y las plegarias quedaron para siempre unidos con el rumor del oleaje del mar y del sol radiante de una incipiente primavera, sensaciones que llevo siempre aparejadas. Puede que este hecho haya dañado mi subconsciente, de forma que ahora cuando contemplo las imágenes de tanta crueldad y miseria en los telediarios me parece todo tan natural como inexorable. Desde entonces pienso que van siempre unidos la muerte y la vida, el bien y el mal, la naturaleza y la historia, el heroísmo y la villanía, los hombres matándose y los pájaros cantando, los niños muriendo y las flores perfumando el aire, las ratas felices saliendo de las alcantarillas a tomar el sol entre los escombros y la brisa moviendo los álamos, el mundo a punto de partirse en cuatro pedazos y los amantes besándose, la gente llenando los bares y los profetas son saber nada del mañana. Pero en medio de tanta confusión nadie ha podido impedir que llegara la primavera a este hemisferio donde un ser diabólico de orejas puntiagudas ha enamorado al errático amo del imperio que se divierte soltando hierros por todas partes. Se equivoca quien piense que hasta aquí nunca llegarán los misiles; de hecho, aunque caigan muy lejos, los misiles estallan en el cerebro de cada ciudadano con esa carga de odio y miedo que destruye los pilares en que se sustentaban los viejos ideales y certezas, de modo que si alguien quiere estar a salvo deberá buscarse su propio refugio antiaéreo. Por mi parte me voy a refugiar bajo la primavera recién llegada.
Cataluña ha vivido en las últimas semanas dos grandes movilizaciones que implican a colectivos tan importantes como los docentes y los médicos. Sus reivindicaciones no son nuevas: el malestar viene de lejos y se ha ido acumulando por el deterioro sostenido que se inició con la crisis de 2008. Tanto en la enseñanza como en el sistema sanitario, la devaluación salarial se ha producido en paralelo a un empeoramiento intenso de las condiciones de trabajo por cambios sociológicos a los que no se ha hecho frente con nuevos recursos.
Esta guerra se empantana. Debía ser un paseo militar. Cosa de cuatro días. Llevamos tres semanas. ¿El objetivo? Antes de la agresión, Donald Trump convocó a los iraníes a rebelarse contra los ayatolás. Sin éxito. Así que inutilizó a Jameneí I (y parte de su corte), un remedo del modelo venezolano.
Esta guerra que iba a durar dos o tres días entra ahora en su cuarta semana. Arrancó con un ritmo impropio de una guerra corta. Como en Ucrania, una vez quedó claro que el primer y formidable golpe no obtenía la caída del régimen, empezó la escalada o ascenso a los extremos que caracteriza a toda guerra clásica. Cuando se llega a tal subasta violenta, la contienda se prolonga e intensifica hasta que uno de los bandos empieza a agotar su voluntad de combate y se propone alcanzar un alto el fuego.


