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La mejor rave de Zahara (Úbeda, 42 años) fue el verano pasado en un bosque a unos once kilómetros de Ámsterdam. “Fue una experiencia única porque no se repetirá jamás. Durante una hora, Quelza pinchó sin bombo a negras, lo que provocó una estampida y que solo nos quedáramos una docena de personas bailando todo polirritmia, una extrañeza fantástica”, aclara. El recuerdo viene a colación. La artista está inmersa en Glitch, el giro que ha dado a su Zaharave, el show de electrónica que ha montado con Martí Perarnau IV y que la tendrá girando por España por diversos festivales veraniegos. ”Yo soy más de raves europeas que de las españolas. Allí son más diurnas y en la naturaleza. No me interesa esperar a las dos de la mañana porque a las diez y media ya estoy dormida”, aclara, pocas horas antes de su concierto en el festival Cruïlla de Barcelona.


Cuando se emitía Los Soprano, y después también con Breaking Bad y hasta con Juego de tronos, se repitió hasta la saciedad el término “edad de oro de las series”. Este prestigioso latiguillo denominó una época en la que, tras muchos años a la sombra del cine, la ficción televisiva abrazó nuevas temáticas (y presupuestos), contó historias rompedoras de diversos géneros y convirtió las series en la conversación global por encima del cine. Pero Hollywood y el mundo del entretenimiento han cambiado de arriba abajo desde principio de siglo. La industria televisiva ni siquiera es comparable a la de hace una década. La era dorada de las series acabó y también lo hizo el pico de popularidad y calidad de su industria. Ahora se abraza la era de la disminución.

El deporte de fuerza ha entrado de lleno en nuestras vidas; no es que antes no existiera, pero no ocupaba ni el espacio ni la importancia que tiene ahora. Son numerosos su beneficios, y no solo a nivel físico, sino también emocional. Pero, ¿es sano en todas las edades? ¿Es siempre la mejor opción? La respuesta es que depende.

Francia ha abierto el camino. Al aprobar la ley que prohíbe el acceso de quienes no hayan cumplido los 15 años a las redes sociales, el Parlamento francés ha convertido a este país en el primero en Europa en adoptar una medida clave ante unos riesgos crecientes y fuera de control. Las plataformas están diseñadas para someter la atención de los usuarios con estímulos constantes y resultan especialmente dañinas cuando, en el caso de los menores, actúan sobre un cerebro en desarrollo. Las nuevas restricciones, impulsadas por el presidente Emmanuel Macron, envían una señal necesaria a los gigantes tecnológicos: no todo vale, ni siquiera en este terreno que hasta ahora carecía de reglas, y sobre el que los poderes públicos todavía tienen margen de actuación.
José Luis Rodríguez Zapatero sabe que tiene dos problemas. Lo ha dejado claro en su primera intervención pública tras conocerse su condición de investigado. El primer problema es con la justicia por estar inmerso en un proceso en el que defender su inocencia le demanda una estrategia jurídica sin margen para el error. Rodríguez Zapatero ha reclamado su derecho a la defensa y la presunción de inocencia apelando a la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. También ha denunciado la violación de derechos sufrida al hacerse pública la totalidad de su agenda. El otro problema está conectado con el deber de explicación que se impone a quien ha ostentado la presidencia del Gobierno. ¿Cómo combinar esta estrategia sin comprometer la mejor defensa del ciudadano y la reputación del hombre público? La entrevista en TVE ha sido la ocasión para intentarlo y esta encubría además un tercer objetivo todavía más exigente: contener los daños que sobre el Gobierno ha provocado la declaración de Julio Martínez atribuyéndole a Zapatero gestiones sobre el rescate de Plus Ultra.
La rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China suele describirse como una guerra de chips, pero la etiqueta se queda corta. La verdadera pugna abarca todo el ecosistema de la inteligencia artificial: el hardware que ejecuta los modelos, el software que lo hace utilizable y el diseño de los propios modelos. En los dos primeros frentes la competencia se ha reducido a dos empresas, Nvidia y Huawei. Europa, pese a tener un papel imprescindible en las máquinas que fabrican los chips, mira la pugna desde fuera.
Entre abril de 1955 y junio de 1956, Robert Frank se subió a un Ford Coupe y recorrió unos 16.000 kilómetros para retratar a los estadounidenses. Llevaba una Leica, disparaba aquí y allá para recoger lo que iba encontrando y de su periplo regresó con unos 780 rollos de fotografías, unas 28.000 imágenes; de todas ellas eligió 83 para armar Los americanos (La Fábrica), que se publicó en 1958, y que ahora pueden verse en una exposición en Madrid en la Fundación Telefónica en el contexto de PHotoEspaña. “Una imagen tan americana”, escribe Jack Kerouac en la introducción del libro, “las caras no manipulan ni critican ni dicen nada excepto ‘Así es como somos en la vida real y si no te gusta no me importa porque vivo mi vida a mi manera y que Dios nos bendiga a todos, tal vez ‘… ‘si se merece’…”. Ahí están unos muchachos medio provocadores en Nueva York, unos políticos rancios en Hoboken, una ascensorista en Miami Beach, unos cuantos negros muy elegantes en un funeral en Santa Helena, en Carolina del Sur. El libro de Robert Frank no recoge el sueño americano que en los años cincuenta se vendía al resto del mundo, la gente que retrata es corriente (incluso fea), hubo críticos que lo tacharon entonces de comunista.
En algún momento a alguien se le ocurre que la mejor manera de afrontar el problema de la vivienda es asegurando que el futbolista que marcó el gol de la victoria para España en la final del Mundial es un “especulador”, o lo que es lo mismo, mala persona. Con la mitad del país todavía celebrando en la calle y subiendo historias de victoria a Instagram.
Comprendo a los hinchas argentinos que, entre estupefactos y airados, gritaban ante las cámaras de la tele que España les había robado el partido. A mí, ya lo he denunciado en otras ocasiones, vienen robándome el Nobel de Física desde hace años. En cuanto al de Literatura, me lo quitaron de manera simbólica al negárselo a Virginia Woolf, Borges, Kafka, Tólstoi, Joyce, Proust, etcétera. Es una basura, no lo quiero. Aspiro además a obtener premios que no merezca porque los que merezco son todos una mierda. En Amadeus, la película de Milos Forman, me identifiqué con el reflexivo y sensato Salieri, a quien Dios, inexplicablemente, negó el talento musical que regaló al idiota de Mozart. A dónde vamos a parar.