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En el Madrid de la crisis de la vivienda y la turistificación, un cambio: hasta 3.053 viviendas turísticas fueron dadas de baja del correspondiente registro en 2025, según información enviada por el gobierno a la Asamblea. No es un dato cualquiera. Está en el corazón de otra estadística: Madrid lideró el descenso de este tipo de usos en toda España entre noviembre de 2024 y mayo de 2025, según los últimos datos publicados por el INE, basados en los de las principales plataformas de alquiler, y que todavía no permiten comparar periodos asimilables y homogéneos en esta actividad estacional (de mayo a mayo, por ejemplo). Consecuencia: Madrid presume de que el número de viviendas de uso turístico registradas es ya equiparable al de 2018, con 9.749. Como si hubiera reventado una burbuja. Pero claro, el problema real es otro: las viviendas turísticas no registradas. Las ilegales. Las que con su actividad restan opciones en el mercado del alquiler, y lo encarecen. En julio, apenas un 10% de pisos turísticos estaban inscritos en el censo obligatorio. Y este enero, Exceltur, que une a 29 grandes compañías del sector turístico, calculaba que “solo en Madrid hay más de 16.000″ pisos turísticos que no tienen licencia.

Jaume Claret Muxart (Sant Cugat del Vallès, 27 anys) diu que té tres famílies: “Hi ha la de naixement, la del programa educatiu a les escoles Cinema en curs i la de l’Elías Querejeta Zine Eskola (EQZE)”. De conversa superdotada i carregada de referents, net de pintors d’avantguarda i fill d’arquitecte i professora d’educació física, aquest cineasta havia de ser ballarí, però es va enamorar del cinema quan va veure les interioritats d’un rodatge amb 14 anys. Així que es va fer crític de cinema en blogs i publicacions especialitzades per cobrir festivals, esquivar la universitat i convertir-se en programador jove del gremi i col·laborador de Cinema en curs, el pioner programa pedagògic que ha apropat les formes de fer cinema a desenes d’escoles i instituts. Amb 19 anys va ser quan va decidir anar-se’n a estudiar a Donosti a l’EQZE, un centre que no forma quadres tècnics ni té professors tradicionals i amb un model que s’adreça als qui busquen realitzar un projecte de llargmetratge.

Son 400.000 trabajadores, estudiantes, profesionales, autónomos. Son los que día a día, año tras año, sufren la crueldad creciente de Rodalies, las cercanías catalanas, pero solo de nombre. Sufren la desgracia azarosa. Y la sistemática acumulación de errores y fallos de los poderes públicos. Centrales (más) y autonómicos (algo menos); conservadores (muchos más), progresistas (algo menos). Pero hay taza para todos.
Vuelve a ser 2011. Pero es un 2011 ligeramente distinto. Uno en el que la sociedad mundial ha abrazado la Paridad Mental. ¿Que en qué consiste la Paridad Mental? En que nadie pueda ser considerado tonto y, por supuesto, ninguno de sus sinónimos. Así, en las escuelas no importa que des respuestas absurdas a cualquier pregunta sencilla, porque “es otra forma de verlo, ¡por supuesto!”, y ningún tipo de mérito te hará merecedor del puesto de trabajo que deseas porque “durante mucho tiempo se ha discriminado a los que no saben nada” y ellos “lo merecen igual que tú”. El porvenir en 2011 es entrar en un hospital para una operación sencilla y, con suerte, salir con vida. Y que a nadie se le juzgue por casi haberte matado porque ese alguien —el doctor o la doctora— tiene derecho a no ser considerado un inepto.
En los cuentos reunidos en dos libros deslumbrantes, Una edad difícil (2005) y La glándula de Ícaro (2013), con un manejo admirable del horror, del humor, de la monstruosidad y de vodevilescos detalles de la vida cotidiana, Anna Starobinets (Moscú, 1978) evidenciaba saber bien que para convencer de lo increíble nada mejor que expresarse de un modo informativo y neutro. Ahora, con la dilatada epopeya coral novelada en El Vado de los Zorros, realiza un paso más allá, sobrecogedor y eléctrico, bárbaro y sublime, y da consistencia a una amalgama de tramas argumentales tan disímiles y aun opuestas entre sí que, en una primera instancia, dudaríamos que hubiese una mano suficientemente firme para ensamblarlas todas con harmonía en un organismo narrativo seguro y eficaz.

Hace cuatro décadas André Rieu fundó la Orquesta Johann Strauss con un único objetivo: hacer feliz a la gente. Desde entonces, el violinista y director neerlandés se dedica a llenar estadios por el mundo y a ofrecer al público todo lo que en las salas de concierto convencionales se consideraría hortera o de mal gusto. La fórmula, basada en la estética del exceso, la edulcoración sin límites y un repertorio tan ecléctico como fácil de digerir, aparece recogida en el ensayo La nueva era del kitsch (Anagrama, 2025), donde el sociólogo Gilles Lipovetsky y el crítico de cine Jean Serroy analizan este y otros fenómenos culturales de la modernidad.

Cada cierto tiempo, a Netflix le gusta escenificar su poderío. Lo hace en grandes puestas en escena ante los medios en las que recopila y adelanta sus próximos estrenos. Son eventos que sirven para mostrar músculo, reivindicarse y empezar a crear expectación de cara al futuro. El jueves pasado en Madrid tuvo lugar su última gran presentación con contenido español, que reunió a un buen puñado de rostros de sus series y películas más destacadas previstas para los próximos meses. Por el escenario pasaron Luis Tosar, Tristán Ulloa, Mario Casas, Maribel Verdú, Carmen Machi o Karra Elejalde, entre otros muchos. Sin embargo, llamó la atención la escasez de contenido novedoso en esta ocasión, quizá consecuencia del frenazo generalizado a nivel internacional en la producción televisiva por parte de las plataformas.

Pedro ‘Dro’ Fernández se marcha al PSG a cambio de 8,2 millones de euros. Es decir, una de las perlas de La Masia, mimado por Hansi Flick después de la pretemporada, decidió dejar el club que lo formó. “Ha sido una situación desagradable”, confesó Joan Laporta, “Como entrenador pones mucha energía en ayudar a los jugadores a mejorar y darles confianza, pero también hay mucha gente alrededor de ellos”, confesó el preparador alemán. En un mediocampo minado de talento, Dro no contaba con el protagonismo deseado. Cree que lo encontrará en el PSG bajo el mando de Luis Enrique y con Vitinha, Fabián Ruiz, Joao Neves, Zaïre-Emery, Mayulu y Kang-Lee, entre otros. Debutó en septiembre ante la Real y acumulaba un total de 148 minutos en el primer equipo. Tiene 18 años.
El chico estaba sentado en su asiento, recostado tranquilamente contra la ventanilla en el vuelo de vuelta de Arabia Saudí, donde el Barça acababa de ganarle la Supercopa de España al Real Madrid. Y aparece Raphinha, el capitán, diez años más que él y el jugador más en forma de la plantilla, con un pastelito y una vela para celebrar a 30.000 pies su mayoría de edad. Medio equipo cantando, gritando a pulmón el cumpleaños feliz. Había algo de rito iniciático, de ingreso en una sociedad adulta. Nada podía ir mejor para un canterano prometedor. Pero la cara del joven Dro, la gran apuesta de Hansi Flick en el Barça el pasado verano, no era exactamente la de alguien feliz. En el vídeo aparecía algo incómodo, arqueando las cejas todo el tiempo. Una semana después se supo qué contenía aquella melancolía.

Hay un toque de artista en Timothé Luwawu-Cabarrot más allá de ese melodioso nombre. El alero francés del Baskonia nació hace 30 años en Cannes, la ciudad del cine, dibuja con lápiz y pinta en acrílico, y su estilo en la cancha es tan elegante que cuando era niño a su madre le decían que el chico debía dedicarse a la danza en lugar de al baloncesto. Y sin embargo, detrás de esa apariencia de jugador plástico hay un anotador letal, el máximo anotador (19,4 puntos por partido) y triplista (3,3 dianas por cita) de la ACB, y cuarto artillero en la Euroliga tras Kendrick Nunn (Panathinaikos), Sasha Vezenkov (Olympiacos) y Nadir Hifi (París) y también el mejor desde el perímetro en Europa (tres bingos por encuentro). En ambas competiciones ha dejado su sello con actuaciones sobresalientes como los 26 puntos al Valencia en la ACB (premiado como mejor jugador de la Liga en diciembre) y otros tantos al Barça en la Euroliga. A TLC, sus iniciales, se le caen las canastas de los bolsillos.
