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El verano es, para muchos, una época de momentos vacacionales. Son días que están fuera de la rutina habitual y que así han sido desde la infancia. Días que pasar con amigos para recordar viejas anécdotas, con la pareja para vivir nuevas experiencias o con la familia para repetir lo de siempre. La relación paternofilial en vacaciones muestra una curiosa transformación a lo largo de las décadas: pasa de incluir a unos niños y adolescentes totalmente dependientes, a una igualdad de condiciones entre adultos y a una mayor dependencia de las personas mayores respecto a sus hijos. Hay muchos adultos independientes que siguen buscando compartir parte de sus vacaciones con sus padres, pero, ¿por qué?
Los ucranios llevan años demostrando al mundo su formidable capacidad de resistencia ante el expansionismo ruso, pero su fortaleza reside también en la vitalidad de su sociedad civil. Lo han vuelto a evidenciar este mes de julio con las movilizaciones contra la destitución del popular ministro de Defensa, Mijailo Fédorov. Las protestas han acabado forzando al presidente, Volodímir Zelenski, a aceptar un relevo en la cúpula militar. Y han dejado claro que, al contrario que en la Rusia de Vladímir Putin, en este país existen límites al poder político, y contrapoderes. El apego de la ciudadanía a la democracia, incluso en medio de una guerra que ha obligado a dejar en suspenso las elecciones, es un arma decisiva para Ucrania en su defensa ante la invasión.
Un cerdo perora a un cordero y a un gallo sobre su ideal de descanso: “No hay en esta vida miserable / gusto como tenderse a la bartola, / roncar bien y dejar rodar la bola”. En la ficción de esta fábula del siglo XVIII escrita por Tomás de Iriarte se simbolizaba de forma castiza un ideal material del descanso que yo con gusto quiero defender tres siglos después: sin ambages, descansar a la bartola.
Si hoy fuera sábado 25 de julio yo pensaría antes que nada que es el día de Santiago-y-Cierra-España, ese símbolo preclaro de la xenofobia, esa manera tan cristiana de querer matar a los que no lo son: prioridad nacional con aureola. Pero también podría averiguar que el 25 de julio de 1978 nació en Inglaterra Louise Brown, la primera bebé-probeta, o el de 1943 cayó el gobierno fascista de Benito Mussolini, o el de 1814 circuló la primera locomotora a vapor de George Stephenson y empezaron los trenes. Y recordar que el 25 de julio de 2015 llegué a Madrid desde Barcelona con ganas de instalarme.
La primera vez que lloré en un museo fue con 17 años. Yo y mi amiga Cynthia habíamos ido al Reina Sofía para ver De donde no se vuelve, la exposición que recorría la trayectoria de Alberto García-Alix. Tengo muy mala memoria, pero aún puedo acordarme de algunas de las fotos que componían la pieza audiovisual que me emocionó. Había amigos muertos del fotógrafo, prostitutas, retratos suyos. De fondo sonaba la voz ronca y grave de García-Alix advirtiendo del poder de la fotografía como médium que “nos lleva al otro lado de la vida, de donde no se vuelve”.
El mundo sufre terribles conflictos bélicos. Tanto el ataque contra Ucrania como aquel contra Irán son guerras muy internacionalizadas. En el primer caso, decenas de países apoyan la resistencia de Kiev, y otros como Corea del Norte o Irán respaldan al agresor; en el segundo, hay varios países involucrados directamente, y otros de forma indirecta. Ello, sin embargo, no significa que nos hallemos en una guerra mundial, ni tampoco que estemos cerca de ella. Lo que sí en cambio afrontamos es algo que se va pareciendo a una guerra comercial mundial de intensidad mediana.
Son días extraños. Para quienes nos dedicamos a generar y consumir información, la velocidad que han adquirido los acontecimientos nos ha sometido a tal estrés que añoramos un verano o, en el peor de los casos, al menos un día entero sin noticias. Julián Casanova me hablaba hace unos días de la increíble aceleración de la historia. Vivimos en una centrifugadora donde es imposible relajarse y reestablecer de cuando en cuando ciertas coordenadas estables, las que todos necesitamos para orientarnos.
Hubo un tiempo en el que Chuck Palahniuk (Portland, EE UU, 64 años) acudía asiduamente a todo tipo de terapias de grupo. Era como su personaje en El club de la lucha, Marla Singer. Se hacía pasar, como ella, por alguien aquejado de lo que fuese de lo que la terapia trataba. Trabajaba en una fábrica de camiones por entonces. Había estudiado periodismo, pero el periodismo no le había hecho rico. Ni siquiera le daba para vivir. Así que su solapa de escritor, en aquellos lejanos años 90, era una colección de empleos horribles. Mientras, asistía al taller que el escritor Tom Spanbauer daba en su casa. “Cada semana teníamos que escribir un relato, y yo necesitaba ideas”, recuerda.

El camino de Juan desde la libertad hasta verse posando orgulloso sobre un paso de cebra arcoíris de la prisión de Morón de la Frontera es tortuoso. No había experimentado en su vida adulta lo que supone ocultarse como un hombre gay hasta que pisó por primera vez una prisión, hace tres años. “Entré con mucho miedo de que me violasen en un servicio”, reconoce. Decidió entonces meterse al armario e impostar una vida irreal que incluía una mujer en la calle y ademanes masculinos. Cuando lo trasladaron a la prisión sevillana, pensó que aquello sería “más de lo mismo”, pero se equivocó: “Aquí me he soltado la pluma y he vuelto a ser yo”. Juan es uno de los 15 integrantes de Espacio Seguro, una iniciativa creada por este centro para fomentar la diversidad y la visibilidad de las personas LGTBIQ+ entre sus 1.350 internos. “Ahora somos como una familia”, apostilla Juan.




