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Una de tantas contradicciones de nuestro tiempo: las grandes empresas están publicando beneficios récord y, al mismo tiempo, recortando sus plantillas. Lo fácil sería concluir que ha empezado el anunciado apocalipsis laboral por la implantación de la inteligencia artificial. Pero no es así, al menos no en la mayoría de los casos: los gigantes corporativos reducen personal mientras se preparan para adoptar la IA, para estar más ligeros de equipaje ante las ingentes inversiones que necesitan. En realidad, salvo en el caso de las empresas más propiamente tecnológicas, apenas está empezando la implantación de las máquinas que dicen pensantes. La IA no se instala sola ni va a ser gratis, y alguno descubrirá que le sale más cara de lo planeado y quizás quiera recuperar a empleados de carne y hueso. Otro motivo para ajustar las plantillas es el de siempre: las compañías se sienten obligadas a exhibir disciplina en el gasto para dar satisfacción a los mercados. Del apocalipsis no hay señales por el momento: las tasas de paro están en niveles históricamente bajos en EE UU (4,2%), en la zona euro (6,2%) y en España (10,3%), como en la mayor parte del mundo desarrollado.
La extinción de los tres incendios, fusionados desde la tarde del viernes en un solo monstruo que avanza por la esquina suroeste de la región madrileña hacia el norte, se ve dificultada por un peligroso cóctel meteorológico: la conocida como regla del 30-30-30. Utilizada por bomberos, meteorólogos y expertos forestales, resume los tres factores que disparan el riesgo de que un fuego avance a ritmo de velocista y se convierta en lo que ya es este, un incendio de nivel 5 o quinta generación, es decir, que supera la capacidad de extinción: temperaturas por encima de los 30 grados, humedad relativa por debajo del 30% y rachas de viento superiores a 30 kilómetros por hora.
“Madrid jugaba en una categoría inferior a la que le correspondía en Europa. Las grandes capitales europeas son París y Londres y luego hay otra división: Berlín, Milán, Ámsterdam… Madrid no estaba ahí. Entonces ha tenido la oportunidad de subir de golpe, de hacerse mayor de golpe. Eso es lo que creo que ha pasado. También ha influido mucho que las macrocifras del país van bien y dinero llama a dinero”, explica Andrés Rodríguez, sentado en el bar del vestíbulo de Forbes House, el club privado de cinco plantas, más azotea y sótano, del que es prácticamente todo: director, fundador e ideólogo. La pregunta a la que responde era: ¿qué ha tenido que pasar en Madrid para que, de repente, surjan como setas tantos clubes privados?
Los tres proyectos son distintos. Pero comparten una intuición. Madrid ya no se comporta como la ciudad abierta y relativamente igualitaria que fue durante décadas. O al menos no solo como eso. Siempre hubo clubes para la élite madrileña, pero el ocio transcurría mayoritariamente alrededor del bar, un lugar democrático y en principio abierto a cualquiera. Los nuevos clubes obedecen a la expansión de la élite y repiten su principio de exclusión. En Forbes existe un comité de admisión. En Vega, un proceso de selección. En Metrópolis las membresías se agotaron antes de abrir. Son lugares en los que es tan importante quién entra como a quién dejan fuera.

Bruselas presume de monumentos icónicos como el Manneken Pis o el Atomium, por no hablar de su espectacular Grand Place. Desde este verano, tiene otro referente, aunque no sea precisamente fuente de orgullo ni para una ciudad tan dada al surrealismo como la capital belga: es la “sartén más grande de Europa”, como no han tardado en bautizar los bruselenses, con su característico zwanze o humor sarcástico, a la plaza Schuman, en pleno corazón del barrio europeo.

La idea original era entrar en un manicomio en los años setenta en la España franquista. Dejar la cámara rodando. Armar un cortometraje para “contar lo que había visto que había ahí”. Lo recuerda Jaime Chávarri (Madrid, 1943) una mañana de finales de junio en su piso de Malasaña. Se cumplen 50 años de El desencanto y el director accede a ver su legendaria película y charlar sobre ese documental que eludía en todo lo posible la narración que no viniera de boca de sus protagonistas, que carecía de guion mientras se rodaba y que ofrece un retrato fascinante de una familia peculiar, culta, insólita y decadente. “No está hecha con ninguna intención ni mala, ni buena, de nadie. Es simplemente una película sobre lo que unos personajes cuentan. Hablan de sus heridas de una manera muy teatral, muy egocéntrica, muy diva, si se quiere. Eso mismo contado por otros no tendría el más mínimo interés”, afirma el director, jovial y elegante, dispuesto a desmitificar y a quitarse méritos.



En el huerto aprende uno que el límite de sus actos se corresponde con la extensión de su vida. Hay cosas que están en nuestra mano, y otras que no. Podemos poner el máximo esfuerzo y cuidado en sembrar y plantar a tiempo, pero una helada tardía o una tormenta de lo que aquí llaman “la piedra” acabará en un rato con el trabajo de semanas, y con la esperanza de la cosecha. No hablo en un plural filosófico: este nosotros abarca a las dos personas que compartimos las tareas de hortelanos, y si acaso también a los amigos y conocidos que cultivan sus parcelas, y con los que intercambiamos semillas, plantas, frutos, consejos que siempre tienen una inmediatez práctica. Los novatos aprendemos de los veteranos. Un refrán nos pone en nuestro lugar: “A labrador tonto, patatas gordas”. Un amigo de las rondas en el bar nos regala unos sacos de estiércol de caballo; otro, de estiércol de oveja. Las ovejas las cuidan unos pastores marroquíes que ya hacían el oficio en las estribaciones del Atlas. Alguien que tiene calefacción de leña en su casa nos hace entrega de unos sacos de excelente ceniza, que es muy buena para repeler a los caracoles, innumerables porque ya no los diezman estos inviernos que han dejado de ser fríos. La ceniza de la leña de almendro es de un blanco de nieve.
Había tantas cosas que hacer. Había que trepar al olivo y cosechar las aceitunas, había que cubrir las plantas para que no las estropearan las heladas, había que quitar de los desagües las hojas de los árboles. Había que colocar naftalina y lavanda en los armarios, había que cortar leña y apilarla junto a la chimenea. Había que buscar las recetas de los guisos, había que hacer tortas y budines, había que quitar la escarcha de los parabrisas. Había que recoger las castañas, había que pelar las nueces. Había que engrasar las cadenas de las bicicletas, había que recoger las frutillas, las uvas y las brevas, había que preparar dulce de higos y yogur casero, había que ir al campo y ver a los caballos, había que revisar el palomar, había que ponerse flores en el pelo y briznas de hierba en la boca, había que andar en patines, había que curarse las rodillas lastimadas, había que aprender cómo se arranca una ortiga, había que tomar leche fría con tres cucharadas de chocolate, había que comer pan con manteca y azúcar, había que jugar con la espuma del lavarropas, había que descubrir figuras en las nubes, había que plantar tomates y pepinos, había que ir a pescar y a andar en bote, había que salir de campamento, había que cortar el pasto, había que hacer un banco de madera, había que afilar los cuchillos contra una piedra mojada, había que hacer silbatos con carozos de damascos, había que chapotear en los charcos, había que aprender a nadar y a cortar maderas con serrucho, había que construir carpas de indios, había que desplumar a las gallinas y eviscerar los peces, había que buscar lombrices, había que mirar diapositivas viejas, había que ir al cine en días de semana, había que trepar los techos de las casas, había que robar plantas de los jardines ajenos, había que leer libros que no se podían leer, había que tener miedo de los monstruos debajo de la cama. En ese país todo era asombro. En ese país el ocio no necesitaba agenda. En ese país la vida era lo que debe ser: infinita.
Son días extraños. Para quienes nos dedicamos a generar y consumir información, la velocidad que han adquirido los acontecimientos nos ha sometido a tal estrés que añoramos un verano o, en el peor de los casos, al menos un día entero sin noticias. Julián Casanova me hablaba hace unos días de la increíble aceleración de la historia. Vivimos en una centrifugadora donde es imposible relajarse y reestablecer de cuando en cuando ciertas coordenadas estables, las que todos necesitamos para orientarnos.

Cambio de tono en la estrategia del expresidente catalán Carles Puigdemont para reclamar una mayor celeridad en la aplicación plena de la ley de amnistía. El relato se quiere fijar ahora en las consecuencias económicas que puede tener para España no agilizar el perdón judicial de los encausados por el procés. La demanda de una posible reclamación compensatoria aflora tras haber denunciado ante la Comisión Europea las trabas que pone el Tribunal de Cuentas al carpetazo de la causa relacionada con la procedencia del dinero que se gastó para financiar el desafío independentista y el intento de referéndum de 2017. En ese escrito de denuncia presentado en Bruselas, Gonzalo Boye, que también actúa en representación de los exconsejeros Toni Comín y Lluís Puig, ya advierte al Tribunal Supremo de que tendrá que hacer frente a una indemnización por daños y perjuicios si persevera en demorar la amnistía a los políticos independentistas.
